“Y ENCONTRÉ NUEVA
FAMILIA”
No recuerdo bien la fecha en que me incorporé
de nuevo a la enseñanza como alumno, pues el maestro
que debía impartir los conocimientos de la asignatura
en la que yo estaba matriculado no pudo hacerlo en la fecha
oficial por motivos de salud, y supongo, que tratándose
como era de una enseñanza de Taller, no pudieron poner
a otra persona que le sustituyera, pues dado lo exiguo del
profesorado de nuestro CEPA, esa sustitución podría
ir en detrimento de otras enseñanzas prioritarias del
Centro.
Por fin llegó el día
para mí ansiado, de recibir enseñanza de una
materia de la que yo no tenía mucha idea, la informática,
y de la que estaba muy interesado en aprender. Era la asignatura
pendiente, la que al ser desconocida en mi adolescencia y
juventud no pude acceder a ella y que cuando se puso al alcance
del simplemente alumno, yo no estaba en condiciones de aprendizajes
por falta de tiempo que tenia que emplear en otros menesteres.
¿Miedos? ¿Nervios?
No. Curiosidad, sí. Era lo que experimentaba durante
el trayecto a mi nuevo quehacer. En el camino de mi incorporación
al mismo, me vino a la memoria la primera arribada a un centro
de enseñanza.
Debía de tener entonces
alrededor de cuatro años, cuando por primera vez tuve
acceso como alumno al colegio al que en otras ocasiones y
con motivo de ir a recoger a mi hermana, ya conocía.
Aquella mañana era distinta: iba por primera vez a
enfrentarme con algo ignoto para mí hasta entonces.
Me incorporaba por vez primera a la escuela.
Me dejó mi madre en
la fila para entrar a clase y como si fuera ahora mismo, recuerdo
a ésta, formada en una escalera con niños delante
y detrás de mí y percibiendo un olor a aceite
frito que debía de salir de las cocinas del convento
al que estaba adosado el colegio regentado por Religiosas
de la Caridad. Bajando por esas escaleras y a través
de una especie de cuarto o pasillo –escaso de luz- salimos
a un jardín penetrando en una habitación amplia,
luminosa, con ventanas al citado jardín y con unos
pupitres adecuados a nuestra estatura. Se hizo cargo de nosotros
una señorita de edad indefinida que dijo llamarse Camisón,
apelativo con el que deberíamos dirigirnos a ella cada
vez que necesitáramos su atención.
Pasó ese curso, sin pena
ni gloria, y del cual lo único que recuerdo fue un
diploma que al final del mismo me dieron. Al año siguiente
pasé a otro colegio. Tres años de absentismo
escolar por causas bélicas, suplido mediante esporádicas
clases particulares, Bachiller, Enseñanza Superior.
Trabajo, jubilación y “hobbies”. Uno de
ellos era el de escribir y para satisfacerle comencé
a ejercerlo. Algún cuentecito que otro. Diario de los
hechos de cada jornada y, al final, unas memorias amplias,
de una parte de mi niñez, lo que ya me suponía
una labor más ardua.
Comencé a realizarlas
escribiendo a mano para posteriormente pasarlas a máquina,
para hacerlas más legibles ya que no siendo yo un pendolista,
el único remedio era la máquina. Con ella continué,
hasta que los errores cometidos me supusieron páginas
con tachaduras, no presentables, o desechables con la servidumbre
de tenerlas que realizar de nuevo. Sopesada esta circunstancia
llegué a la conclusión de que la única
solución era el del ordenador, y con tal idea me puse
a investigar la forma en que a mi edad pudiera obtener los
conocimientos suficientes para hacer frente a este reto. Y
lo encontré en los talleres de un Centro de Adultos.
Era volver de nuevo a la escuela. Y volví de nuevo
a la escuela, como un miembro más de la familia que
se forma en estos centros, donde se contrastan opiniones,
se adquieren conocimientos, se intercambian recuerdos con
los coetáneos y se rejuvenece por el contacto con las
nuevas generaciones. En mi caso y pienso que en otros casos
como en el mío, los conocimientos y el contacto con
compañeros y profesores nos vinculan a estos CEPAS
de tal forma que cuando has terminado con las enseñanzas
y los conocimientos de la disciplina por la que acudiste a
él, te agregas a otra, no sólo para obtener
conocimientos nuevos, sino para seguir disfrutando de la familia
que en el otoño o invierno de tu vida, has logrado
encontrar.
Ángel Alemán Casado
Alumno del Taller Literario
Centro de Educación de Adultos Hortaleza |