IV Certamen Literario de CEPAS: Segundo Premio

 

ROSAS Y ESPINOS

         Esta mañana, en una aldea del Norte, donde los inviernos son largos y crudos, las nevadas se prolongan durante semanas, incluso meses, con mucho frío, vive una familia modesta; se dedican a la agricultura y la ganadería. Los animales permanecen largas temporadas en las cuadras, sin poder salir al campo a pastar y beber, lo que supone mayor esfuerzo para los lugareños. En pozos y estanques se forman grandes capas de hielo que hay que romper para extraer el agua, enormes carámbanos cuelgan de tejados y árboles como guirnaldas, engalanando el paisaje ya de por sí hermoso.
         Los Domínguez son una familia numerosa como tantas de esta época, corren los años cuarenta. Cuando nace su primer hijo, Gloria se traslada a Madrid a trabajar de ama de cría, que consiste en darle el pecho y criar el bebé de una señora rica, dejando el suyo al cuidado de los abuelos paternos. Éstos le alimentan con leche de vaca en una botella a la que ponen una tetina y le dan todo su cariño.
         Dos largos años y del pecho de Gloria ya no sale nada. Es hora de regresar. Esta mañana, José Antonio, que así se llama la criatura, juega en el patio correteando detrás de las gallinas y los conejos, ajeno a la llegada de su madre, que lo abraza y lo besa con ternura y todo su amor. Él, sorprendido, busca a su abuela a la que llama mamá. Gloria, apenada, se promete a sí misma no separarse nunca más de él, pero la vida apenas comienza para esta pareja de jóvenes enamorados y su nene; están llenos de proyectos para el futuro y con muchas ilusiones. Pasan los años y van llegando críos y más críos, hasta once: seis hembras y cinco varones.
         Esta madrugada, Mario, de siete años, el octavo de la prole, se despierta quejándose de dolor de cabeza. Tiene mucha fiebre y el cuello rígido. José, el padre, sale en busca del médico, que reside en otro pueblo a una hora de distancia a pie. Por suerte lo encuentra en casa y regresan juntos a lomos de un caballo rubio. El diagnóstico es muy duro: tiene meningitis y nada se puede hacer. Fueron días de angustia y una terrible agonía hasta que llegó el desenlace; a todos se les desgarró el corazón. La madre apenas pudo velar a su niño del alma, pues los tres menores no cesaban de revolotear a su alrededor como pajarillos asustados llamando su atención. La chiquitina cuenta apenas cinco meses y es la que más la necesita. A pesar de que a los días le faltan horas, no encuentra consuelo para tanto dolor.
         Al poco tiempo, el mayor coge el tifus. Los padres tratan de aislarlo del resto de los hermanos, pero Chelo, la décima, de cuatro años, una niña alegre y rechoncha, se contagia. Es fuerte y sana, más no lo suficiente para superar la enfermedad. Es un terrible golpe y como una piña se unen en la tristeza y la desesperación.
         Con el cariño y el apoyo de los suyos, luchan cada día para salir adelante. Hacen jornadas maratonianas, grandes y pequeños se esfuerzan por cumplir con sus obligaciones; los más grandes salen al campo, otros traen agua y leña. No falta voluntad por parte de nadie, pero la familia no prospera, son muchas bocas que alimentar, y eso que la vestimenta está asegurada por Julia (una hermana de Gloria que reside en Argentina y a la que todos llaman la tía rica) que manda baúles llenos de ropa, zapatos y algunos pesos. Gloria hábilmente convierte abrigos en vestidos y pantalones, de los forros hace bragas a las niñas y calzoncillos a los chicos, que cuando se sientan sobre una piedra o en el suelo se les queda el culo tieso, aunque les están muy agradecidos.
         Van creciendo y siguen viviendo en casa de los abuelos. Les gustaría tener su propio hogar y habitaciones separadas, sin tener que dormir varios amontonados en la misma cama. Ése es su mayor sueño, lo malo es que no disponen de una sola peseta. Gloria recuerda su promesa de no separarse más de su familia, pero no tiene otra opción y escribe a su hermana para que le busque un puesto en la fábrica que ésta posee. La respuesta no tarda en llegar, acompañada de un giro para la compra del pasaje: “Te quedarás con nosotros, enviando el sueldo íntegro y muy pronto estarás de nuevo con los tuyos. Tu marido cuidará de todo. Es un buen hombre y con tantas mujeres, la mayor de diecisiete años, necesitan el respeto del padre”.
         Esta mañana en la casa es un ir y venir de gente. Llegan de lejos familiares, amigos y vecinos, que quieren despedirse de Gloria. Traen algún presente: gallos, conejos y chorizos. Hay que preparar la merienda, es un largo viaje que dura quince días. Un hermano de José se presentó con un cerdo chiquitín. Las dos pequeñas, de cuatro y cinco años, no entienden nada de tanto revuelo y tanto lloro. A cada lado de la cocina económica, hay una encimera de ladrillo recubierta de azulejos. Allí sentadas, en unos pequeños bancos al calor del fuego donde se está guisando, cogidas de la mano, las niñas lloran a pesar de no conocer el motivo. Tanta tristeza marcará sus vidas para siempre.
         Cinco largos años ha tardado Gloria en regresar. Ya tienen su propia casa y las benjaminas están a punto de tomar la comunión. Su madre les ha traído numerosos regalos, pero para ellas es una desconocida. Es una mujer pálida de pelo corto con permanente, cuando en el pueblo las señoras de su edad llevan pañuelo en la cabeza  y su cara está curtida por el sol y el frío del campo. No la acogieron con agrado, preferían no tener muñecas ni vestidos nuevos y seguir siendo el ojito derecho de su padre. Con su llegada perdieron protagonismo y lo peor fue por la noche: habían dormido siempre con él y ahora tenían que irse a otro cuarto. No admitían que esa mujer rara llamada madre que decía quererlas tanto ocupara su lugar.
         Durante un tiempo se rebelaron y fue duro para todos. Pero el conflicto duró poco, con la paciencia y dulzura que caracteriza a las madres, pronto entendieron el sacrificio y el calvario que había pasado y la quisieron como si nunca se hubiese ido. Se volcaron con todo su amor para ayudar a curar las múltiples heridas de esa madre coraje.

 


Clara Rodríguez Rodríguez
Alumna del Taller Literario
Centro de Educación de Adultos Hortaleza

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