PONTE EN MI LUGAR:  I.E.S. Numancia

 

Cristina Sánchez Tallafigo

    RESUMEN 

En esta práctica el profesor y los alumnos intercambian sus roles habituales. El objetivo es el despertar la empatía entre un alumnado que pocas veces aprecia la labor de sus profesores y lo difíciles que ellos mismos pueden ponerles las cosas. Mediante una pequeña dramatización, el alumno se convertirá en profesor por un rato y podrá comprobar por sí mismo que el trabajo de su profesor en el aula puede no ser tan divertido o fácil como imagina.

  

 

 1. Antecedentes  Todos sabemos que nuestra tarea pedagógica queda en gran medida supeditada a nuestro éxito en el proceso de dominar el aula. Desgraciadamente, pasamos por la experiencia cotidiana de que el trabajo docente se divide ya en dos fases:1)       la preparación del ambiente del aula: silencio, buena compostura y poner al alumno en la disposición necesaria para empezar a trabajar.2)       el propio proceso de impartir los conocimientos. El hecho es que, dependiendo de los grupos, las horas del día y otros condicionantes variados, la primera fase ha adquirido un papel primordial y prelativo para la siguiente, que en principio debería constituir nuestra única fuente de trabajo. Pero no es así.  También es cierto que cuando nos encontramos con un grupo rebelde o especialmente difícil, no podemos afirmar que todos los alumnos son los que boicotean la clase. En general, la experiencia nos ha enseñado a detectar desde la primera clase al alumno o alumnos conflictivos, que ponen en jaque el normal desarrollo de la clase. Uno o dos alumnos disruptivos, hiperactivos o rebeldes a nuestra autoridad son suficientes para crear un clima antipedagógico que perjudica al resto de alumnos y que merma la autoridad del docente cuando éste no es capaz de reconducirlo al orden. Por otra parte, estos alumnos “de riesgo” pueden influir negativamente en el comportamiento y actitud de otros compañeros generando dinámicas negativas si el profesor no es capaz de poner dique a su mal comportamiento.  En cierto sentido esta realidad pone de manifiesto día tras día la escasa preparación con la que los profesores jóvenes llegamos a las aulas dado que nuestra preparación se centra únicamente en aspectos estrictamente académicos. Al enfrentarnos a la realidad concreta, cada uno sigue un método elegido intuitivamente para acotar las faltas de respeto o disciplina y va aprendiendo de sus experiencias, positivas o fallidas. Los CAPS nos proporcionan herramientas a través de sus cursos de formación  y de uno de ellos nace esta idea de buena práctica que es PONTE EN MI LUGAR.    2. Estrategias y actuaciones  La práctica consiste en el desarrollo de pequeñas dramatizaciones controladas en las que el profesor intercambia su papel con los alumnos que boicotean la clase. El objetivo es hacerle vivir en 1ª persona el papel del profesor que debe dedicar una parte de la clase a controlarlo perdiendo el hilo de cualquier explicación y desarrollando su labor pedagógica de forma discontinua, con perjuicio del resto de alumnos. El profesor desempeñará el papel del alumno elegido y éste se convertirá en profesor durante unos minutos. Sólo la vivencia personal puede hacer que estos alumnos consideren por sí mismos lo difícil que se lo ponen a veces al profesor y que empiecen a valorar su figura no sólo como docente, sino como una persona que debe hacer frente a sabotajes y ataques que no son parte de su función propiamente dicha.Además, esta práctica sirve para poner en evidencia otros aspectos interesantes, contrastados en la experiencia de la práctica, como son la escasísima tolerancia en el trato entre compañeros o su intransigencia a la hora de “mediar” en los posibles conflictos que surgen durante la misma, aspectos todos dignos de ser comentados en sesiones posteriores. Vamos a presentar la práctica atendiendo a distintos tipos de alumno “saboteador”, para dar idea de las posibilidades de aplicación. Empezaremos por el tipo más frecuente, el “disruptivo”, es decir, aquel que interrumpe constantemente sin venir a cuento, con afán de protagonismo evidente. A continuación, pasaremos al “rebelde”, aquel que desoye las advertencias del profesor, negando su culpa constantemente y poniendo en tela de juicio cada observación que se le hace. Finalmente, sugerimos una dinámica de grupo general, en la que el alumno elegido deberá poner orden al inicio de una clase, consiguiendo que todos se sienten, saquen el material y guarden silencio.   Los alumnos reciben con gran entusiasmo esta propuesta. La consideran un juego que puede ser muy divertido. Por eso es imprescindible insistir mucho en que no deben comportarse como ellos mismos – riéndose de los comentarios de los compañeros, dando permiso para comer chicle, para salir de clase, etc- y en que no pueden utilizar su pequeña clase para insultarse o gritarse entre ellos.Sin embargo y a pesar de la preparación de la práctica, habrá que recordárselo durante la misma.  Además de estas observaciones, estableceremos claramente el resto de  normas que regirán el intercambio de papeles:-          La práctica tendrá una duración variable de entre 5 a 15 minutos.-          Los alumnos deben intentar comportarse como lo hacen habitualmente, sin exagerar sus reacciones.-          El cambio proxémico: el profesor ocupa el pupitre del alumno y éste la silla del profesor. El profesor se comportará como lo suele hacer el alumno y éste debe comportarse interpretando el papel de profesor “a su manera”.-          Es conveniente que el alumno elegido “prepare” su clase. Podemos sugerirle que elija un tema para exponer que tenga o no que ver con la materia. Lo importante es que tenga en mente un discurso: sobre motos o coches, sobre mascotas, sobre tribus urbanas, sobre la televisión, sobre los jóvenes y el ocio, etc. También sería interesante que llevara preparado un pequeño esquema para la pizarra y unos breves apuntes para favorecer el simulacro completo de una miniclase.-          Preparamos un breve cuestionario para cerrar la actividad. Se trata de una valoración por parte de los compañeros de una serie de aspectos que son los que nos han motivado para realizar la práctica y que comentaremos como conclusión de la misma.-          Y dicho esto, comienza la sesión.   3. Resultados 

A)      El alumno disruptivo

 Cuando el nuevo “profesor” comience su exposición, nosotros empezamos a desempeñar su papel. Apenas haya presentado el tema, lo censuraremos (“¡Menudo rollo!”). Nos mandará callar y lo haremos mostrando nuestro escepticismo (“Pues vaya...”). Empezaremos a sacar cosas de la mochila haciendo un ruido exagerado. Nos pide que paremos y contestamos: “Tengo que sacar el estuche, ¿no?” Empieza su exposición y le interrumpimos: “¿Puedo ir al baño?” No nos da permiso y pretende seguir. Volvemos a interrumpirle: “Es que no me aguanto...” Contesta que debíamos haber ido en el recreo. Continúa exponiendo y le interrumpimos de nuevo para contar una anécdota personal que rompa su ritmo: “Pues mi primo del pueblo tiene...”. Empezará a ponerse nervioso y nos dirá que no viene a cuento. Cuando continúe le interrumpiremos preguntando cuándo va a ser el próximo examen y qué temas entran y así sucesivamente, no dejándole terminar ninguna frase. Propone que copiemos un esquema de la pizarra. En cuanto se dé la vuelta empezamos a hablar con el compañero más cercano en voz alta. Se dará la vuelta y exigirá silencio amenazándonos con un parte. No haremos caso alguno y seguiremos molestando hasta que se ponga nervioso y tenga que parar la exposición para advertirnos nuevamente que nos amonestará si seguimos. Aquí protestaremos airadamente diciendo que no hemos hecho nada malo y cuestionándolo sin piedad. Ha sido suficiente.    

B)      El rebelde... sin causa

 Comienza la exposición del alumno-profesor y mascamos chicle descaradamente. Se detiene y nos dice que lo tiremos a lo que contestamos: “¿Yo? Si no tengo chicle...” Dirá que nos ha visto claramente y lo negaremos enredando una discusión en la que aseguraremos que es mentira. Continúa la exposición y empezamos a hablar con el compañero más cercano. Se detendrá y nos pedirá silencio a lo que contestaremos que no estamos hablando y que la tiene tomada con nosotros. Si decide continuar empezamos a dar golpes con el boli en la mesa y cuando nos llame la atención, de nuevo negaremos la evidencia. Si es paciente y continúa, es la hora de silbar. Nos amenazará con el parte y negaremos ser el responsable, protestando y diciendo que si no nos ha visto, cómo se atreve a acusarnos. Durante su exposición y siempre sin levantar la mano negaremos rotundamente todo cuanto diga poniendo en duda su “fiabilidad”: “Eso no es así” “No tiene ni idea”, etc... Cuando se dé la vuelta para escribir en la pizarra, es la hora de tirar algún papel que dé en su mesa por ejemplo. Nueva interrupción que enfadará al “profe”. Si antes su paciencia se agota (lo esperable) y no manda a la Jefatura a por un parte, nos negaremos tranquilamente a salir del aula ya que él no tiene razón porque “no he hecho nada y no me voy”. Si amenaza con un parte doble, diremos que nos da lo mismo y nos iremos enfadando más negándonos con más firmeza a abandonar el aula para terminar retándole:  “¿Qué vas a hacer?” Si la situación se pone tensa finalizaremos la práctica en ese momento pero si conseguimos que apele a “las normas” que rigen en el aula para exigirle que cese el boicot, hemos terminado con éxito la clase. 

C)      Uno contra todos

 Esta dramatización es distinta: es un simulacro de inicio de clase, a ser posible una última hora o la tercera antes del recreo, momentos especialmente candentes en los biorritmos escolares. El alumno elegido espera fuera del aula. La práctica durará hasta que consiga que todos los compañeros estén sentados, callados y con el material listo. Dentro, el profesor-alumno sugiere al resto que se comporten como lo hacen habitualmente y que tarden en obedecer al nuevo profe. También les sugerimos que se dediquen a sus juegos habituales: correr por la clase, estar de pie lejos de su sitio, etc. Y al fin, comienza la práctica.El nuevo profe entrará y empezará a dar gritos para conseguir el orden. En vano. Se dirigirá a cada grupo para intentar que le hagan caso pero cuando crea haberlo conseguido, volverán a las andadas. Puede que vuelva a su mesa y dé un golpe firme al que nadie hará caso. Gritará todavía más, poniéndose nervioso porque nadie parece hacerle caso. Elegirá a los alumnos de mejor comportamiento para el nuevo intento y puede que alguno empiece a sentarse pero los rebeldes se lo pondrán más difícil. Amenazará con partes, pérdida de recreos, etc y volverá a alzar la voz. Quizás finalmente se siente a esperar mirando con expresión amenazadora... y poco a poco, tras un buen rato, los alumnos irán sentándose pero no se mostrarán por la labor de callarse, seguirán nerviosos, hablando a la vez, moviéndose y haciendo ruido con sillas y mesas... que estarán desordenadas. Pedirá que se vayan ordenando entre el alboroto y nuevamente tendrá que recurrir a los gritos y amenazas.Cuando, después de esta agotadora labor, lo consigue, si es que puede, la práctica habrá finalizado. Si no es capaz, la finalizaremos nosotros.   D) Distintos perfiles de “profes”              Pero no todos los alumnos que participen en la práctica serán los antes citados. La mayor parte  de la clase se animará a probar y de esta manera, podremos ampliar la experiencia. Lo normal es que ninguno consiga mantener el orden. Y, enfrentados al descontrol y la desobediencia de sus compañeros, cada uno reacciona a su manera. En concreto, tras la realización reiterada de esta práctica, se observa que se repiten dichas reacciones. Así hay alumnos que en diez minutos llegan a poner 25 partes o amonestaciones, intentando defenderse de los problemas sin enfrentarse a ellos. Otros tantos pierden los nervios fácilmente demostrando enorme impaciencia ante preguntas reiteradas o interrupciones. Algunos abandonan declarándose incapaces y cansados de que nadie les haga caso. La mayoría se deja la mitad de sus cuerdas vocales en el experimento y todos reconocen haberse cansado.    4. Conclusiones  Tras la práctica, pasaremos el siguiente cuestionario[1]: 
 1.             Después de esta experiencia, ¿crees que es fácil ser profesor?2.             ¿Cambiarías tu papel por el suyo?3.             La próxima vez que interrumpan o contesten al profesor, ¿te identificarás con él?4.             ¿A quién perjudica el tiempo que pierde el profesor en mandar callar o regañar a los que se portan mal?5.             ¿Tiene el profesor siempre razón?6.             ¿Crees que el profesor viene a clase a mandar callar y controlar a los alumnos o a otra cosa?7.             ¿Crees que si se respetara más al profesor no pasarían estas cosas?8.             ¿Te gustaría ser profesor de mayor? 9.             Escribe una cualidad buena de ser profesor y una mala. 
   La práctica conlleva un riesgo evidente de caos y alboroto. Pero compensa cuando vemos a los alumnos comentando después entre ellos sus dificultades o lo duro que ha sido. No faltará quien nos pregunte directamente que por qué somos profesores o cómo aguantamos algunas cosas. Si esto sucede, la práctica ha merecido la pena.  Y con esto, finalizamos la práctica. No es nuestro objetivo “adoctrinar” al alumno sobre sus deberes respecto a la persona cuya tarea y vocación es educarles, sino hacer que interioricen esa reflexión. Que vivan en primera persona las dificultades inherentes a nuestro trabajo persigue hacerles valorarnos en esos momentos en que, lamentablemente, muchos no lo hacen, olvidando que somos personas y que nuestra profesión es digna de respeto como todas. No es la panacea para paliar el grave problema de disciplina en las aulas pero es una ayuda, y de paso, una terapia muy educativa para todos. Y ese es el objetivo con el que se ha desarrollado.   


[1] También podemos pasarlo antes de la práctica y devolverlo después para que los alumnos modifiquen o no sus respuestas previas.

Ficheros adicionales