III Certamen Literario de CEPAS: Finalista Narrativa
 

Mi paraíso

            Cuando de niño en la escuela me hablaban del paraíso, siempre lo presentaban como un lugar maravilloso, donde el creador había dispuesto que el ser creado a su imagen y semejanza residiría sin tener ningún tipo de preocupaciones y donde su existencia transcurriría de forma placentera hasta el fin de los días, si es que esto llegaba a suceder.

            A los ojos de aquel niño de ocho o nueve años que estaba despertando a la vida, aparecía un paisaje siempre limitado al entorno que él conocía. Me podían hablar de la belleza de los Jardines de Babilonia, del colorido de las flores más exóticas o de los sabores de las frutas más exquisitas sin que llegara a comprender lo que me decían. Mi capacidad de imaginar podía ser ilimitada, pero me faltaban conocimientos para asociar.

            Pero como todo lo bueno dura poco, aquella idílica situación de aquel idílico lugar se estrelló pronto con la cruda realidad, la debilidad de la “carne”. Se fue al traste mi posibilidad de haber tenido mi parte en aquel paraíso. Al parecer “la culpa fue del Cha cha cha”. Pobrecita la manzana que estaba colgada en su rama, Adán que “pasaba por allí”… Lo demás ya lo conocen.
           
            Aquel niño no entendía por qué nos ponían el caramelo en la boca y antes de llegar a saborearlo nos lo quitaban. Hoy en día todavía no lo he llegado a entender, aunque este tipo de situaciones se repite a menudo.
           
            Un niño de nueve años de estos días lo tiene más fácil. Gracias a la televisión, Internet, etc., puede conocer muchas más cosas que en mi época. Me refiero a los niños de estas sociedades tan desarrolladas tecnológicamente, tan deshumanizadas socialmente. Al pobrecito niño que malvive en Somalia, Bangladesh o en cualquier otro rincón del mundo subdesarrollado, su paraíso se reduce a ver llegar el sol de un nuevo día.
           
            Yo entiendo que los paraísos terrenales son temporales, circunstanciales. Digo terrenales porque no sé lo que puede o no haber después de esta vida; no pienso en las prebendas que se ofertan con la vida eterna. Los veo como algo temporal, circunstancial, porque lo que en un momento dado puede haberte resultado paradisíaco poco después puedes verlo como algo normal. Un deseo, largamente anhelado, pierde parte de su valor cuando se ha realizado. Aquello que en un tiempo te ha parecido un paraíso deja de serlo cuando sabes que hay algo mejor y cambias de paraíso. Cuántas veces la ambición nos puede y no nos deja valorar lo que tenemos, conduciéndonos a una lucha desmedida por tener más y más.
           
            Mis paraísos tienen un límite casi infinito en mi imaginación y otro límite más real en la vida cotidiana. Como los que me han de procurar felicidad son los tangibles, a éstos me tengo que agarrar. No necesitan estar en islas maravillosas, ni exóticos  entornos con toda clase de lujos y placeres. Estas cosas no proporcionan por sí solas la felicidad, se necesita algo más.
           
            Yo quiero en mi paraíso tener muy cerca de mí todas las cosas que me hacen feliz. Mi familia, mis amigos. La gente a quien yo quiero y que me hacen sentirme querido. Aquellas pequeñas cosas que a la vida dan sentido, la alegría de la gente, el cariño compartido, los buenos y los malos momentos, todos tienen su valor. Gotas de felicidad que puedan desbordar un río. No busco un paraíso ficticio, busco un paraíso muy próximo a mi vida, tan cercano que a veces, es mi propia vida. Así quiero que sea mi paraíso.

"Un día me puse a soñar, mi paraíso buscaba
con empeño encontrarlo yo quería.
¿Dónde está? Ansioso me preguntaba.
No me podía creer lo cerca que lo tenía
con mi gente, a mi lado se encontraba”.

Rafael Sánchez Martínez
Alumno del Taller Literario
Centro de Educación de Adultos Hortaleza

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