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Ulises y sus compañeros no habían hecho más que desembarcar cuando se presentó un hombre alto, se edad avanzada y aspecto distinguido vestido con ropas muy lujosas. - Sé quiénes sois - les dijo -. Sois Ulises y sus compañeros que volvéis de Troya y os dirigís a Ítaca. Ulises se adelantó. - ¿Cómo lo sabes? ¿Quién eres? Ulises lo siguió dejando a sus compañeros junto a las naves. Si aquél hombre era de verdad un dios no debía irritarlo. |


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El palacio de Eolo era magnífico. Atravesaron una puerta y se dirigieron a una estancia enorme en cuyo centro estaba preparada una mesa llena de alimentos de todas clases. Eolo le indicó que se sentara. - Ahora quiero presentarte a mi familia, luego podrás comer cuanto gustes. A una llamada del dios, acudieron su esposa y sus seis hijos acompañados de sus esposas. Los varones eran altos y apuestos, las mujeres bellísimas. Todos rodearon a Ulises y le ofrecieron los deliciosos manjares que estaban sobre la mesa. El héroe comió y bebió hasta saciarse. También habló contando algunos episodios de la guerra de Troya que despertaron el interés de los presentes. |
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- Agradezco mucho vuestra hospitalidad - dijo al terminar -. Pero ahora lo que más deseamos mis hombres y yo es llegar a nuestra patria.¿Podrías indicarnos el rumbo hacia Ítaca? Hace días que vagamos perdidos... Eolo se levantó de la mesa y se acercó a un arca que había en un rincón de la habitación, luego volvió con una pequeña bolsa de cuero, que depositó en las manos de Ulises. |

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- Toma,, te entrego esta bolsa. Aquí dentro se encuentran los vientos más peligrosos: los huracanes, los vientos tempestuosos, los que son capaces de hacer zozobrar una nave... Mientras permanezcan en el interior tu viaje será tranquilo y feliz. Yo te enviaré un viento suave, el Céfiro, que te permitirá llegar a Ítaca en un par de días. Ulises dio las gracias a Eolo. Luego se despidió y abandonó el palacio. Bajo su manto llevaba la bolsa con su terrible carga. Cuando sus hombres lo vieron lo recibieron con gritos de alegría. Subieron a las naves y partieron. Pero Ulises no les contó todo lo que había ocurrido. |


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La travesía fue efectivamente muy buena. Ulises guardaba cuidadosamente la bolsa y procuraba no perderla de vista ni un momento. Pero un marinero avispado se había dado cuenta de que el héroe había traído algo de la isla de Eolo, algo que parecía vigilar con demasiada atención. Esa bolsa de cuero podría ser un gran tesoro que le dios de los vientos le había regalado, y que no estaba dispuesto a compartir con sus amigos... Por eso lo escondía con tanto empeño. El marinero comentó sus pensamientos con otros de la tripulación. Y así la duda y la curiosidad se fueron apoderando de unos cuantos. ¿Qué habría en esa bolsa? |

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Cayó la noche. Ya estaban muy cerca de Ítaca. Ulises, agotado de toda la travesía, se quedó dormido. Los marineros, al verlo vencido por el sueño, corrieron al lugar donde habían visto la bolsa. La cogieron y la abrieron. Entonces, con un horrible bramido, los vientos surgieron de su interior. En el cielo las nubes empezaron a amontonarse y el mar, hasta ahora sereno, comenzó a encresparse. Olas gigantes chocaron contra los costados de las embarcaciones. Ulises se despertó y contempló horrorizado
la bolsa abierta. El viento se fue haciendo más fuerte. Las velas se rasgaron y las naves viajaron a la deriva entre chorros de espuma, alejándose cada vez más de Ítaca. Alicia Esteban. Mercedes Aguirre. "Cuentos de la mitología griega". |