Un año más, nuestro Centro ha participado en el concurso de Relato Corto que organiza Coca-Cola para alumnos y alumnas de 2º de E.S.O. de toda España. El día 5 de abril tuvo lugar la fase provincial, y nuestros cuatro representantes, al igual que los otros 11.000 participantes, fueron sorprendidos por una iniciativa que les proponía la creación de un relato corto de tema libre en el que debían aparecer estas seis palabras: PLANETA, FELICIDAD, BASURA, VOLTERETA, ESTRUENDO Y TRAMPA. Las palabras fueron escogidas buscando despertar la imaginación de los participantes y en colaboración con la Escuela de Letras, institución con una larga experiencia en la docencia de la escritura creativa. El reto no era fácil, pero nuestros chicos supieron estar a la altura con estos relatos.
María Casillas
¿Qué pasaría si de pronto te ocurre una cosa malísima pero la situación mejora y llega a hacerse realidad un sueño?
Creo que todo empezó cuando estaba en mi habitación escuchando música.
— ¡Niñaaa! ¡¡Ve a sacar la basuraaaa!!—oí desde a cocina.
— ¡¿Por qué no vas tú?!—le contesté de malas maneras.
De pronto, apareció una figura en la puerta de mi cuarto que a simple vista me pareció el demonio.
— ¡Vamos! ¡Ya es hora de que una pueda descansar! ¿Crees que la única que puede hacerlo soy yo? ¡Bájala ahora mismo!
Después de un rato contestándonos de malas maneras, no me quedó más remedio que bajar. ¡Qué mala leche mandarme a bajar la basura ya pasadas las 12 de la noche!
Tras haber cumplido, me dirigí al portal para volver a casa, pero un fuerte estruendo me detuvo. La tierra empezó a temblar. No sabía qué hacer. Me caí. Fui gateando hacia la puerta del edificio para pasar al interior. Fue imposible. Las llaves... se me cayeron. Tal vez en la basura. O por el suelo por culpa del temblor.
Después de varios minutos de sufrimiento, el temblor cesó. ¿Qué podía hacer? Me senté en un barco cercano a pensar. Estaba bastante oscuro y sin gafas me costaría aún más encontrar las llaves. Aun así, no tuve que pensar mucho, enseguida pasó por allí una persona. Me inundó un sentimiento de felicidad, y no sonreí por dar pena.
—Por favor, necesito ayuda. Se me han caído las llaves y sin gafas no veo bien. ¿Sería tan amable de ayudarme a buscarlas?
—Claro.
Nos pusimos a buscar intentando recordar todos mis pasos, charlando para hacer la búsqueda más amena. Pronto nos hicimos amigos y así conseguí recordar que llevaba las llaves al tirar la basura al cubo. Estaban en el fondo del cubo, y antes de poderlas coger tuvimos que sacar todas las bolsas y alguna que otra porquería. Le di las gracias y cada uno se fue por su lado.
Al entrar en mi casa todo estaba sumido en la más profunda oscuridad. Bueno, no, pero es que soy muy teatrera. Rodé por el suelo. Escalé por el sofá. Di una voltereta. Todo, sin hacer ruido. Y así, sigilosamente para no despertar a mis padres, llegué a mi habitación. «¡Misión cumplida!», pensé. Me puse el pijama y a dormir.
El día siguiente me levanté con un humor extremadamente bueno. Me sentía la persona más feliz del planeta. Había tenido un sueño precioso, hacía un día radiante, era mi cumpleaños y lo más importante era... que era sábado. Tuve un desayuno espectacular, me esperaba una gran comida y... mi madre me tuvo que mandar a comprar el pan. ¿Por qué siempre tengo que ir a hacer recados en mis mejores momentos?
Al volver lo comprendí. ¡Era una fiesta sorpresa! Estaban desde mis primos, mis tíos y mis abuelos a mis compañeros de clase, mis otros amigos y... ¡el chico de anoche! ¿Cómo era posible? Sólo le conocía yo, y la tarjeta de mi móvil, pero mi madre también le había invitado.
— ¿Qué has hecho?
—Nada. Invitar a la familia y a tus amigos. ¡Ah! Y me he permitido invitar al hijo de una compañera mía de yoga. Cuando has entrado me ha dado la impresión de que ya os conocíais.
—Sí, bueno... Sólo de vista—mentí. ¡Qué casualidad!
La fiesta transcurrió mejor de lo que esperaba, gracias al hijo de la compañera de yoga de mi madre. Mi prima se paseaba por las mesas comiendo de todo y haciendo combinaciones rarísimas, mis abuelos jugaban a las cartas y ganaban siempre... gracias a las trampas que hacían, claro; y yo bailaba en el salón con “él”. Era el chico de mis sueños: Majísimo, súper guapo y divertido.
¿Qué? ¿Ya os hacéis una idea de qué pasaría si de pronto te ocurre una cosa malísima pero la situación mejora y llega a hacerse realidad un sueño?
Esther García Expósito
De pronto sonó un estruendo.
- ¿Qué ha sido eso? – dijo Julia gritando.
Nadie contestó. No sabía si porque sólo ella lo había oído o porque no la habían querido contestar.
Al acabar los deberes salió a tirar la basura y después fue a buscar a Paula.
Habían quedado en el parque con Juan y Luis para dar una vuelta y airearse un poco después de haber estudiado durante toda la tarde.
- ¿Habéis oído algo esta tarde? –preguntó Julia.
- ¿A qué te refieres con “algo”? –dijo Juan.
- Pues a...
De repente cayeron por un túnel oculto. Cuando el túnel llegó a su fin se encontraron en un mundo totalmente diferente al suyo. Allí había máquinas por todas partes, robots…
- Estoy soñando, ¿no? –dijo Luis temblando.
- Pues me temo que no, pero, ¿dónde estamos? –le respondió Paula.
- Es… como otro planeta –dijo Julia sorprendida.
- Sí, nos han tendido una trampa –dijo Juan.
Dieron una vuelta por aquel extraño planeta, pero allí toda la gente los miraba, y es que la gente de allí no era como la que ellos conocían. Además el cielo estaba todo oscuro, no había árboles ni plantas.
- Esto no me gusta nada –dijo Julia.
De repente alguien los sorprendió por detrás. Era un hombre anciano que les empezó a hablar.
- Me llamo Isidoro y vosotros habéis sido los elegidos –dijo con una voz ronca.
- ¿Los “elegidos”? –dijo Juan sorprendido.
- Sí, los elegidos para admirar y poder elegir entre los dos mundos futuros. Venid por aquí.
Isidoro los llevó a otro túnel. Ese túnel los condujo a un mundo totalmente diferente. Allí había bosques y árboles, y niños dando volteretas en el parque, y jugando. Era un mundo lleno de felicidad, totalmente diferente al otro, aunque también muy modernizado. Tenía coches y edificios.
- Vosotros habéis sido los únicos que habéis admirado estos dos mundos. Si queréis tener un mundo verde y sano como éste, debéis tomar precauciones e intentar no contaminar, reciclar y, sobre todo, no jugar tanto con la naturaleza como hacéis ahora. De lo contrario, tendréis un mundo como el anterior.
De repente volvieron a la vida normal.
- ¡Cómo ha molado! –dijo Juan.
- Debemos tomar precauciones –dijo Paula.
- ¡Ahora lo entiendo! El ruido que oí fue la apertura del túnel secreto –dijo Julia.
A partir de ese día, los cuatro amigos se apuntaron a un curso de concienciación contra la contaminación. Allí aprendieron a reciclar, a clasificar la basura en cada cubo y a hacer todo lo posible por conservar la naturaleza.
Además por las tardes quedaban y hablaban sobre el tema para proponer soluciones y concienciar a todo el mundo.
Alejandro López Peceño, Mi planeta y yo.
Era un planeta pequeño, donde no había más elementos que el fuego, la lava, las rocas y ellos, los cuatro últimos de aquellos rocosos seres. Estos seres habían aprendido a convivir con la lava y eran inmunes a ella, además, eran muy crueles y no soportaban a los intrusos que muy de vez en cuando aterrizaban en su planeta.
Un día, cuando ya caía la noche y los dos satélites del planeta asomaban por detrás del gran volcán, dos amigos salieron a averiguar el porqué del estruendo que escucharon cerca del volcán el día anterior. Cuando llegaron a los pies del volcán, a uno de ellos, Ralph, le pareció ver algo, una especie muy parecida a ellos pero que no era de roca, sino de una piel de color claro y con aspecto suave, además, tenía pelo en la cabeza, cosa que ellos sólo tenían en la planta de los pies. Se acercaron más a él y le vieron al lado de una nave, que a los dos amigos les pareció una gran casa de metal. Este ser era un humano, pero ellos nunca habían visto ninguno, ya que su pequeño planeta estaba muy lejos de la Tierra. Ellos pensaron que era una amenaza, así que le prepararon una trampa que consistía en que cuando bajara por la ladera del volcán para beber agua en la única fuente de agua del planeta, pisara la manta que habían colocado sobre un agujero y cayera a la lava.
Al día siguiente, los dos amigos fueron a ver si había caído en la trampa, pero el humano seguía al lado de su nave, intentando repararla. Los dos amigos, Jack y Ralph, advirtieron que el nuevo ser había tirado desperdicios alrededor del cráter, y eso les enfureció aún más, pues ellos odiaban la basura, y más cerca del volcán, que era un lugar de alguna manera sagrado para ellos. En ese preciso momento, el humano se levantó y fue directamente al lugar en el que habían colocado la trampa, en la que, cuando pasó, la manta se hundió y el humano saltó dificultosamente y cuando cayó, tuvo que dar una voltereta para no partirse el cuello. Los dos amigos no aguantaron más y fueron a atacarlo, lo atraparon fácilmente pero antes de quitarle la vida, Ralph se dio cuenta de que el humano trataba de decirles algo en un idioma que ellos desconocían. Jack, recordó que, muchos años atrás, su padre le había regalado un amuleto que permitía hablar el idioma de los habitantes rocosos a cualquiera que lo llevara colgado al cuello. Se lo puso al humano y al instante le entendieron:
- No me matéis, por favor –suplicó el humano.
- Te perdonaremos la vida si prometes no molestar más e irte de este planeta –amenazó Jack.
- El otro día provocaste un fuerte ruido, ¿cómo lo hiciste? –recordó Ralph.
- Me iré, lo prometo, hoy mismo he terminado de arreglar mi nave –dijo el humano asustado.
- Todavía no me has contestado –dijo Ralph furioso-, ¡¿cómo provocaste aquel estruendo?!
- ¡Ah, eso! Mi nave se estropeó y tuve que hacer un aterrizaje forzoso que me salió mal, y me estrelle contra el suelo –les explicó el humano.
- De acuerdo. Y ahora recoge todos esos desperdicios que has tirado y vete, a no ser que quieras morir… -volvió a amenazar Jack.
Jack le arrancó el amuleto al humano y volvió a su casa junto a Ralph. El humano se fue del planeta y el suceso pronto se olvidó. Jack y Ralph terminaron sus vidas llenos de alegría y felicidad.
Gema Sampayo, A la sombra del maltrato.
En un barrio muy alejado de nuestra imaginación y apartado de la sociedad, vivía una familia que tenía una hija. Se llamaba Sara y soportaba golpes y palizas que la propinaban sus padres. Sara, como cada noche, se metió en su habitación en un tímido sollozo de lágrimas, rodeada de trastos viejos, que servían de almacén. Ella siempre soñaba con un planeta llamado Felicidad, en el que todo era agradable, la gente sonreía y nadie la maltrataba. Según Sara, su vida era una pequeña voltereta, que comenzaba con un leve salto lleno de injusticias y barbaridades, y que al finalizar esa voltereta todo cambiaría. Ella pensaba que estaba justo en el giro de la voltereta, la parte más difícil para ella, pero sólo se tenía que dejar llevar. De momento todo aquello era sólo un sueño.
De repente escuchó un estruendo. Salió de su cuarto horrorizada y vio a su madre muerta y debajo de ella un charco que delataba su muerte. Al ver a su madre así, ella quedó perpleja ante la amenazadora mirada de su padre. En ese momento Sara se derrumbó y salió corriendo hacia su habitación. Su padre, al darse cuenta de la barbaridad que había cometido, salió huyendo de su casa como un cobarde.
Mientras tanto, Sara no se había percatado de la ausencia de su padre. Escuchó un ruido estremecedor, como si de un monstruo se tratase, abrió entonces la puerta de su habitación y vio a tres hombres observando a su madre, pero uno se le acercó. Era un hombre que vestía de azul y parecía muy seguro de la vida, todo lo contrario que Sara, pero ese hombre se le acercó y ella sin pensar en que podía ser una trampa confió en él y fue a su lado. El hombre le dijo:
- Tranquila, mi niña, ahora estarás a salvo. Todo ha pasado ya.
Al cabo de unos cuantos meses, Sara fue adoptada. Fue a una familia adinerada y con prestigio. Sara al ver aquella familia quedó asombrada y perpleja y se preguntaba que cómo una familia como ésta la podría acoger en su gigantesca mansión. Ella miró y observó todo aquello, ya por fin había conseguido dar la voltereta completa y dejar aquella basura de vida que tenía. Pero lo que menos se imaginaba era que en un caluroso día de agosto, justo el día de su cumpleaños, apareciese su padre huido de la justicia y le dijese:
- La sombra del maltrato te persigue, y yo soy esa sombra.
Alzó la mano y le dio un tiro en la frente, donde según él se originaban aquellos pensamientos de felicidad y rencor hacia él. Después de cometer el crimen se suicidó, junto a su hija en el jardín, donde ella había salido a jugar con una bicicleta que le habían regalado sus padres adoptivos por su sexto cumpleaños. Ellos, al percatarse de su ausencia, llamaron a la policía y la encontraron tirada en el césped junto a su padre. Tenía una pequeña sonrisa que indicaba su último pensamiento antes de morir:
- Ya he dado mi voltereta, pero ahora empiezo la terrible voltereta de mi destino, la final.