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Era una hoja que habitaba en un sueño, o quizá un sueño que habitaba en una hoja. Realmente no se sabía a ciencia cierta. La hoja era de color limón cuando los rayos la acariciaban y de un rubio pálido cuando caía la tarde. Era feliz en su diminuto universo plagado de cosas sin importancia. Iba y venía de un lado a otro, correteando por el aire y jugando por el espacio que media entre estrella y estrella.
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Un día se topó con un puente. El puente era inmenso, serio, de gesto grave. Tenía el corazón de piedra y una boca muy grande por donde entraba y salía un torrente de agua azul.
La hoja, impresionada, se quedó la tarde entera admirando las formas perfectas del puente. Cuando quiso irse el puente intentó impedírselo.



Volveremos a vernos....
La hoja emprendió la marcha y se perdió entre las copas de los árboles hacia la delgada línea del horizonte.
Paloma Orozco Amorós. Historias de la otra tierra. Ed. Anaya

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- Sí - habló la hoja cerca de su oído-, están los sueños. Yo habito uno....¿o es él quien habita en mí? Lo he olvidado. -¿Qué es un sueño? -preguntó el puente. -Un sueño es como el aliento divino que hincha nuestras velas hechas de ilusiones, la caricia que nunca recibiste, el beso que nunca diste, la mano que siempre quisiste coger. Es un niño que crece en el alma y que se alimenta de esperanza. -Yo quiero un sueño -dijo el puente-. Quiero uno aunque sea pequeñito. Lo cuidaré para que crezca y se haga fuerte.
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La hoja y el puente estuvieron charlando toda la tarde. Al
anochecer, el puente ofreció refugio a la hoja en un recoveco de sus
piedras, al abrigo del frío. |
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Llegó el día del adiós. El puente lloraba lágrimas espesas que caían desde sus cuencas vacías al torrente aumentando el caudal de éste. Tanto lloró, que el río estuvo a punto de desbordarse. |
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Unidad didáctica elaborada en el CEIP Beatriz Galindo de Alcalá de Henares (Madrid)
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-Quédate un poco más -le rogó- Hace mucho tiempo que nadie me presta atención. Ya no soy más que un puente viejo que ha vivido demasiado, y estoy condenado a existir estático e inmóvil. Veo desfilar las estaciones sin formar parte de ninguna. Las únicas caricias que conozco son los fríos abrazos de los líquenes que habitan sumergidos en el río y que tocan mis decrépitas piedras con sus dedos de agua, y los únicos besos, los del musgo verde cuando se adhiere a mí tras luchar a brazo partido con la humedad y conquistar los espacios de sombra en el norte. Antes, los pájaros me hablaban, pero ahora no puedo oírlos porque me he quedado sordo con el abrumador lenguaje del torrente. Ellos me enseñaron que hay otras cosas en el mundo aparte de este cielo que nos cubre y de esta tierra que nos acoge |
