LIBROdot.com Arthur Conan Doyle Las aventuras de Sherlock Holmes Índice 1.Escándalo en Bohemia 2.La Liga de los Pelirrojos 3.Un caso de identidad 4. El misterio de Boscombe Valley 5.Las cinco semillas de naranja 6. El hombre del labio retorcido 7.El carbunclo azul 8.La banda de lunares 9. El dedo pulgar del ingeniero 10. El aristócrata solterón 11. La corona de berilos 12. El misterio de Copper Beeches I. Escándalo en Bohemia Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez le oí mencionarla de otro modo. A sus ojos, ella eclipsa y domina a todo su sexo. Y no es que sintiera por Irene Adler nada parecido al amor. Todas las emociones, y en especial ésa, resultaban abominables para su inteligencia fría y pre cisa pero admirablemente equilibrada. Siempre lo he tenido por la máquina de observar y razonar más perfecta que ha conocido el mundo; pero como amante no habría sabido qué hacer. Jamás hablaba de las pasiones más tiernas, si no era con desprecio y sarcasmo. Eran cosas admirables para el observador, excelentes para levantar el velo que cubre los motivos y los actos de la gente. Pero para un razonador ex perto, admitir tales intrusiones en su delicado y bien ajus tado temperamento equivalía a introducir un factor de dis tracción capaz de sembrar de dudas todos los resultados de su mente. Para un carácter como el suyo, una emoción fuerte resultaba tan perturbadora como la presencia de arena en un instrumento de precisión o la rotura de una de sus potentes lupas. Y sin embargo, existió para él una mujer, y esta mujer fue la difunta Irene Adler, de dudoso y cuestionable recuerdo. Últimamente, yo había visto poco a Holmes. Mi matrimonio nos había apartado al uno del otro. Mi completa felicidad y los intereses hogareños que se despiertan en el hombre que por primera vez pone casa propia bastaban para absorber toda mi atención; mientras tanto, Holmes, que odiaba cualquier forma de vida social con toda la fuerza de su alma bohemia, permaneció en nuestros aposentos de Baker Street, sepultado entre sus viejos libros y alternando una semana de cocaína con otra de ambición, entre la modorra de la droga y la fiera energía de su intensa personalidad. Como siempre, le seguía atrayendo el estudio del crimen, y dedicaba sus inmensas facultades y extraordinarios poderes de observación a seguir pistas y aclarar misterios que la policía había abandonado por imposibles. De vez en cuando, me llegaba alguna vaga noticia de sus andanzas: su viaje a Odesa para intervenir en el caso del asesinato de Trepoff, el esclare cimiento de la extraña tragedia de los hermanos Atkinson en Trincomalee y, por último, la misión que tan discreta y eficazmente había llevado a cabo para la familia real de Ho landa. Sin embargo, aparte de estas señales de actividad, que yo me limitaba a compartir con todos los lectores de la prensa diaria, apenas sabía nada de mi antiguo amigo y compa ñero. Una noche ––la del 20 de marzo de 1888–– volvía yo de visi tar a un paciente (pues de nuevo estaba ejerciendo la medici na), cuando el camino me llevó por Baker Street. Al pasar frente a la puerta que tan bien recordaba, y que siempre es tará asociada en mi mente con mi noviazgo y con los sinies tros incidentes del Estudio en escarlata, se apoderó de mí un fuerte deseo de volver a ver a Holmes y saber en qué empleaba sus extraordinarios poderes. Sus habitaciones estaban completamente iluminadas, y al mirar hacia arriba vi pasar dos veces su figura alta y delgada, una oscura silueta en los visillos. Daba rápidas zancadas por la habitación, con aire ansioso, la cabeza hundida sobre el pecho y las manos juntas en la espalda. A mí, que conocía perfectamente sus hábitos y sus humores, su actitud y comportamiento me contaron toda una historia. Estaba trabajando otra vez. Había salido de los sueños inducidos por la droga y seguía de cerca el rastro de algún nuevo problema. Tiré de la campanilla y me condujeron a la habitación que, en parte, había sido mía. No estuvo muy efusivo; rara vez lo estaba, pero creo que se alegró de verme. Sin apenas pronunciar palabra, pero con una mirada cariñosa, me indicó una butaca, me arrojó su caja de cigarros, y señaló una botella de licor y un sifón que había en la esquina. Luego se plantó delante del fuego y me miró de aquella manera suya tan ensimismada. ––El matrimonio le sienta bien ––comentó––. Yo diría, Wat son, que ha engordado usted siete libras y media desde la úl tima vez que le vi. ––Siete ––respondí. ––La verdad, yo diría que algo más. Sólo un poquito más, me parece a mí, Watson. Y veo que está ejerciendo de nuevo. No me dijo que se proponía volver a su profesión. ––Entonces, ¿cómo lo sabe? ––Lo veo, lo deduzco. ¿Cómo sé que hace poco sufrió usted un remojón y que tiene una sirvienta de lo más torpe y des cuidada? ––Mi querido Holmes ––dije––, esto es demasiado. No me cabe duda de que si hubiera vivido usted hace unos siglos le habrían quemado en la hoguera. Es cierto que el jueves di un paseo por el campo y volví a casa hecho una sopa; pero, dado que me he cambiado de ropa, no logro imaginarme cómo ha podido adivinarlo. Y respecto a Mary Jane, es incorregible y mi mujer la ha despedido; pero tampoco me explico cómo lo ha averiguado. Se rió para sus adentros y se frotó las largas y nerviosas manos. ––Es lo más sencillo del mundo ––dijo––. Mis ojos me dicen que en la parte interior de su zapato izquierdo, donde da la luz de la chimenea, la suela está rayada con seis marcas casi paralelas. Evidentemente, las ha producido alguien que ha raspado sin ningún cuidado los bordes de la suela para desprender el barro adherido. Así que ya ve: de ahí mi doble deducción de que ha salido usted con mal tiempo y de que po see un ejemplar particularmente maligno y rompebotas de fregona londinense. En cuanto a su actividad profesional, si un caballero penetra en mi habitación apestando a yodoformo, con una mancha negra de nitrato de plata en el dedo índice derecho, y con un bulto en el costado de su sombrero de copa, que indica dónde lleva escondido el estetoscopio, ten dría que ser completamente idiota para no identificarlo como un miembro activo de la profesión médica. No pude evitar reírme de la facilidad con la que había ex plicado su proceso de deducción. ––Cuando le escucho explicar sus razonamientos ––comen té––, todo me parece tan ridículamente simple que yo mismo podría haberlo hecho con facilidad. Y sin embargo, siempre que le veo razonar me quedo perplejo hasta que me explica usted el proceso. A pesar de que considero que mis ojos ven tanto como los suyos. ––Desde luego ––respondió, encendiendo un cigarrillo y dejándose caer en una butaca––. Usted ve, pero no observa. La diferencia es evidente. Por ejemplo, usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta esta habitación. ––Muchas veces. ––¿Cuántas veces? ––Bueno, cientos de veces. ––¿Y cuántos escalones hay? ––¿Cuántos? No lo sé. ––¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora bien, yo sé que hay diecisiete escalones, por que no sólo he visto, sino que he observado. A propósito, puesto que está usted interesado en estos pequeños proble mas, y dado que ha tenido la amabilidad de poner por escrito una o dos de mis insignificantes experiencias, quizá le interese esto ––me alargó una carta escrita en papel grueso de color rosa, que había estado abierta sobre la mesa––. Esto llegó en el último reparto del correo ––dijo––. Léala en voz alta. La carta no llevaba fecha, firma, ni dirección. «Esta noche pasará a visitarle, a las ocho menos cuarto, un caballero que desea consultarle sobre un asunto de la máxima importancia. Sus recientes servicios a una de las familias reales de Europa han demostrado que es usted persona a quien se pueden confiar asuntos cuya trascendencia no es posible exagerar. Estas referencias de todas partes nos han llegado. Esté en su cuarto, pues, a la hora dicha y no se tome a ofensa que el visitante lleve una máscara.» ––Esto sí que es un misterio ––comenté––. ¿Qué cree usted que significa? ––Aún no dispongo de datos. Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a defor mar los hechos para que se ajusten a las teorías, en lugar de ajustar las teorías a los hechos. Pero en cuanto a la carta en sí, ¿qué deduce usted de ella? Examiné atentamente la escritura y el papel en el que es taba escrita. ––El hombre que la ha escrito es, probablemente, una per sona acomodada ––comenté, esforzándome por imitar los procedimientos de mi compañero––. Esta clase de papel no se compra por menos de media corona el paquete. Es especial mente fuerte y rígido. ––Especial, ésa es la palabra ––dijo Holmes––. No es en absoluto un papel inglés. Mírelo contra la luz. Así lo hice, y vi una E grande con una g pequeña, y una P y una G grandes con una t pequeña, marcadas en la fibra mis ma del papel. ––¿Qué le dice esto? ––preguntó Holmes. ––El nombre del fabricante, sin duda; o más bien, su mo nograma. ––Ni mucho menos. La G grande con la t pequeña significan Gesellschaft, que en alemán quiere decir «compañía»; una contracción habitual, como cuando nosotros ponemos «Co.». La P, por supuesto, significa papier. Vamos ahora con lo de Eg. Echemos un vistazo a nuestra Geografía del Continente ––sacó de una estantería un pesado volumen de color pardo––. Eglow, Eglonitz..., aquí está: Egria. Está en un país de habla alemana... en Bohemia, no muy lejos de Carlsbad. «Lugar conocido por haber sido escenario de la muerte de Wallenstein, y por sus numerosas fábricas de cristal y pa pel.» ¡Ajá, muchacho! ¿Qué saca usted de esto? Le brillaban los ojos y dejó escapar de su cigarrillo una nube triunfante de humo azul. ––El papel fue fabricado en Bohemia ––dije yo. ––Exactamente. Y el hombre que escribió la nota es alemán. ¿Se ha fijado usted en la curiosa construcción de la frase «Estas referencias de todas partes nos han llegado»? Un francés o un ruso no habría escrito tal cosa. Sólo los alema nes son tan desconsiderados con los verbos. Por tanto, sólo falta descubrir qué es lo que quiere este alemán que escribe en papel de Bohemia y prefiere ponerse una máscara a que se le vea la cara. Y aquí llega, si no me equivoco, para resol ver todas nuestras dudas. Mientras hablaba, se oyó claramente el sonido de cascos de caballos y de ruedas que rozaban contra el bordillo de la acera, seguido de un brusco campanillazo. Holmes soltó un silbido. ––Un gran señor, por lo que oigo ––dijo––. Sí ––continuó, asomándose a la ventana––, un precioso carruaje y un par de purasangres. Ciento cincuenta guineas cada uno. Si no hay otra cosa, al menos hay dinero en este caso, Watson. ––Creo que lo mejor será que me vaya, Holmes. ––Nada de eso, doctor. Quédese donde está. Estoy perdido sin mi Boswell. Y esto promete ser interesante. Sería una pena perdérselo. ––Pero su cliente... ––No se preocupe por él. Puedo necesitar su ayuda, y tam bién puede necesitarla él. Aquí llega. Siéntese en esa butaca, doctor, y no se pierda detalle. Unos pasos lentos y pesados, que se habían oído en la es calera y en el pasillo, se detuvieron justo al otro lado de la puerta. A continuación, sonó un golpe fuerte y autoritario. ––¡Adelante! ––dijo Holmes. Entró un hombre que no mediría menos de dos metros de altura, con el torso y los brazos de un Hércules. Su vestimenta era lujosa, con un lujo que en Inglaterra se habría considerado rayano en el mal gusto. Gruesas tiras de astracán adornaban las mangas y el delantero de su casaca cruzada, y la capa de color azul oscuro que llevaba sobre los hombros tenía un forro de seda roja como el fuego y se sujetaba al cuello con un broche que consistía en un único y resplandeciente berilo. Un par de botas que le llegaban hasta media pantorrilla, y con el borde superior orlado de lujosa piel de color pardo, completaba la impresión de bárbara opulencia que inspiraba toda su figura. Llevaba en la mano un sombrero de ala ancha, y la parte superior de su rostro, hasta más abajo de los pómulos, estaba cubierta por un antifaz negro, que al parecer acababa de ponerse, ya que aún se lo sujetaba con la mano en el momento de entrar. A juzgar por la parte inferior del rostro, parecía un hombre de carácter fuerte, con labios gruesos, un poco caídos, y un mentón largo y recto, que indicaba un carácter resuelto, llevado hasta los límites de la obstinación. ––¿Recibió usted mi nota? ––preguntó con voz grave y ronca y un fuerte acento alemán––. Le dije que vendría a verle ––nos miraba a uno y a otro, como si no estuviera seguro de a quién dirigirse. ––Por favor, tome asiento ––dijo Holmes––. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Watson, que de vez en cuando tiene la amabilidad de ayudarme en mis casos. ¿A quién tengo el honor de dirigirme? ––Puede usted dirigirse a mí como conde von Kramm, noble de Bohemia. He de suponer que este caballero, su amigo, es hombre de honor y discreción, en quien puedo confiar para un asunto de la máxima importancia. De no ser así, preferiría muy mucho comunicarme con usted solo. Me levanté para marcharme, pero Holmes me cogió por la muñeca y me obligó a sentarme de nuevo. ––O los dos o ninguno ––dijo––. Todo lo que desee decirme a mí puede decirlo delante de este caballero. El conde encogió sus anchos hombros. ––Entonces debo comenzar ––dijo–– por pedirles a los dos que se comprometan a guardar el más absoluto secreto durante dos años, al cabo de los cuales el asunto ya no tendrá importancia. Por el momento, no exagero al decirles que se trata de un asunto de tal peso que podría afectar a la historia de Europa. ––Se lo prometo ––dijo Holmes. ––Y yo. ––Tendrán que perdonar esta máscara ––continuó nuestro extraño visitante––. La augusta persona a quien represento no desea que se conozca a su agente, y debo confesar desde este momento que el título que acabo de atribuirme no es exactamente el mío. ––Ya me había dado cuenta de ello ––dijo Holmes secamente. ––Las circunstancias son muy delicadas, y es preciso tomar toda clase de precauciones para sofocar lo que podría llegar a convertirse en un escándalo inmenso, que comprometiera gravemente a una de las familias reinantes de Europa. Ha blando claramente, el asunto concierne a la Gran Casa de Ormstein, reyes hereditarios de Bohemia. ––También me había dado cuenta de eso ––dijo Holmes, acomodándose en su butaca y cerrando los ojos. Nuestro visitante se quedó mirando con visible sorpresa la lánguida figura recostada del hombre que, sin duda, le había sido descrito como el razonador más incisivo y el agente más energético de Europa. Holmes abrió lentamente los ojos y miró con impaciencia a su gigantesco cliente. ––Si su majestad condescendiese a exponer su caso ––dijo––, estaría en mejores condiciones de ayudarle. El hombre se puso en pie de un salto y empezó a recorrer la habitación de un lado a otro, presa de incontenible agita ción. Luego, con un gesto de desesperación, se arrancó la máscara de la cara y la tiró al suelo. ––Tiene usted razón ––exclamó––. Soy el rey. ¿Por qué habría de ocultarlo? ––¿Por qué, en efecto? ––murmuró Holmes––. Antes de que vuestra majestad pronunciara una palabra, yo ya sabía que me dirigía a Guillermo Gottsreich Segismundo von Ormstein, gran duque de Cassel-Falstein y rey hereditario de Bohemia. ––Pero usted comprenderá ––dijo nuestro extraño visitante, sentándose de nuevo y pasándose la mano por la frente blanca y despejada––, usted comprenderá que no estoy acostumbrado a realizar personalmente esta clase de gestiones. Sin embargo, el asunto era tan delicado que no podía confiárselo a un agente sin ponerme en su poder. He venido de incógnito desde Praga con el fin de consultarle. ––Entonces, consúlteme, por favor ––dijo Holmes cerrando una vez más los ojos. ––Los hechos, en pocas palabras, son estos: hace unos cin co años, durante una prolongada estancia en Varsovia, trabé relación con la famosa aventurera Irene Adler. Sin duda, el nombre le resultará familiar. ––Haga el favor de buscarla en mi índice, doctor ––murmuró Holmes, sin abrir los ojos. Durante muchos años había seguido el sistema de colec cionar extractos de noticias sobre toda clase de personas y cosas, de manera que era difícil nombrar un tema o una per sona sobre los que no pudiera aportar información al ins tante. En este caso, encontré la biografía de la mujer entre la de un rabino hebreo y la de un comandante de estado mayor que había escrito una monografía sobre los peces de las grandes profundidades. ––Veamos ––dijo Holmes––. ¡Hum! Nacida en Nueva Jersey en 1858. Contralto... ¡Hum! La Scala... ¡Hum! Prima donna de la ópera Imperial de Varsovia... ¡Ya! Retirada de los esce narios de ópera... ¡Ajá! Vive en Londres... ¡Vaya! Según creo entender, vuestra majestad tuvo un enredo con esta joven, le escribió algunas cartas comprometedoras y ahora desea recuperar dichas cartas. ––Exactamente. Pero ¿cómo...? ––¿Hubo un matrimonio secreto? ––No. ––¿Algún certificado o documento legal? ––Ninguno. ––Entonces no comprendo a vuestra majestad. Si esta joven sacara a relucir las cartas, con propósitos de chantaje o de cualquier otro tipo, ¿cómo iba a demostrar su autenticidad? ––Está mi letra. ––¡Bah! Falsificada. ––Mi papel de cartas personal. ––Robado. ––Mi propio sello. ––Imitado. ––Mi fotografia. ––Comprada. ––Estábamos los dos en la fotografía. ––¡Válgame Dios! Eso está muy mal. Verdaderamente, vuestra majestad ha cometido una indiscreción. ––Estaba loco... trastornado. ––Os habéis comprometido gravemente. ––Entonces era sólo príncipe heredero. Era joven. Ahora mismo sólo tengo treinta años. ––Hay que recuperarla. ––Lo hemos intentado en vano. ––Vuestra majestad tendrá que pagar. Hay que comprarla. ––No quiere venderla. ––Entonces, robarla. ––Se ha intentado cinco veces. En dos ocasiones, ladrones pagados por mí registraron su casa. Una vez extraviamos su equipaje durante un viaje. Dos veces ha sido asaltada. Nunca hemos obtenido resultados. ––¿No se ha encontrado ni rastro de la foto? ––Absolutamente ninguno. Holmes se echó a reír. ––Sí que es un bonito problema ––dijo. ––Pero para mí es muy serio ––replicó el rey en tono de re proche. ––Mucho, es verdad. ¿Y qué se propone ella hacer con la fo tografia? ––Arruinar mi vida. ––Pero ¿cómo? ––Estoy a punto de casarme. ––Eso he oído. ––Con Clotilde Lothman von Saxe-Meningen, segunda hija del rey de Escandinavia. Quizá conozca usted los estrictos principios de su familia. Ella misma es el colmo de la de licadeza. Cualquier sombra de duda sobre mi conducta pondría fin al compromiso. ––¿Y qué dice Irene Adler? ––Amenaza con enviarles la fotografía. Y lo hará. Sé que lo hará. Usted no la conoce, pero tiene un carácter de acero. Posee el rostro de la más bella de las mujeres yla mentalidad del más decidido de los hombres. No hay nada que no esté dispuesta a hacer con tal de evitar que yo me case con otra mujer... nada. ––¿Estáis seguro de que no la ha enviado aún? ––Estoy seguro. ––¿Por qué? ––Porque ha dicho que la enviará el día en que se haga pú blico el compromiso. Lo cual será el lunes próximo. ––Oh, entonces aún nos quedan tres días ––dijo Holmes, bostezando––. Es una gran suerte, ya que de momento tengo que ocuparme de uno o dos asuntos de importancia. Por su puesto, vuestra majestad se quedará en Londres por ahora... ––Desde luego. Me encontrará usted en el Langham, bajo el nombre de conde von Kramm. ––Entonces os mandaré unas líneas para poneros al co rriente de nuestros progresos. ––Hágalo, por favor. Aguardaré con impaciencia. ––¿Y en cuanto al dinero? ––Tiene usted carta blanca. ––¿Absolutamente? ––Le digo que daría una de las provincias de mi reino por recuperar esa fotografía. ––¿Y para los gastos del momento? El rey sacó de debajo de su capa una pesada bolsa de piel de gamuza y la depositó sobre la mesa. ––Aquí hay trescientas libras en oro y setecientas en billetes de banco ––dijo. Holmes escribió un recibo en una hoja de su cuaderno de notas y se lo entregó. ––¿Y la dirección de mademoiselle? ––preguntó. ––Residencia Briony, Serpentine Avenue, St. John's Wood. Holmes tomó nota. ––Una pregunta más ––añadió––. ¿La fotografia era de for mato corriente? ––Sí lo era. ––Entonces, buenas noches, majestad, espero que pronto podamos darle buenas noticias. Y buenas noches, Watson ––añadió cuando se oyeron las ruedas del carricoche real ro dando calle abajo––. Si tiene usted la amabilidad de pasarse por aquí mañana a las tres de la tarde, me encantará charlar con usted de este asuntillo. 2 A las tres en punto yo estaba en Baker Street, pero Holmes aún no había regresado. La casera me dijo que había salido de casa poco después de las ocho de la mañana. A pesar de ello, me senté junto al fuego, con la intención de esperarle, tardara lo que tardara. Sentía ya un profundo interés por el caso, pues aunque no presentara ninguno de los aspectos extraños y macabros que caracterizaban a los dos crímenes que ya he relatado en otro lugar, la naturaleza del caso y la elevada posición del cliente le daban un carácter propio. La verdad es que, independientemente de la clase de investigación que mi amigo tuviera entre manos, había algo en su manera magistral de captar las situaciones y en sus agudos e incisivos razonamientos, que hacía que para mí fuera un placer estudiar su sistema de trabajo y seguir los métodos rápidos y sutiles con los que desentrañaba los misterios más enrevesados. Tan acostumbrado estaba yo a sus invariables éxitos que ni se me pasaba por la cabeza la posibilidad de que fracasara. Eran ya cerca de las cuatro cuando se abrió la puerta y en tró en la habitación un mozo con pinta de borracho, desas trado y con patillas, con la cara enrojecida e impresentable mente vestido. A pesar de lo acostumbrado que estaba a las asombrosas facultades de mi amigo en el uso de disfraces, tuve que mirarlo tres veces para convencerme de que, efectivamente, se trataba de él. Con un gesto de saludo desapareció en el dormitorio, de donde salió a los cinco minutos vestido con un traje de tweed y tan respetable como siempre. Se metió las manos en los bolsillos, estiró las piernas frente a la chimenea y se echó a reír a carcajadas durante un buen rato. ––¡Caramba, caramba! ––exclamó, atragantándose y volviendo a reír hasta quedar fláccido y derrengado, tumbado sobre la silla. ––¿Qué pasa? ––Es demasiado gracioso. Estoy seguro de que jamás adi vinaría usted en qué he empleado la mañana y lo que he aca bado haciendo. ––Ni me lo imagino. Supongo que habrá estado observando los hábitos, y quizá la casa, de la señorita Irene Adler. ––Desde luego, pero lo raro fue lo que ocurrió a continua ción. Pero voy a contárselo. Salí de casa poco después de las ocho de la mañana, disfrazado de mozo de cuadra sin trabajo. Entre la gente que trabaja en las caballerizas hay mucha camaradería, una verdadera hermandad; si eres uno de ellos, pronto te enterarás de todo lo que desees saber. No tardé en encontrar la residencia Briony. Es una villa de lujo, con un jardín en la parte de atrás pero que por delante llega justo hasta la carretera; de dos pisos. Cerradura Chubbs en la puerta. Una gran sala de estar a la derecha, bien amueblada, con ventanales casi hasta el suelo y esos ridículos pestillos ingleses en las ventanas, que hasta un niño podría abrir. Más allá no había nada de interés, excepto que desde el tejado de la cochera se puede llegar a la ventana del pasillo. Di la vuelta a la casa y la examiné atentamente desde todos los puntos de vista, pero no vi nada interesante. »Me dediqué entonces a rondar por la calle y, tal como había esperado, encontré unas caballerizas en un callejón pegado a una de las tapias del jardín. Eché una mano a los mozos que limpiaban los caballos y recibí a cambio dos pe niques, un vaso de cerveza, dos cargas de tabaco para la pipa y toda la información que quise sobre la señorita Adler, por no mencionar a otra media docena de personas del vecindario que no me interesaban lo más mínimo, pero cuyas biografías no tuve más remedio que escuchar. ––¿Y qué hay de Irene Adler? ––pregunté. ––Bueno, trae de cabeza a todos los hombres de la zona. Es la cosa más bonita que se ha visto bajo un sombrero en este planeta. Eso aseguran los caballerizos del Serpentine, hasta el último hombre. Lleva una vida tranquila, canta en con ciertos, sale todos los días a las cinco y regresa a cenar a las siete en punto. Es raro que salga a otras horas, excepto cuando canta. Sólo tiene un visitante masculino, pero lo ve mucho. Es moreno, bien parecido y elegante. Un tal Godfrey Norton, del Inner Temple. Ya ve las ventajas de tener por confidente a un cochero. Le han llevado una docena de veces desde el Serpentine y lo saben todo acerca de él. Después de escuchar todo lo que tenían que contarme, me puse otra vez a recorrer los alrededores de la residencia Briony, tramando mi plan de ataque. »Evidentemente, este Godfrey Norton era un factor im portante en el asunto. Es abogado; esto me sonó mal. ¿Qué relación había entre ellos y cuál era el motivo de sus repetidas visitas? ¿Era ella su cliente, su amiga o su amante? De ser lo primero, probablemente habría puesto la fotografía bajo su custodia. De ser lo último, no era tan probable que lo hubiera hecho. De esta cuestión dependía el que yo continuara mi trabajo en Briony o dirigiera mi atención a los aposentos del caballero en el Temple. Se trataba de un aspecto delicado, que ampliaba el campo de mis investigaciones. Temo aburrirle con estos detalles, pero tengo que hacerle partícipe de mis pequeñas dificultades para que pueda usted comprender la situación. ––Le sigo atentamente ––respondí. ––Estaba todavía dándole vueltas al asunto cuando llegó a Briony un coche muy elegante, del que se apeó un caballero. Se trataba de un hombre muy bien parecido, moreno, de nariz aguileña y con bigote. Evidentemente, el mismo hombre del que había oído hablar. Parecía tener mucha prisa, le gritó al cochero que esperara y pasó como una exhalación junto a la doncella, que le abrió la puerta, con el aire de quien se encuentra en su propia casa. »Permaneció en la casa una media hora, y pude verle un par de veces a través de las ventanas de la sala de estar, an dando de un lado a otro, hablando con agitación y moviendo mucho los brazos. A ella no la vi. Por fin, el hombre salió, más excitado aún que cuando entró. Al subir al coche, sacó del bolsillo un reloj de oro y lo miró con preocupación. "¡Corra como un diablo! ––ordenó––. Primero a Gross & Han key, en Regent Street, y luego a la iglesia de Santa Mónica, en Edgware Road. ¡Media guinea si lo hace en veinte minutos!" »Allá se fueron, y yo me preguntaba si no convendría se guirlos, cuando por el callejón apareció un pequeño y bonito landó, cuyo cochero llevaba la levita a medio abrochar, la corbata debajo de la oreja y todas las correas del aparejo salidas de las hebillas. Todavía no se había parado cuando ella salió disparada por la puerta y se metió en el coche. Sólo pude echarle un vistazo, pero se trata de una mujer deliciosa, con una cara por la que un hombre se dejaría matar. »––A la iglesia de Santa Mónica, John ––ordenó––. Y medio soberano si llegas en veinte minutos. »Aquello era demasiado bueno para perdérselo, Watson. Estaba dudando si hacer el camino corriendo o agarrarme a la trasera del landó, cuando apareció un coche por la calle. El cochero no parecía muy interesado en un pasajero tan an drajoso, pero yo me metí dentro antes de que pudiera poner objeciones. "A la iglesia de Santa Mónica ––dije––, y medio soberano si llega en veinte minutos." Eran las doce menos veinticinco y, desde luego, estaba clarísimo lo que se estaba cociendo. »Mi cochero se dio bastante prisa. No creo haber ido tan rápido en la vida, pero los otros habían llegado antes. El coche y el landó, con los caballos sudorosos, se encontraban ya delante de la puerta cuando nosotros llegamos. Pagué al cochero y me metí corriendo en la iglesia. No había ni un alma, con excepción de las dos personas que yo había seguido y de un clérigo con sobrepelliz que parecía estar amonestándolos. Los tres se encontraban de pie, formando un grupito delante del altar. Avancé despacio por el pasillo lateral, como cualquier desocupado que entra en una iglesia. De pronto, para mi sorpresa, los tres del altar se volvieron a mirarme y Godfrey Norton vino corriendo hacia mí, tan rápido como pudo. »––¡Gracias a Dios! ––exclamó––. ¡Usted servirá! ¡Venga, venga! »––¿Qué pasa? ––pregunté yo. »––¡Venga, hombre, venga, tres minutos más y no será le gal! »Prácticamente me arrastraron al altar, y antes de darme cuenta de dónde estaba me encontré murmurando respuestas que alguien me susurraba al oído, dando fe de cosas de las que no sabía nada y, en general, ayudando al enlace matrimonial de Irene Adler, soltera, con Godfrey Norton, soltero. Todo se hizo en un instante, y allí estaban el caballero dándome las gracias por un lado y la dama por el otro, mientras el clérigo me miraba resplandeciente por delante. Es la situación más ridícula en que me he encontrado en la vida, y pensar en ello es lo que me hacía reír hace un momento. Pa rece que había alguna irregularidad en su licencia, que el cura se negaba rotundamente a casarlos sin que hubiera algún testigo, y que mi feliz aparición libró al novio de tener que salir a la calle en busca de un padrino. La novia me dio un soberano, y pienso llevarlo en la cadena del reloj como recuerdo de esta ocasión. ––Es un giro bastante inesperado de los acontecimientos ––dije––. ¿Y qué pasó luego? ––Bueno, me di cuenta de que mis planes estaban a punto de venirse abajo. Daba la impresión de que la parejita podía largarse inmediatamente, lo cual exigiría medidas instantá neas y enérgicas por mi parte. Sin embargo, en la puerta de la iglesia se separaron: él volvió al Temple y ella a su casa. «Saldré a pasear por el parque a las cinco, como de costumbre», dijo ella al despedirse. No pude oír más. Se marcharon en diferentes direcciones, y yo fui a ocuparme de unos asuntillos propios. ––¿Que eran...? ––Un poco de carne fría y un vaso de cerveza ––respondió, haciendo sonar la campanilla––. He estado demasiado ocupado para pensar en comer, y probablemente estaré aún más ocupado esta noche. Por cierto, doctor, voy a necesitar su cooperación. ––Estaré encantado. ––¿No le importa infringir la ley? ––Ni lo más mínimo. ––¿Y exponerse a ser detenido? ––No, si es por una buena causa. ––¡Oh, la causa es excelente! ––Entonces, soy su hombre. ––Estaba seguro de que podía contar con usted. ––Pero ¿qué es lo que se propone? ––Cuando la señora Turner haya traído la bandeja se lo ex plicaré claramente. Veamos ––dijo, mientras se lanzaba vo razmente sobre el sencillo almuerzo que nuestra casera había traído––. Tengo que explicárselo mientras como, porque no tenemos mucho tiempo. Ahora son casi las cinco. Dentro de dos horas tenemos que estar en el escenario de la acción. La señorita Irene, o mejor dicho, la señora, vuelve de su paseo a las siete. Tenemos que estar en villa Briony cuando lle gue. ––Y entonces, ¿qué? ––Déjeme eso a mí. Ya he arreglado lo que tiene que ocu rrir. Hay una sola cosa en la que debo insistir. Usted no debe interferir, pase lo que pase. ¿Entendido? ––¿He de permanecer al margen? ––No debe hacer nada en absoluto. Probablemente se pro ducirá algún pequeño alboroto. No intervenga. El resultado será que me harán entrar en la casa. Cuatro o cinco minutos después se abrirá la ventana de la sala de estar. Usted se situará cerca de esa ventana abierta. ––Sí. ––Tiene usted que fijarse en mí, que estaré al alcance de su vista. ––Sí. ––Y cuando yo levante la mano, así, arrojará usted al inte rior de la habitación una cosa que le voy a dar, y al mismo tiempo lanzará el grito de «¡Fuego!». ¿Me sigue? ––Perfectamente. ––No es nada especialmente terrible ––dijo, sacando del bolsillo un cilindro en forma de cigarro––. Es un cohete de humo corriente de los que usan los fontaneros, con una tapa en cada extremo para que se encienda solo. Su tarea se redu ce a eso. Cuando empiece a gritar ¡fuego!, mucha gente lo re petirá. Entonces, usted se dirigirá al extremo de la calle, donde yo me reuniré con usted al cabo de diez minutos. Es pero haberme explicado bien. ––Tengo que mantenerme al margen, acercarme a la ventana, fijarme en usted, aguardar la señal y arrojar este objeto, gritar «¡Fuego!», y esperarle en la esquina de la calle. ––Exactamente. ––Entonces, puede usted confiar plenamente en mí. ––Excelente. Creo que ya va siendo hora de que me prepare para el nuevo papel que he de representar. Desapareció en su dormitorio, para regresar a los cinco minutos con la apariencia de un afable y sencillo sacerdote disidente. Su sombrero negro de ala ancha, sus pantalones con rodilleras, su chalina blanca, su sonrisa simpática y su aire general de curiosidad inquisitiva y benévola, no podrían haber sido igualados más que por el mismísimo John Hare. Holmes no se limitaba a cambiarse de ropa; su expresión, su forma de actuar, su misma alma, parecían cambiar con cada nuevo papel que asumía. El teatro perdió un magnífico actor y la ciencia un agudo pensador cuando Holmes decidió especializarse en el delito. Eran las seis y cuarto cuando salimos de Baker Street, y todavía faltaban diez minutos para las siete cuando llegamos a Serpentine Avenue. Ya oscurecía, y las farolas se iban en cendiendo mientras nosotros andábamos calle arriba y calle abajo frente a la villa Briony, aguardando la llegada de su inquilina. La casa era tal como yo la había imaginado por la sucinta descripción de Sherlock Holmes, pero el vecindario parecía menos solitario de lo que había esperado. Por el con trario, para tratarse de una calle pequeña en un barrio tran quilo, se encontraba de lo más animada. Había un grupo de hombres mal vestidos fumando y riendo en una esquina, un afilador con su rueda, dos guardias reales galanteando a una niñera, y varios jóvenes bien vestidos que paseaban de un lado a otro con cigarros en la boca. ––¿Sabe? ––comentó Holmes mientras deambulábamos frente a la casa––. Este matrimonio simplifica bastante las cosas. Ahora la fotografía se ha convertido en un arma de doble filo. Lo más probable es que ella tenga tan pocas ganas de que la vea el señor Godfrey Norton, como nuestro cliente de que llegue a ojos de su princesa. Ahora la cuestión es: ¿dónde vamos a encontrar la fotografia? ––Eso. ¿Dónde? ––Es muy improbable que ella la lleve encima. El formato es demasiado grande como para que se pueda ocultar bien en un vestido de mujer. Sabe que el rey es capaz de hacer que la asalten y registren. Ya se ha intentado algo parecido dos veces. Debemos suponer, pues, que no la lleva encima. ––Entonces, ¿dónde? ––Su banquero o su abogado. Existe esa doble posibilidad. Pero me inclino a pensar que ninguno de los dos la tiene. Las mujeres son por naturaleza muy dadas a los secretos, y les gusta encargarse de sus propias intrigas. ¿Por qué habría de ponerla en manos de otra persona? Puede fiarse de sí misma, pero no sabe qué presiones indirectas o políticas pueden ejercerse sobre un hombre de negocios. Además, recuerde que tiene pensado utilizarla dentro de unos días. Tiene que tenerla al alcance de la mano. Tiene que estar en la casa. ––Pero la han registrado dos veces. ––¡Bah! No sabían buscar. ––¿Y cómo buscará usted? ––Yo no buscaré. ––¿Entonces...? ––Haré que ella me lo indique. ––Pero se negará. ––No podrá hacerlo. Pero oigo un ruido de ruedas. Es su coche. Ahora, cumpla mis órdenes al pie de la letra. Mientras hablaba, el fulgor de las luces laterales de un coche asomó por la curva de la avenida. Era un pequeño y ele gante landó que avanzó traqueteando hasta la puerta de la villa Briony. En cuanto se detuvo, uno de los desocupados de la esquina se lanzó como un rayo a abrir la puerta, con la esperanza de ganarse un penique, pero fue desplazado de un codazo por otro desocupado que se había precipitado con la misma intención. Se entabló una feroz disputa, a la que se unieron los dos guardias reales, que se pusieron de parte de uno de los desocupados, y el afilador, que defendía con igual vehemencia al bando contrario. Alguien recibió un golpe y, en un instante, la dama, que se había apeado del carruaje, se encontró en el centro de un pequeño grupo de acalorados combatientes, que se golpeaban ferozmente con puños y bastones. Holmes se abalanzó entre ellos para proteger a la dama pero, justo cuando llegaba a su lado, soltó un grito y cayó al suelo, con la sangre corriéndole abundantemente por el rostro. Al verlo caer, los guardias salieron corriendo en una dirección y los desocupados en otra, mientras unas cuantas personas bien vestidas, que habían presenciado la reyerta sin tomar parte en ella, se agolpaban para ayudar a la señora y atender al herido. Irene Adler, como pienso seguir llamándola, había subido a toda prisa los escalones; pero en lo alto se detuvo, con su espléndida figura recortada contra las luces de la sala, volviéndose a mirar hacia la calle. ––¿Está malherido ese pobre caballero? ––preguntó. ––Está muerto ––exclamaron varias voces. ––No, no, todavía le queda algo de vida ––gritó otra––. Pero habrá muerto antes de poder llevarlo al hospital. ––Es un valiente ––dijo una mujer––. De no ser por él le habrían quitado el bolso y el reloj a esta señora. Son una banda, y de las peores. ¡Ah, ahora respira! ––No puede quedarse tirado en la calle. ¿Podemos meterlo en la casa, señora? ––Claro. Tráiganlo a la sala de estar. Hay un sofá muy có modo. Por aquí, por favor. Lenta y solemnemente fue introducido en la residencia Briony y acostado en el salón principal, mientras yo seguía observando el curso de los acontecimientos desde mi puesto junto a la ventana. Habían encendido las lámparas, pero sin correr las cortinas, de manera que podía ver a Holmes ten dido en el sofá. Ignoro si en aquel momento él sentía algún tipo de remordimiento por el papel que estaba representando, pero sí sé que yo nunca me sentí tan avergonzado de mí mismo como entonces, al ver a la hermosa criatura contra la que estaba conspirando, y la gracia y amabilidad con que atendía al herido. Y sin embargo, abandonar en aquel punto la tarea que Holmes me había confiado habría sido una traición de lo más abyecto. Así pues, hice de tripas corazón y saqué el cohete de humo de debajo de mi impermeable. Al fin y al cabo, pensé, no vamos a hacerle ningún daño. Sólo vamos a impedirle que haga daño a otro. Holmes se había sentado en el diván, y le vi moverse como si le faltara aire. Una doncella se apresuró a abrir la ventana. En aquel preciso instante le vi levantar la mano y, obedeciendo su señal, arrojé el cohete dentro de la habitación mientras gritaba: «¡Fuego!». Apenas había salido la palabra de mis labios cuando toda la multitud de espectadores, bien y mal vestidos ––caballeros, mozos de cuadra y criadas––, se unió en un clamor general de «¡Fuego!». Espesas nubes de humo se extendieron por la habitación y salieron por la ventana abierta. Pude entrever figuras que corrían, y un momento después oí la voz de Holmes dentro de la casa, asegurando que se trataba de una falsa alarma. Deslizándome entre la vociferante multitud, llegué hasta la esquina de la calle y a los diez minutos tuve la alegría de sentir el brazo de mi amigo sobre el mío y de alejarme de la escena del tumulto. Holmes caminó de prisa y en silencio durante unos pocos minutos, hasta que nos metimos por una de las calles tranquilas que llevan hacia Edgware Road. ––Lo hizo usted muy bien, doctor ––dijo––. Las cosas no po drían haber salido mejor. Todo va bien. ––¿Tiene usted la fotografia? ––Sé dónde está. ––¿Y cómo lo averiguó? ––Ella me lo indicó, como yo le dije que haría. ––Sigo a oscuras. ––No quiero hacer un misterio de ello ––dijo, echándose a reír––. Todo fue muy sencillo. Naturalmente, usted se daría cuenta de que todos los que había en la calle eran cómplices. Estaban contratados para esta tarde. ––Me lo había figurado. ––Cuando empezó la pelea, yo tenía un poco de pintura roja, fresca, en la palma de la mano. Eché a correr, caí, me llevé las manos a la cara y me convertí en un espectáculo pa tético. Un viejo truco. ––Eso también pude figurármelo. ––Entonces me llevaron adentro. Ella tenía que dejarme entrar. ¿Cómo habría podido negarse? Y a la sala de estar, que era la habitación de la que yo sospechaba. Tenía que ser ésa o el dormitorio, y yo estaba decidido a averiguar cuál. Me tendieron en el sofá, hice como que me faltaba el aire, se vieron obligados a abrir la ventana y usted tuvo su oportunidad. ––¿Y de qué le sirvió eso? ––Era importantísimo. Cuando una mujer cree que se in cendia su casa, su instinto le hace correr inmediatamente hacia lo que tiene en más estima. Se trata de un impulso completamente insuperable, y más de una vez le he sacado partido. En el caso del escándalo de la suplantación de Dar lington me resultó muy útil, y también en el asunto del castillo de Arnsworth. Una madre corre en busca de su bebé, una mujer soltera echa mano a su joyero. Ahora bien, yo tenía muy claro que para la dama que nos ocupa no existía en la casa nada tan valioso como lo que nosotros andamos bus cando, y que correría a ponerlo a salvo. La alarma de fuego salió de maravilla. El humo y los gritos eran como para tras tornar unos nervios de acero. Ella respondió a la perfección. La fotografía está en un hueco detrás de un panel corredizo, encima mismo del cordón de la campanilla de la derecha. Se plantó allí en un segundo, y vi de reojo que empezaba a sacarla. Al gritar yo que se trataba de una falsa alarma, la volvió a meter, miró el cohete, salió corriendo de la habitación y no la volví a ver. Me levanté, presenté mis excusas y salí de la casa. Pensé en intentar apoderarme de la fotografía en aquel mismo momento; pero el cochero había entrado y me observaba de cerca, así que me pareció más seguro esperar. Un exceso de precipitación podría echarlo todo a perder. ––¿Y ahora? ––pregunté. ––Nuestra búsqueda prácticamente ha concluido. Mañana iré a visitarla con el rey, y con usted, si es que quiere acompa ñarnos. Nos harán pasar a la sala de estar a esperar a la señora, pero es probable que cuando llegue no nos encuentre ni a nosotros ni la fotografía. Será una satisfacción para su majestad recuperarla con sus propias manos. ––¿Y cuándo piensa ir? ––A las ocho de la mañana. Aún no se habrá levantado, de manera que tendremos el campo libre. Además, tenemos que darnos prisa, porque este matrimonio puede significar un cambio completo en su vida y costumbres. Tengo que te legrafiar al rey sin perder tiempo. Habíamos llegado a Baker Street y nos detuvimos en la puerta. Holmes estaba buscando la llave en sus bolsillos cuando alguien que pasaba dijo: ––Buenas noches, señor Holmes. Había en aquel momento varias personas en la acera, pero el saludo parecía proceder de un joven delgado con imper meable que había pasado de prisa a nuestro lado. ––Esa voz la he oído antes ––dijo Holmes, mirando fijamen te la calle mal iluminada––. Me pregunto quién demonios po drá ser. 3 Aquella noche dormí en Baker Street, y estábamos dando cuenta de nuestro café con tostadas cuando el rey de Bohemia se precipitó en la habitación. ––¿Es verdad que la tiene? ––exclamó, agarrando a Sherlock Holmes por los hombros y mirándolo ansiosamente a los ojos. ––Aún no. ––Pero ¿tiene esperanzas? ––Tengo esperanzas. ––Entonces, vamos. No puedo contener mi impaciencia. ––Tenemos que conseguir un coche. ––No, mi carruaje está esperando. ––Bien, eso simplifica las cosas. Bajamos y nos pusimos otra vez en marcha hacia la villa Briony. ––Irene Adler se ha casado ––comentó Holmes. ––¿Se ha casado? ¿Cuándo? ––Ayer. ––Pero ¿con quién? ––Con un abogado inglés apellidado Norton. ––¡Pero no es posible que le ame! ––Espero que sí le ame. ––¿Por qué espera tal cosa? ––Porque eso libraría a vuestra majestad de todo temor a futuras molestias. Si ama a su marido, no ama a vuestra ma jestad. Si no ama a vuestra majestad, no hay razón para que interfiera en los planes de vuestra majestad. ––Es verdad. Y sin embargo... ¡En fin!... ¡Ojalá ella hubiera sido de mi condición! ¡Qué reina habría sido! Y con esto se hundió en un silencio taciturno que no se rompió hasta que nos detuvimos en Serpentine Avenue. La puerta de la villa Briony estaba abierta, y había una mujer mayor de pie en los escalones de la entrada. Nos miró con ojos sardónicos mientras bajábamos del carricoche. ––El señor Sherlock Holmes, supongo ––dijo. ––Yo soy el señor Holmes ––respondió mi compañero, diri giéndole una mirada interrogante y algo sorprendida. ––En efecto. Mi señora me dijo que era muy probable que viniera usted. Se marchó esta mañana con su marido, en el tren de las cinco y cuarto de Charing Cross, rumbo al conti nente. ––¿Cómo? ––Sherlock Holmes retrocedió tambaleándose, poniéndose blanco de sorpresa y consternación––. ¿Quiere decir que se ha marchado de Inglaterra? ––Para no volver. ––¿Y los papeles? ––preguntó el rey con voz ronca––. ¡Todo se ha perdido! ––Veremos. Holmes pasó junto a la sirvienta y se precipitó en la sala, seguido por el rey y por mí. El mobiliario estaba esparcido en todas direcciones, con estanterías desmontadas y cajones abiertos, como si la señora los hubiera vaciado a toda prisa antes de escapar. Holmes corrió hacia el cordón de la campanilla, arrancó una tablilla corrediza y, metiendo la mano, sacó una fotografía y una carta. La fotografía era de la propia Irene Adler en traje de noche; la carta estaba dirigida a «Sherlock Holmes, Esq. Para dejar hasta que la recojan». Mi amigo la abrió y los tres la leímos juntos. Estaba fechada la medianoche anterior, y decía lo siguiente: «Mi querido señor Sherlock Holmes: La verdad es que lo hizo usted muy bien. Me tomó completamente por sorpresa. Hasta después de la alarma de fuego, no sentí la menor sos pecha. Pero después, cuando comprendí que me había trai cionado a mí misma, me puse a pensar. Hace meses que me habían advertido contra usted. Me dijeron que si el rey con trataba a un agente, ése sería sin duda usted. Hasta me habían dado su dirección. Y a pesar de todo, usted me hizo revelarle lo que quería saber. Aun después de entrar en sospechas, se me hacía dificil pensar mal de un viejo clérigo tan simpático y amable. Pero, como sabe, también yo tengo experiencia como actriz. Las ropas de hombre no son nada nuevo para mí. Con frecuencia me aprovecho de la libertad que ofrecen. Ordené a John, el cochero, que le vigilara, corrí al piso de arriba, me puse mi ropa de paseo, como yo la llamo, y bajé justo cuando usted salía. »Bien; le seguí hasta su puerta y así me aseguré de que, en efecto, yo era objeto de interés para el célebre Sherlock Holmes. Entonces, un tanto imprudentemente, le deseé buenas noches y me dirigí al Temple para ver a mi marido. »Los dos estuvimos de acuerdo en que, cuando te persigue un antagonista tan formidable, el mejor recurso es la huida. Así pues, cuando llegue usted mañana se encontrará el nido vacío. En cuanto a la fotografia, su cliente puede quedar tranquilo. Amo y soy amada por un hombre mejor que él. El rey puede hacer lo que quiera, sin encontrar obstáculos por parte de alguien a quien él ha tratado injusta y cruelmente. La conservo sólo para protegerme y para disponer de un arma que me mantendrá a salvo de cualquier medida que él pueda adoptar en el futuro. Dejo una fotografía que tal vez le interese poseer. Y quedo, querido señor Sherlock Holmes, suya afectísima. Irene NORTON, née ADLER.» ––¡Qué mujer! ¡Pero qué mujer! ––exclamó el rey de Bohemia cuando los tres hubimos leído la epístola––. ¿No le dije lo despierta y decidida que era? ¿Acaso no habría sido una rei na admirable? ¿No es una pena que no sea de mi clase? ––Por lo que he visto de la dama, parece, verdaderamente, pertenecer a una clase muy diferente a la de vuestra majes tad ––dijo Holmes fríamente––. Lamento no haber sido capaz de llevar el asunto de vuestra majestad a una conclusión más feliz. ––¡Al contrario, querido señor! ––exclamó el rey––. No po dría haber terminado mejor. Me consta que su palabra es in violable. La fotografia es ahora tan inofensiva como si la hubiesen quemado. ––Me alegra que vuestra majestad diga eso. ––He contraído con usted una deuda inmensa. Dígame, por favor, de qué manera puedo recompensarle. Este anillo... VVse sacó del dedo un anillo de esmeraldas en forma de ser piente y se lo extendió en la palma de la mano. ––Vuestra majestad posee algo que para mí tiene mucho más valor ––dijo Holmes. ––No tiene más que decirlo. ––Esta fotografia. El rey se le quedó mirando, asombrado. ––¡La fotografía de Irene! ––exclamó––. Desde luego, si es lo que desea. ––Gracias, majestad. Entonces, no hay más que hacer en este asunto. Tengo el honor de desearos un buen día. Hizo una inclinación, se dio la vuelta sin prestar atención a la mano que el rey le tendía, y se marchó conmigo a sus aposentos. Y así fue como se evitó un gran escándalo que pudo haber afectado al reino de Bohemia, y cómo los planes más perfec tos de Sherlock Holmes se vieron derrotados por el ingenio de una mujer. Él solía hacer bromas acerca de la inteligencia de las mujeres, pero últimamente no le he oído hacerlo. Y cuando habla de Irene Adler o menciona su fotografía, es siempre con el honroso título de la mujer. 2. La Liga de los Pelirrojos Un día de otoño del año pasado, me acerqué a visitar a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, y lo encontré enfrascado en una conversación con un caballero de edad madura, muy corpulento, de rostro encarnado y cabellos rojos como el fuego. Pidiendo disculpas por mi intromisión, me disponía a retirarme cuando Holmes me hizo entrar bruscamente de un tirón y cerró la puerta a mis espaldas. ––No podría haber llegado en mejor momento, querido Watson ––dijo cordialmente. ––Temí que estuviera usted ocupado. ––Lo estoy, y mucho. ––Entonces, puedo esperar en la habitación de al lado. ––Nada de eso. Señor Wilson, este caballero ha sido mi compañero y colaborador en muchos de mis casos más afor tunados, y no me cabe duda de que también me será de la mayor ayuda en el suyo. El corpulento caballero se medio levantó de su asiento y emitió un gruñido de salutación, acompañado de una rápida mirada interrogadora de sus ojillos rodeados de grasa. ––Siéntese en el canapé ––dijo Holmes, dejándose caer de nuevo en su butaca y juntando las puntas de los dedos, como solía hacer siempre que se sentía reflexivo––. Me consta, querido Watson, que comparte usted mi afición a todo lo que sea raro y se salga de los convencionalismos y la monótona rutina de la vida cotidiana. Ha dado usted muestras de sus gustos con el entusiasmo que le ha impelido a narrar y, si me permite decirlo, embellecer en cierto modo tantas de mis pequeñas aventuras. ––La verdad es que sus casos me han parecido de lo más in teresante ––respondí. ––Recordará usted que el otro día, justo antes de que nos metiéramos en el sencillísimo problema planteado por la se ñorita Mary Sutherland, le comenté que si queremos efectos extraños y combinaciones extraordinarias, debemos buscarlos en la vida misma, que siempre llega mucho más lejos que cualquier esfuerzo de la imaginación. ––Un argumento que yo me tomé la libertad de poner en duda. ––Así fue, doctor, pero aun así tendrá usted que aceptar mi punto de vista, pues de lo contrario empezaré a amontonar sobre usted datos y más datos, hasta que sus argumentos se hundan bajo el peso y se vea obligado a darme la razón. Pues bien, el señor Jabez Wilson, aquí presente, ha tenido la ama bilidad de venir a visitarme esta mañana, y ha empezado a contarme una historia que promete ser una de las más curio sas que he escuchado en mucho tiempo. Ya me ha oído usted comentar que las cosas más extrañas e insólitas no suelen presentarse relacionadas con los crímenes importantes, sino con delitos pequeños e incluso con casos en los que podría dudarse de que se haya cometido delito alguno. Por lo que he oído hasta ahora, me resulta imposible saber si en este caso hay delito o no, pero desde luego el desarrollo de los hechos es uno de los más extraños que he oído en la vida. Quizá, señor Wilson, tenga usted la bondad de empezar de nuevo su relato. No se lo pido sólo porque mi amigo el doctor Watson no ha oído el principio, sino también porque el carácter insólito de la historia me tiene ansioso por escuchar de sus labios hasta el último detalle. Como regla general, en cuanto percibo la más ligera indicación del curso de los acontecimientos, suelo ser capaz de guiarme por los miles de casos semejantes que acuden a mi memoria. En el caso presente, me veo en la obligación de reconocer que los hechos son, hasta donde alcanza mi conocimiento, algo nunca visto. El corpulento cliente hinchó el pecho con algo parecido a un ligero orgullo, y sacó del bolsillo interior de su gabán un periódico sucio y arrugado. Mientras recorría con la vista la columna de anuncios, con la cabeza inclinada hacia adelante, yo le eché un buen vistazo, esforzándome por interpretar, como hacía mi compañero, cualquier indicio que ofrecieran sus ropas o su aspecto. Sin embargo, mi inspección no me dijo gran cosa. Nuestro visitante tenía todas las trazas del típico comerciante bri tánico: obeso, pomposo y algo torpe. Llevaba pantalones grises a cuadros con enormes rodilleras, una levita negra y no demasiado limpia, desabrochada por delante, y un chaleco gris-amarillento con una gruesa cadena de latón y una pieza de metal con un agujero cuadrado que colgaba a modo de adorno. Junto a él, en una silla, había un raído sombrero de copa y un abrigo marrón descolorido con cuello de terciopelo bastante arrugado. En conjunto, y por mucho que lo mirase, no había nada notable en aquel hombre, con excepción de su cabellera pelirroja y de la expresión de inmenso pesar y disgusto que se leía en sus facciones. Mis esfuerzos no pasaron desapercibidos para los atentos ojos de Sherlock Holmes, que movió la cabeza, sonriendo, al adivinar mis inquisitivas miradas. ––Aparte de los hechos evidentes de que en alguna época ha realizado trabajos manuales, que toma rapé, que es masón, que ha estado en China y que últimamente ha escrito muchísimo, soy incapaz de deducir nada más ––dijo. El señor Jabez Wilson dio un salto en su silla, mantenien do el dedo índice sobre el periódico, pero con los ojos clavados en mi compañero. ––¡En nombre de todo lo santo! ¿Cómo sabe usted todo eso, señor Holmes? ––preguntó––. ¿Cómo ha sabido, por ejemplo, que he trabajado con las manos? Es tan cierto como el Evangelio que empecé siendo carpintero de barcos. ––Sus manos, señor mío. Su mano derecha es bastante más grande que la izquierda. Ha trabajado usted con ella y los músculos se han desarrollado más. ––Está bien, pero ¿y lo del rapé y la masonería? ––No pienso ofender su inteligencia explicándole cómo he sabido eso, especialmente teniendo en cuenta que, contravi niendo las estrictas normas de su orden, lleva usted un alfi ler de corbata con un arco y un compás. ––¡Ah, claro! Lo había olvidado. ¿Y lo de escribir? ––¿Qué otra cosa podría significar el que el puño de su manga derecha se vea tan lustroso en una anchura de cinco pulgadas, mientras que el de la izquierda está rozado cerca del codo, por donde se apoya en la mesa? ––Bien. ¿Y lo de China? ––El pez que lleva usted tatuado justo encima de la muñeca derecha sólo se ha podido hacer en China. Tengo realizado un pequeño estudio sobre los tatuajes e incluso he contribuido a la literatura sobre el tema. Ese truco de teñir las es camas con una delicada tonalidad rosa es completamente exclusivo de los chinos. Y si, además, veo una moneda china colgando de la cadena de su reloj, la cuestión resulta todavía más sencilla. El señor Jabez Wilson se echó a reír sonoramente. ––¡Quién lo iba a decir! ––exclamó––. Al principio me pareció que había hecho usted algo muy inteligente, pero ahora me doy cuenta de que, después de todo, no tiene ningún mérito. ––Empiezo a pensar, Watson ––dijo Holmes––, que cometo un error al dar explicaciones. Omne ignotum pro magnifico, como usted sabe, y mi pobre reputación, en lo poco que vale, se vendrá abajo si sigo siendo tan ingenuo. ¿Encuentra usted el anuncio, señor Wilson? ––Sí, ya lo tengo ––respondió Wilson, con su dedo grueso y colorado plantado a mitad de la columna––. Aquí está. Todo empezó por aquí. Léalo usted mismo, señor. Tomé el periódico de sus manos y leí lo siguiente: «A LA LIGA DE LOS PELIRROJOS.––Con cargo al legado del difunto Ezekiah Hopkins, de Lebanon, Pennsylvania, EE.UU., se ha producido otra vacante que da derecho a un miembro de la Liga a percibir un salario de cuatro libras a la semana por servicios puramente nominales. Pueden optar al puesto todos los varones pelirrojos, sanos de cuerpo y de mente, y mayores de veintiún años. Presentarse en persona el lunes a las once a Duncan Ross, en las oficinas de la Liga, 7 Pope's Court, Fleet Street.» ––¿Qué diablos significa esto? ––exclamé después de haber leído dos veces el extravagante anuncio. Holmes se rió por lo bajo y se removió en su asiento, como solía hacer cuando estaba de buen humor. ––Se sale un poco del camino trillado, ¿no es verdad? ––dijo––. Y ahora, señor Wilson, empiece por el principio y cuéntenoslo todo acerca de usted, su familia y el efecto que este anuncio tuvo sobre su vida. Pero primero, doctor, tome nota del periódico y la fecha. ––Es el Morning Chronicle del 27 de abril de 1890. De hace exactamente dos meses. ––Muy bien. Vamos, señor Wilson. ––Bueno, como ya le he dicho, señor Holmes ––dijo Jabez Wilson secándose la frente––, poseo una pequeña casa de préstamos en Coburg Square, cerca de la City. No es un ne gocio importante, y en los últimos años me daba lo justo para vivir. Antes podía permitirme tener dos empleados, pero ahora sólo tengo uno; y tendría dificultades para pagarle si no fuera porque está dispuesto a trabajar por media paga, mientras aprende el oficio. ––¿Cómo se llama ese joven de tan buen conformar? ––pre guntó Sherlock Holmes. ––Se llama Vincent Spaulding, y no es tan joven. Resulta dificil calcular su edad. No podría haber encontrado un ayu dante más eficaz, señor Holmes, y estoy convencido de que podría mejorar de posición y ganar el doble de lo que yo puedo pagarle. Pero, al fin y al cabo, si él está satisfecho, ¿por qué habría yo de meterle ideas en la cabeza? ––Desde luego, ¿por qué iba a hacerlo? Creo que ha tenido usted mucha suerte al encontrar un empleado más barato que los precios del mercado. No todos los patrones pueden decir lo mismo en estos tiempos. No sé qué es más extraordinario, si su ayudante o su anuncio. ––Bueno, también tiene sus defectos ––dijo el señor Wil son––. Jamás he visto a nadie tan aficionado a la fotografía. Siempre está sacando instantáneas cuando debería estar cultivando la mente, y luego zambulléndose en el sótano como un conejo en su madriguera para revelar las fotos. Ese es su principal defecto; pero en conjunto es un buen trabajador. Y no tiene vicios. ––Todavía sigue con usted, supongo. ––Sí, señor. Él y una chica de catorce años, que cocina un poco y se encarga de la limpieza. Eso es todo lo que tengo en casa, ya que soy viudo y no tengo más familia. Los tres llevamos una vida muy tranquila, sí señor, y nos dábamos por satisfechos con tener un techo bajo el que cobijarnos y pagar nuestras deudas. Fue el anuncio lo que nos sacó de nuestras casillas. Hace justo ocho semanas, Spaulding bajó a la oficina con este mismo periódico en la mano diciendo: »––¡Ay, señor Wilson, ojalá fuera yo pelirrojo! »––¿Y eso porqué? ––pregunté yo. »––Mire ––dijo––: hay otra plaza vacante en la Liga de los Pelirrojos. Eso significa una pequeña fortuna para el que pueda conseguirla, y tengo entendido que hay más plazas vacantes que personas para ocuparlas, de manera que los albaceas andan como locos sin saber qué hacer con el dinero. Si mi pelo cambiara de color, este puestecillo me vendría a la medida. »––Pero ¿de qué se trata? ––pregunté––. Verá usted, señor Spaulding, yo soy un hombre muy casero y como mi negocio viene a mí, en lugar de tener que ir yo a él, muchas veces pasan semanas sin que ponga los pies más allá del felpudo de la puerta. Por eso no estoy muy enterado de lo que ocurre por ahí fuera y siempre me agrada recibir noticias. »––¿Es que nunca ha oído hablar de la Liga de los Pelirro jos? ––preguntó Spaulding, abriendo mucho los ojos. »––Nunca. »––¡Caramba, me sorprende mucho, ya que usted podría optar perfectamente a una de las plazas! »––¿Y qué sacaría con ello? »––Bueno, nada más que un par de cientos al año, pero el trabajo es mínimo y apenas interfiere con las demás ocupa ciones que uno tenga. »Como podrá imaginar, aquello me hizo estirar las orejas, pues el negocio no marchaba demasiado bien en los últimos años, y doscientas libras de más me habrían venido muy bien. »––Cuénteme todo lo que sepa ––le dije. »––Bueno ––dijo, enseñándome el anuncio––, como puede ver, existe una vacante en la Liga y aquí está la dirección en la que deben presentarse los aspirantes. Por lo que yo sé, la Liga fue fundada por un millonario americano, Ezekiah Hop kins, un tipo bastante excéntrico. Era pelirrojo y sentía una gran simpatía por todos los pelirrojos, de manera que cuando murió se supo que había dejado toda su enorme fortuna en manos de unos albaceas, con instrucciones de que invir tieran los intereses en proporcionar empleos cómodos a personas con dicho color de pelo. Según he oído, la paga es espléndida y apenas hay que hacer nada. »––Pero tiene que haber millones de pelirrojos que solici ten un puesto de esos ––dije yo. »––Menos de los que usted cree ––respondió––. Verá, la oferta está limitada a los londinenses mayores de edad. Este americano procedía de Londres, de donde salió siendo joven, y quiso hacer algo por su vieja ciudad. Además, he oído que es inútil presentarse si uno tiene el pelo rojo claro o rojo oscuro, o de cualquier otro tono que no sea rojo intenso y brillante como el fuego. Pero si usted se presentara, señor Wilson, le aceptarían de inmediato. Aunque quizá no valga la pena que se tome esa molestia sólo por unos pocos cientos de libras. »Ahora bien, es un hecho, como pueden ver por sí mismos, que mi cabello es de un tono rojo muy intenso, de manera que me pareció que, por mucha competencia que hubiera, yo tenía tantas posibilidades como el que más. Vincent Spaulding parecía estar tan informado del asunto que pensé que podría serme útil, de modo que le dije que echara el cierre por lo que quedaba de jornada y me acompañara. Se alegró mucho de poder hacer fiesta, así que cerramos el negocio y partimos hacia la dirección que indicaba el anuncio. »No creo que vuelva a ver en mi vida un espectáculo se mejante, señor Holmes. Del norte, del sur, del este y del oeste, todos los hombres cuyo cabello presentara alguna tonalidad rojiza se habían plantado en la City en respuesta al anuncio. Fleet Street se encontraba abarrotada de pelirrojos, y Pope's Court parecía el carro de un vendedor de naranjas. Jamás pensé que hubiera en el país tantos pelirrojos como los que habían acudido atraídos por aquel solo anuncio. Los había de todos los matices: rojo pajizo, limón, naranja, ladrillo, de perro setter, rojo hígado, rojo arcilla... pero, como había dicho Spaulding, no había muchos que presentaran la auténtica tonalidad rojo-fuego. Cuando vi que eran tantos, me desanimé y estuve a punto de echarme atrás; pero Spaulding no lo consintió. No me explico cómo se las arregló, pero a base de empujar, tirar y embestir, consiguió hacerme atravesar la multitud y llegar hasta la escalera que llevaba a la oficina. En la escalera había una doble hilera de personas: unas que subían esperanzadas y otras que bajaban rechazadas; pero también allí nos abrimos paso como pudimos y pronto nos encontramos en la oficina. ––Una experiencia de lo más divertido ––comentó Holmes, mientras su cliente hacía una pausa y se refrescaba la memo ria con una buena dosis de rapé––. Le ruego que continúe con la interesantísima exposición. ––En la oficina no había nada más que un par de sillas de madera y una mesita, detrás de la cual se sentaba un hombre menudo, con una cabellera aún más roja que la mía. Cambiaba un par de palabras con cada candidato que se presentaba y luego siempre les encontraba algún defecto que los descalificaba. Por lo visto, conseguir la plaza no era tan sencillo como parecía. Sin embargo, cuando nos llegó el turno, el hombrecillo se mostró más inclinado por mí que por ningún otro, y cerró la puerta en cuanto entramos, para poder hablar con nosotros en privado. »––Éste es el señor Jabez Wilson ––dijo mi empleado––, y aspira a ocupar la plaza vacante en la Liga. »––Y parece admirablemente dotado para ello ––respondió el otro––. Cumple todos los requisitos. No recuerdo haber visto nada tan perfecto. »Retrocedió un paso, torció la cabeza hacia un lado y me miró el pelo hasta hacerme ruborizar. De pronto, se abalanzó hacia mí, me estrechó la mano y me felicitó calurosamente por mi éxito. »––Sería una injusticia dudar de usted ––dijo––, pero estoy seguro de que me perdonará usted por tomar una precau ción obvia ––y diciendo esto, me agarró del pelo con las dos manos y tiró hasta hacerme chillar de dolor––. Veo lágrimas en sus ojos ––dijo al soltarme––, lo cual indica que todo está como es debido. Tenemos que ser muy cuidadosos, porque ya nos han engañado dos veces con pelucas y una con tinte. Podría contarle historias sobre tintes para zapatos que le harían sentirse asqueado de la condición humana ––se acercó a la ventana y gritó por ella, con toda la fuerza de sus pulmones, que la plaza estaba cubierta. Desde abajo nos llegó un gemido de desilusión, y la multitud se desbandó en distintas direcciones hasta que no quedó una cabeza pelirroja a la vista, exceptuando la mía y la del gerente. »––Me llamo Duncan Ross ––dijo éste––, y soy uno de los pensionistas del fondo legado por nuestro noble benefactor. ¿Está usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted familia? »Le respondí que no. Al instante se le demudó el rostro. »––¡Válgame Dios! ––exclamó muy serio––. Esto es muy gra ve, de verdad. Lamento oírle decir eso. El legado, natural mente, tiene como objetivo la propagación y expansión de los pelirrojos, y no sólo su mantenimiento. Es un terrible in conveniente que sea usted soltero. »Al oír aquello, puse una cara muy larga, señor Holmes, pensando que después de todo no iba a conseguir la plaza; pero después de pensárselo unos minutos, el gerente dijo que no importaba. »––De tratarse de otro ––dijo––, la objeción habría podido ser fatal, pero creo que debemos ser un poco flexibles a favor de un hombre con un pelo como el suyo. ¿Cuándo podrá hacerse cargo de sus nuevas obligaciones? »––Bueno, hay un pequeño problema, ya que tengo un negocio propio ––dije. »––¡Oh, no se preocupe de eso, señor Wilson! ––dijo Vin cent Spaulding––. Yo puedo ocuparme de ello por usted. »––¿Cuál sería el horario? ––pregunté. »––De diez a dos. »Ahora bien, el negocio del prestamista se hace principal mente por las noches, señor Holmes, sobre todo las noches del jueves y el viernes, justo antes del día de paga; de manera que me vendría muy bien ganar algún dinerillo por las mañanas. Además, me constaba que mi empleado era un buen hombre y que se encargaría de lo que pudiera presentarse. »––Me viene muy bien ––dije––. ¿Y la paga? »––Cuatro libras a la semana. »––¿Y el trabajo? »––Es puramente nominal. »––¿Qué entiende usted por puramente nominal? »––Bueno, tiene usted que estar en la oficina, o al menos en el edificio, todo el tiempo. Si se ausenta, pierde para siempre el puesto. El testamento es muy claro en este aspecto. Si se ausenta de la oficina durante esas horas, falta usted al compromiso. »––No son más que cuatro horas al día, y no pienso ausen tarme ––dije. »––No se acepta ninguna excusa ––insistió el señor Duncan Ross––. Ni enfermedad, ni negocios, ni nada de nada. Tiene usted que estar aquí o pierde el empleo. »––¿Y el trabajo? »––Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En ese es tante tiene el primer volumen. Tendrá usted que poner la tinta, las plumas y el papel secante; nosotros le proporcionamos esta mesa y esta silla. ¿Podrá empezar mañana? »––Desde luego. »––Entonces, adiós, señor Jabez Wilson, y permítame feli citarle una vez más por el importante puesto que ha tenido la suerte de conseguir. »Se despidió de mí con una reverencia y yo me volví a casa con mi empleado, sin apenas saber qué decir ni qué hacer, tan satisfecho me sentía de mi buena suerte. »Me pasé todo el día pensando en el asunto y por la noche volvía a sentirme deprimido, pues había logrado convencerme de que todo aquello tenía que ser una gigantesca estafa o un fraude, aunque no podía imaginar qué se proponían con ello. Parecía absolutamente increíble que alguien dejara un testamento semejante, y que se pagara semejante suma por hacer algo tan sencillo como copiar la Enciclopedia Británi ca. Vincent Spaulding hizo todo lo que pudo por animarme, pero a la hora de acostarme yo ya había decidido desenten derme del asunto. Sin embargo, a la mañana siguiente pensé que valla la pena probar, así que compré un tintero de un pe nique, me hice con una pluma y siete pliegos de papel, y me encaminé a Pope's Court. »Para mi sorpresa y satisfacción, todo salió a pedir de boca. Encontré la mesa ya preparada para mí, y al señor Duncan Ross esperando a ver si me presentaba puntualmente al trabajo. Me dijo que empezara por la letra A y me dejó solo; pero se dejaba caer de vez en cuando para comprobar que todo iba bien. A las dos me deseó buenas tardes, me felicitó por lo mucho que había escrito y cerró la puerta de la oficina cuando yo salí. »Todo siguió igual un día tras otro, señor Holmes, y el sá bado se presentó el gerente y me abonó cuatro soberanos por el trabajo de la semana. Lo mismo ocurrió a la semana siguiente, y a la otra. Yo llegaba cada mañana a las diez y me marchaba a las dos de la tarde. Poco a poco, el señor Duncan Ross se limitó a aparecer una vez cada mañana y, con el tiempo, dejó de presentarse. Aun así, como es natural, yo no me atrevía a ausentarme de la habitación ni un instante, pues no estaba seguro de cuándo podría aparecer, y el empleo era tan bueno y me venía tan bien que no quería arriesgarme a perderlo. »De este modo transcurrieron ocho semanas, durante las cuales escribí sobre Abades, Armaduras, Arquerías, Arqui tectura y Ática, y esperaba llegar muy pronto a la B si me aplicaba. Tuve que gastar algo en papel, y ya tenía un estante casi lleno de hojas escritas. Y de pronto, todo se acabó. ––¿Que se acabó? ––Sí, señor. Esta misma mañana. Como de costumbre, acudí al trabajo a las diez en punto, pero encontré la puerta cerrada con llave y una pequeña cartulina clavada en la ma dera con una chincheta. Aquí la tiene, puede leerla usted mismo. Extendió un trozo de cartulina blanca, del tamaño apro ximado de una cuartilla. En ella estaba escrito lo siguiente: «HA QUEDADO DISUELTA LA LIGA DE LOS PELIRROJOS. 9 de octubre de 1890» Sherlock Holmes y yo examinamos aquel conciso anuncio y la cara afligida que había detrás, hasta que el aspecto cómico del asunto dominó tan completamente las demás consideraciones que ambos nos echamos a reír a carcajadas. ––No sé qué les hace tanta gracia ––exclamó nuestro cliente, sonrojándose hasta las raíces de su llameante cabello––. Si lo mejor que saben hacer es reírse de mí, más vale que recurra a otros. ––No, no ––exclamó Holmes, empujándolo de nuevo hacia la silla de la que casi se había levantado––. Le aseguro que no dejaría escapar su caso por nada del mundo. Resulta recon fortantemente insólito. Pero, si me perdona que se lo diga, el asunto presenta algunos aspectos bastante graciosos. Díga me, por favor: ¿qué pasos dio usted después de encontrar esta tarjeta en la puerta? ––Me quedé de una pieza, señor. No sabía qué hacer. En tonces entré en las oficinas de al lado, pero en ninguna de ellas parecían saber nada del asunto. Por último, me dirigí al administrador, un contable que vive en la planta baja, y le pregunté si sabía qué había pasado con la Liga de los Pelirrojos. Me respondió que jamás había oído hablar de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor Duncan Ross. Me dijo que era la primera vez que oía ese nombre. »––Bueno ––dije yo––, me refiero al caballero del número 4. »––Cómo, ¿el pelirrojo? »––Sí. »––¡Oh! ––dijo––. Se llama William Morris. Es abogado y es taba utilizando el local como despacho provisional mientras acondicionaba sus nuevas oficinas. Se marchó ayer. »––¿Dónde puedo encontrarlo? »––Pues en sus nuevas oficinas. Me dio la dirección. Sí, eso es, King Edward Street, número 17, cerca de San Pablo. »Salí disparado, señor Holmes, pero cuando llegué a esa dirección me encontré con que se trataba de una fábrica de rodilleras artificiales y que allí nadie había oído hablar del señor William Morris ni del señor Duncan Ross. ––¿Y qué hizo entonces? ––preguntó Holmes. ––Volví a mi casa en Saxe-Coburg Square y pedí consejo a mi empleado. Pero no pudo darme ninguna solución, aparte de decirme que, si esperaba, acabaría por recibir noticias por carta. Pero aquello no me bastaba, señor Holmes. No estaba dispuesto a perder un puesto tan bueno sin luchar, y como había oído que usted tenía la amabilidad de aconsejar a la pobre gente necesitada, me vine directamente a verle. ––E hizo usted muy bien ––dijo Holmes––. Su caso es de lo más notable y me encantará echarle un vistazo. Por lo que me ha contado, me parece muy posible que estén en juego cosas más graves que lo que parece a simple vista. ––¡Ya lo creo que son graves! ––dijo el señor Jabez Wilson––. ¡Como que me he quedado sin cuatro libras a la semana! ––Por lo que a usted respecta ––le hizo notar Holmes––, no veo que tenga motivos para quejarse de esta extraordinaria Liga. Por el contrario, tal como yo lo veo, ha salido usted ganando unas treinta libras, y eso sin mencionar los detallados conocimientos que ha adquirido sobre todos los temas que empiezan por la letra A. Usted no ha perdido nada. ––No, señor. Pero quiero averiguar algo sobre ellos, saber quiénes son y qué se proponían al hacerme esta jugarreta... si es que se trata de una jugarreta. La broma les ha salido bastante cara, ya que les ha costado treinta y dos libras. ––Procuraremos poner en claro esos puntos para usted. Pero antes, una o dos preguntas, señor Wilson. Ese empleado suyo, que fue quien le hizo fijarse en el anuncio..., ¿cuánto tiempo llevaba con usted? ––Entonces llevaba como un mes más o menos. ––¿Cómo llegó hasta usted? ––En respuesta a un anuncio. ––¿Fue el único aspirante? ––No, recibí una docena. ––¿Y por qué lo eligió a él? ––Porque parecía listo y se ofrecía barato. ––A mitad de salario, ¿no es así? ––Eso es. ––¿Cómo es este Vincent Spaulding? ––Bajo, corpulento, de movimientos rápidos, barbilampiño, aunque no tendrá menos de treinta años. Tiene una mancha blanca de ácido en la frente. Holmes se incorporó en su asiento muy excitado. ––Me lo había figurado ––dijo––. ¿Se ha fijado usted en si tiene las orejas perforadas, como para llevar pendientes? ––Sí, señor. Me dijo que se las había agujereado una gitana cuando era muchacho. ––¡Hum! ––exclamó Holmes, sumiéndose en profundas re flexiones––. ¿Sigue aún con usted? ––¡Oh, sí, señor! Acabo de dejarle. ––¿Y el negocio ha estado bien atendido durante su ausen cia? ––No tengo ninguna queja, señor. Nunca hay mucho trabajo por las mañanas. ––Con eso bastará, señor Wilson. Tendré el gusto de darle una opinión sobre el asunto dentro de uno o dos días. Hoy es sábado; espero que para el lunes hayamos llegado a una con clusión. ––Bien, Watson ––dijo Holmes en cuanto nuestro visitante se hubo marchado––. ¿Qué saca usted de todo esto? ––No saco nada ––respondí con franqueza––. Es un asunto de lo más misterioso. ––Como regla general ––dijo Holmes––, cuanto más extrava gante es una cosa, menos misteriosa suele resultar. Son los delitos corrientes, sin ningún rasgo notable, los que resultan verdaderamente desconcertantes, del mismo modo que un rostro vulgar resulta más difícil de identificar. Tengo que ponerme inmediatamente en acción. ––¿Y qué va usted a hacer? ––pregunté. ––Fumar ––respondió––. Es un problema de tres pipas, así que le ruego que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos. Se acurrucó en su sillón con sus flacas rodillas alzadas hasta la nariz de halcón, y allí se quedó, con los ojos cerrados y la pipa de arcilla negra sobresaliendo como el pico de algún pájaro raro. Yo había llegado ya a la conclusión de que se había quedado dormido, y de hecho yo mismo empezaba a dar cabezadas, cuando de pronto saltó de su asiento con el gesto de quien acaba de tomar una resolución, y dejó la pipa sobre la repisa de la chimenea. ––Esta noche toca Sarasate en el St. James Hall ––comentó––. ¿Qué le parece, Watson? ¿Podrán sus pacientes prescindir de usted durante unas pocas horas? ––No tengo nada que hacer hoy. Mi trabajo nunca es muy absorbente. ––Entonces, póngase el sombrero y venga. Antes tengo que pasar por la City, y podemos comer algo por el camino. He visto que hay en el programa mucha música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana o la francesa. Es in trospectiva yyo quiero reflexionar. ¡En marcha! Viajamos en el Metro hasta Aldersgate, y una corta cami nata nos llevó a Saxe––Coburg Square, escenario de la singu lar historia que habíamos escuchado por la mañana. Era una placita insignificante, pobre pero de aspecto digno, con cua tro hileras de desvencijadas casas de ladrillo, de dos pisos, rodeando un jardincito vallado, donde un montón de hierbas sin cuidar y unas pocas matas de laurel ajado mantenían una dura lucha contra la atmósfera hostil y cargada de humo. En la esquina de una casa, tres bolas doradas y un rótulo marrón con las palabras «JABEZ WILSON» en letras de oro anunciaban el local donde nuestro pelirrojo cliente tenía su negocio. Sherlock Holmes se detuvo ante la casa, con la cabeza ladeada, y la examinó atentamente, con los ojos brillándole bajo los párpados fruncidos. A continuación, caminó despacio calle arriba y calle abajo, sin dejar de examinar las casas. Por último, regresó frente a la tienda del prestamista y, después de dar dos o tres fuertes golpes en el suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió al instante un joven con cara de listo y bien afeitado, que le invitó a entrar. ––Gracias ––dijo Holmes––. Sólo quería preguntar por dónde se va desde aquí al Strand. ––La tercera a la derecha y la cuarta a la izquierda ––respondió sin vacilar el empleado, cerrando a continuación la puerta. ––Un tipo listo ––comentó Holmes mientras nos alejába mos––. En mi opinión, es el cuarto hombre más inteligente de Londres; y en cuanto a audacia, creo que podría aspirar al tercer puesto. Ya he tenido noticias suyas anteriormente. ––Es evidente ––dije yo––que el empleado del señor Wilson desempeña un importante papel en este misterio de la Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que usted le ha preguntado el camino sólo para poder echarle un vistazo. ––No a él. ––Entonces, ¿a qué? ––A las rodilleras de sus pantalones. ––¿Y qué es lo que vio? ––Lo que esperaba ver. ––¿Para qué golpeó el pavimento? ––Mi querido doctor, lo que hay que hacer ahora es obser var, no hablar. Somos espías en territorio enemigo. Ya sabe mos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las calles que hay detrás. La calle en la que nos metimos al dar la vuelta a la esquina de la recóndita Saxe––Coburg Square presentaba con ésta tanto contraste como el derecho de un cuadro con el revés. Se trataba de una de las principales arterias por donde discurre el tráfico de la City hacia el norte y hacia el oeste. La calzada estaba bloqueada por el inmenso río de tráfico comercial que fluía en ambas direcciones, y las aceras no daban abasto al presuroso enjambre de peatones. Al contemplar la hilera de tiendas elegantes y oficinas lujosas, nadie habría pensado que su parte trasera estuviera pegada a la de la solitaria y descolorida plaza que acabábamos de abandonar. ––Veamos ––dijo Holmes, parándose en la esquina y mirando la hilera de edificios––. Me gustaría recordar el orden de las casas. Una de mis aficiones es conocer Londres al detalle. Aquí está Mortimer's, la tienda de tabacos, la tiendecita de periódicos, la sucursal de Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante vegetariano y las cocheras McFarlane. Con esto llegamos a la siguiente manzana. Y ahora, doctor, nuestro trabajo está hecho yya es hora de que tengamos algo de diversión. Un bocadillo, una taza de café y derechos a la tierra del violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armonía, y donde no hay clientes pelirrojos que nos fastidien con sus rompecabezas. Mi amigo era un entusiasta de la música, no sólo un intér prete muy dotado, sino también un compositor de méritos fuera de lo común. Se pasó toda la velada sentado en su bu taca, sumido en la más absoluta felicidad, marcando suave mente el ritmo de la música con sus largos y afilados dedos, con una sonrisa apacible y unos ojos lánguidos y soñadores que se parecían muy poco a los de Holmes el sabueso, Holmes el implacable, Holmes el astuto e infalible azote de cri minales. La curiosa dualidad de la naturaleza de su carácter se manifestaba alternativamente, y muchas veces he pensado que su exagerada exactitud y su gran astucia representaban una reacción contra el humor poético y contemplativo que de vez en cuando predominaba en él. Estas oscilaciones de su carácter lo llevaban de la languidez extrema a la energía devoradora y, como yo bien sabía, jamás se mostraba tan formidable como después de pasar días enteros repantigado en su sillón, sumido en sus improvisaciones y en sus libros antiguos. Entonces le venía de golpe el instinto cazador, y sus brillantes dotes de razonador se elevaban hasta el nivel de la intuición, hasta que aquellos que no estaban familiarizados con sus métodos se le quedaban mirando asombrados, como se mira a un hombre que posee un conocimiento superior al de los demás mortales. Cuando le vi aquella tarde, tan absorto en la música del St. James Hall, sentí que nada bueno les esperaba a los que se había propuesto cazar. ––Sin duda querrá usted ir a su casa, doctor ––dijo en cuanto salimos. ––Sí, ya va siendo hora. ––Y yo tengo que hacer algo que me llevará unas horas. Este asunto de Coburg Square es grave. ––¿Por qué es grave? ––Se está preparando un delito importante. Tengo toda clase de razones para creer que llegaremos a tiempo de im pedirlo. Pero el hecho de que hoy sea sábado complica las cosas. Necesitaré su ayuda esta noche. ––¿A qué hora? ––A las diez estará bien. ––Estaré en Baker Street a las diez. ––Muy bien. ¡Y oiga, doctor! Puede que haya algo de peli gro, así que haga el favor de echarse al bolsillo su revólver del ejército. Se despidió con un gesto de la mano, dio media vuelta y en un instante desapareció entre la multitud. No creo ser más torpe que cualquier hijo de vecino, y sin embargo, siempre que trataba con Sherlock Holmes me sentía como agobiado por mi propia estupidez. En este caso había oído lo mismo que él, había visto lo mismo que él, y sin embargo, a juzgar por sus palabras, era evidente que él veía con claridad no sólo lo que había sucedido, sino incluso lo que iba a suceder, mientras que para mí todo el asunto se guía igual de confuso y grotesco. Mientras me dirigía a mi casa en Kensington estuve pensando en todo ello, desde la extraordinaria historia del pelirrojo copiador de enciclope dias hasta la visita a Saxe––Coburg Square y las ominosas pa labras con que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué era aquella expedición nocturna, y por qué tenía que ir armado? ¿Dónde íbamos a ir y qué íbamos a hacer? Holmes había dado a entender que aquel imberbe empleado del prestamista era un tipo de cuidado, un hombre empeñado en un juego importante. Traté de descifrar el embrollo, pero acabé por darme por vencido, y decidí dejar de pensar en ello hasta que la noche aportase alguna explicación. A las nueve y cuarto salí de casa, atravesé el parque y recorrí Oxford Street hasta llegar a Baker Street. Había dos coches aguardando en la puerta, y al entrar en el vestíbulo oí voces arriba. Al penetrar en la habitación encontré a Holmes en animada conversación con dos hombres, a uno de los cuales identifiqué como Peter Jones, agente de policía; el otro era un hombre larguirucho, de cara triste, con un sombrero muy lustroso y una levita abrumadoramente respetable. ––¡Ajá! Nuestro equipo está completo ––dijo Holmes, abo tonándose su chaquetón marinero y cogiendo del perchero su pesado látigo de caza––. Watson, creo que ya conoce al señor Jones, de Scotland Yard. Permítame que le presente al señor Merryweather, que nos acompañará en nuestra aventura nocturna. ––Como ve, doctor, otra vez vamos de caza por parejas ––dijo Jones con su retintín habitual––. Aquí nuestro amigo es único organizando cacerías. Sólo necesita un perro viejo que le ayude a correr la pieza. ––Espero que al final no resulte que hemos cazado fantas mas ––comentó el señor Merryweather en tono sombrío. ––Puede usted depositar una considerable confianza en el señor Holmes, caballero ––dijo el policía con aire petulante––. Tiene sus métodos particulares, que son, si me permite decirlo, un poco demasiado teóricos y fantasiosos, pero tiene madera de detective. No exagero al decir que en una o dos ocasiones, como en aquel caso del crimen de los Sholto y el tesoro de Agra, ha llegado a acercarse más a la verdad que el cuerpo de policía. ––Bien, si usted lo dice, señor Jones, por mí de acuerdo ––dijo el desconocido con deferencia––. Aun así, confieso que echo de menos mi partida de cartas. Es la primera noche de sábado en veintisiete años que no juego mi partida. ––Creo que pronto comprobará ––dijo Sherlock Holmesque esta noche se juega usted mucho más de lo que se ha jugado en su vida, y que la partida será mucho más apasionante. Para usted, señor Merryweather, la apuesta es de unas treinta mil libras; y para usted, Jones, el hombre al que tanto desea echar el guante. ––John Clay, asesino, ladrón, estafador y falsificador. Es un hombre joven, señor Merryweather, pero se encuentra ya en la cumbre de su profesión, y tengo más ganas de ponerle las esposas a él que a ningún otro criminal de Londres. Un indi viduo notable, este joven John Clay. Es nieto de un duque de sangre real, y ha estudiado en Eton y en Oxford. Su cerebro es tan ágil como sus manos, y aunque encontramos rastros suyos a cada paso, nunca sabemos dónde encontrarlo a él. Esta semana puede reventar una casa en Escocia, y a la si guiente puede estar recaudando fondos para construir un orfanato en Cornualles. Llevo años siguiéndole la pista y ja más he logrado ponerle los ojos encima. ––Espero tener el placer de presentárselo esta noche. Yo también he tenido un par de pequeños roces con el señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que se encuentra en la cumbre de su profesión. No obstante, son ya más de las diez, y va siendo hora de que nos pongamos en marcha. Si cogen ustedes el primer coche, Watson y yo los seguiremos en el segundo. Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo durante el largo trayecto, y permaneció arrellanado, tarareando las melodías que había escuchado por la tarde. Avanzamos traqueteando a través de un interminable laberinto de calles iluminadas por farolas de gas, hasta que salimos a Farring don Street. ––Ya nos vamos acercando ––comentó mi amigo––. Este Merryweather es director de banco, y el asunto le interesa de manera personal. Y me pareció conveniente que también nos acompañase Jones. No es mal tipo, aunque profesionalmente sea un completo imbécil. Pero posee una virtud positiva: es valiente como un bulldog y tan tenaz como una langosta cuando cierra sus garras sobre alguien. Ya hemos llegado, y nos están esperando. Nos encontrábamos en la misma calle concurrida en la que habíamos estado por la mañana. Despedimos a nuestros coches y, guiados por el señor Merryweather, nos metimos por un estrecho pasadizo y penetramos por una puerta lateral que Merryweather nos abrió. Recorrimos un pequeño pasillo que terminaba en una puerta de hierro muy pesada. También ésta se abrió, dejándonos pasar a una escalera de piedra que terminaba en otra puerta formidable. El señor Merryweather se detuvo para encender una linterna y luego nos siguió por un oscuro corredor que olía a tierra, hasta llevarnos, tras abrir una tercera puerta, a una enorme bóveda o sótano, en el que se amontonaban por todas partes grandes cajas y cajones. ––No es usted muy vulnerable por arriba ––comentó Holmes, levantando la linterna y mirando a su alrededor. ––Ni por abajo ––respondió el señor Merryweather, gol peando con su bastón las losas que pavimentaban el suelo––. Pero... ¡válgame Dios! ¡Esto suena a hueco! ––exclamó, alzan do sorprendido la mirada. ––Debo rogarle que no haga tanto ruido ––dijo Holmes con tono severo––. Acaba de poner en peligro el éxito de nuestra expedición. ¿Puedo pedirle que tenga la bondad de sentarse en uno de esos cajones y no interferir? El solemne señor Merryweather se instaló sobre un cajón, con cara de sentirse muy ofendido, mientras Holmes se arro dillaba en el suelo y, con ayuda de la linterna y de una lupa, empezaba a examinar atentamente las rendijas que había entre las losas. A los pocos segundos se dio por satisfecho, se puso de nuevo en pie y se guardó la lupa en el bolsillo. ––Disponemos por lo menos de una hora ––dijo––, porque no pueden hacer nada hasta que el bueno del prestamista se haya ido a la cama. Entonces no perderán ni un minuto, pues cuanto antes hagan su trabajo, más tiempo tendrán para es capar. Como sin duda habrá adivinado, doctor, nos encon tramos en el sótano de la sucursal en la City de uno de los principales bancos de Londres. El señor Merryweather es el presidente del consejo de dirección y le explicará qué razo nes existen para que los delincuentes más atrevidos de Lon dres se interesen tanto en su sótano estos días. ––Es nuestro oro francés ––susurró el director––. Ya hemos tenido varios avisos de que pueden intentar robarlo. ––¿Su oro francés? ––Sí. Hace unos meses creímos conveniente reforzar nues tras reservas y, por este motivo, solicitamos al Banco de Francia un préstamo de treinta mil napoleones de oro. Se ha filtrado la noticia de que no hemos tenido tiempo de desem balar el dinero y que éste se encuentra aún en nuestro sóta no. El cajón sobre el que estoy sentado contiene dos mil na poleones empaquetados en hojas de plomo. En estos momentos, nuestras reservas de oro son mucho mayores que lo que se suele guardar en una sola sucursal, y los directores se sienten intranquilos al respecto. ––Y no les falta razón para ello ––comentó Holmes––. Y aho ra, es el momento de poner en orden nuestros planes. Calculo que el movimiento empezará dentro de una hora. Mientras tanto, señor Merryweather, conviene que tapemos la luz de esa linterna. ––¿Y quedarnos a oscuras? ––Me temo que sí. Traía en el bolsillo una baraja y había pensado que, puesto que somos cuatro, podría usted jugar su partidita después de todo. Pero, por lo que he visto, los preparativos del enemigo están tan avanzados que no podemos arriesgarnos a tener una luz encendida. Antes que nada, te nemos que tomar posiciones. Esta gente es muy osada y, aun que los cojamos por sorpresa, podrían hacernos daño si no andamos con cuidado. Yo me pondré detrás de este cajón, y ustedes escóndanse detrás de aquéllos. Cuando yo los ilumine con la linterna, rodéenlos inmediatamente. Y si disparan, Watson, no tenga reparos en tumbarlos a tiros. Coloqué el revólver, amartillado, encima de la caja de ma dera detrás de la que me había agazapado. Holmes corrió la pantalla de la linterna sorda y nos dejó en la más negra oscuridad, la oscuridad más absoluta que yo jamás había experimentado. Sólo el olor del metal caliente nos recordaba que la luz seguía ahí, preparada para brillar en el instante preciso. Para mí, que tenía los nervios de punta a causa de la expectación, había algo de deprimente y ominoso en aquellas súbitas tinieblas y en el aire frío y húmedo de la bóveda. ––Sólo tienen una vía de retirada ––susurró Holmes––, que consiste en volver a la casa y salir a Saxe––Coburg Square. Espero que habrá hecho lo que le pedí, Jones. ––Tengo un inspector y dos agentes esperando delante de la puerta. ––Entonces, hemos tapado todos los agujeros. Y ahora, a callar y esperar. ¡Qué larga me pareció la espera! Comparando notas más tarde, resultó que sólo había durado una hora y cuarto, pero a mí me parecía que ya tenía que haber transcurrido casi toda la noche y que por encima de nosotros debía estar ama neciendo ya. Tenía los miembros doloridos y agarrotados, porque no me atrevía a cambiar de postura, pero mis nervios habían alcanzado el límite máximo de tensión, y mi oído se había vuelto tan agudo que no sólo podía oír la suave respiración de mis compañeros, sino que distinguía el tono grave y pesado de las inspiraciones del corpulento Jones, de las notas suspirantes del director de banco. Desde mi posi ción podía mirar por encima del cajón el piso de la bóveda. De pronto, mis ojos captaron un destello de luz. Al principio no fue más que una chispita brillando sobre el pavimento de piedra. Luego se fue alargando hasta con vertirse en una línea amarilla; y entonces, sin previo aviso ni sonido, pareció abrirse una grieta y apareció una mano, una mano blanca, casi de mujer, que tanteó a su alrededor en el centro de la pequeña zona de luz. Durante un minuto, o quizá más, la mano de dedos inquietos siguió sobresaliendo del suelo. Luego se retiró tan de golpe como había aparecido, y todo volvió a oscuras, excepto por el débil resplandor que indicaba una rendija entre las piedras. Sin embargo, la desaparición fue momentánea. Con un fuerte chasquido, una de las grandes losas blancas giró sobre uno de sus lados y dejó un hueco cuadrado del que salía pro yectada la luz de una linterna. Por la abertura asomó un ros tro juvenil y atractivo, que miró atentamente a su alrededor y luego, con una mano a cada lado del hueco, se fue izando, primero hasta los hombros y luego hasta la cintura, hasta apoyar una rodilla en el borde. Un instante después estaba de pie junto al agujero, ayudando a subir a un compañero, pequeño y ágil como él, con cara pálida y una mata de pelo de color rojo intenso. ––No hay moros en la costa ––susurró––. ¿Tienes el formón y los sacos? ¡Rayos y truenos! ¡Salta, Archie, salta, que me cuelguen sólo a mí! Sherlock Holmes había saltado sobre el intruso, agarrán dolo por el cuello de la chaqueta. El otro se zambulló de ca beza en el agujero y pude oír el sonido de la tela rasgada al agarrarlo Jones por los faldones. Brilló a la luz el cañón de un revólver, pero el látigo de Holmes se abatió sobre la muñeca del hombre, y el revólver rebotó con ruido metálico sobre el suelo de piedra. ––Es inútil, John Clay ––dijo Holmes suavemente––. No tie ne usted ninguna posibilidad. ––Ya veo ––respondió el otro con absoluta sangre fría––. Confío en que mi colega esté a salvo, aunque veo que se han quedado ustedes con los faldones de su chaqueta. ––Hay tres hombres esperándolo en la puerta ––dijo Holmes. ––¡Ah, vaya! Parece que no se le escapa ningún detalle. Tengo que felicitarle. ––Y yo a usted ––respondió Holmes––. Esa idea de los peli rrojos ha sido de lo más original y astuto. ––Pronto volverá usted a ver a su amigo ––dijo Jones––. Es más rápido que yo saltando por agujeros. Extienda las manos para que le ponga las esposas. ––Le ruego que no me toque con sus sucias manos ––dijo el prisionero mientras las esposas se cerraban en torno a sus muñecas––. Quizá ignore usted que por mis venas corre sangre real. Y cuando se dirija a mí tenga la bondad de decir siempre «señor» y «por favor». ––Perfectamente ––dijo Jones, mirándolo fijamente y con una risita contenida––. ¿Tendría el señor la bondad de subir por la escalera para que podamos tomar un coche en el que llevar a vuestra alteza a la comisaría? ––Así está mejor ––dijo John Clay serenamente. Nos saludó a los tres con una inclinación de cabeza y salió tranquila mente, custodiado por el policía. ––La verdad, señor Holmes ––dijo el señor Merryweather mientras salíamos del sótano tras ellos––, no sé cómo podrá el banco agradecerle y recompensarle por esto. No cabe duda de que ha descubierto y frustrado de la manera más completa uno de los intentos de robo a un banco más audaces que ha conocido mi experiencia. ––Tenía un par de cuentas pendientes con el señor John Clay ––dijo Holmes––. El asunto me ha ocasionado algunos pequeños gastos, que espero que el banco me reembolse, pero aparte de eso me considero pagado de sobra con haber tenido una experiencia tan extraordinaria en tantos aspectos, y con haber oído la increíble historia de la Liga de los Pe lirrojos. ––Como ve, Watson ––explicó Holmes a primeras horas de la mañana, mientras tomábamos un vaso de whisky con soda en Baker Street––, desde un principio estaba perfectamente claro que el único objeto posible de esta fantástica ma quinación del anuncio de la Liga y el copiar la Enciclopedia era quitar de enmedio durante unas cuantas horas al día a nuestro no demasiado brillante prestamista. Para conseguir lo, recurrieron a un procedimiento bastante extravagante, pero la verdad es que sería difícil encontrar otro mejor. Sin duda, fue el color del pelo de su cómplice lo que inspiró la idea al ingenioso cerebro de Clay. Las cuatro libras a la semana eran un cebo que no podía dejar de atraerlo, ¿y qué significaba esa cantidad para ellos, que andaban metidos en una jugada de varios miles? Ponen el anuncio; uno de los granujas alquila temporalmente la oficina, el otro incita al prestamista a que se presente, y juntos se las arreglan para que esté ausente todas las mañanas. Desde el momento en que oí que ese empleado trabajaba por medio salario, comprendí que tenía algún motivo muy poderoso para ocupar aquel puesto. ––Pero ¿cómo pudo adivinar cuál era ese motivo? ––De haber habido mujeres en la casa, habría sospechado una intriga más vulgar. Sin embargo, eso quedaba descartado. El negocio del prestamista era modesto, y en su casa no había nada que pudiera justificar unos preparativos tan complicados y unos gastos como los que estaban haciendo. Por tanto, tenía que tratarse de algo que estaba fuera de la casa. ¿Qué podía ser? Pensé en la afición del empleado a la fotografia, y en su manía de desaparecer en el sótano. ¡El sótano! Allí estaba el extremo de este enmarañado ovillo. En tonces hice algunas averiguaciones acerca de este misterioso empleado, y descubrí que tenía que habérmelas con uno de los delincuentes más calculadores y audaces de Londres. Algo estaba haciendo en el sótano... algo que le ocupaba varias horas al día durante meses y meses. ¿Qué podía ser?, repito. Lo único que se me ocurrió es que estaba excavando un túnel hacia algún otro edificio. »Hasta aquí había llegado cuando fuimos a visitar el es cenario de los hechos. A usted le sorprendió el que yo gol peara el pavimento con el bastón. Estaba comprobando si el sótano se extendía hacia delante o hacia detrás de la casa. No estaba por delante. Entonces llamé a la puerta y, tal como había esperado, abrió el empleado. Habíamos tenido alguna que otra escaramuza, pero nunca nos habíamos visto el uno al otro. Yo apenas le miré la cara; lo que me interesaba eran sus rodillas. Hasta usted se habrá fijado en lo sucias, arrugadas y gastadas que estaban. Eso demostraba las muchas horas que había pasado excavando. Sólo quedaba por averiguar para qué excavaban. Al doblar la esquina y ver el edificio del City and Suburban Bank pegado espalda con espalda al local de nuestro amigo, consideré resuelto el problema. Mientras usted volvía a su casa después del concierto, yo hice una visita a Scodand Yard y otra al director del banco, con el resultado que ha podido usted ver. ––¿Y cómo pudo saber que intentarían dar el golpe esta no che? ––pregunté. ––Bueno, el que clausuraran la Liga era señal de que ya no les preocupaba la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras, tenían ya terminado el túnel. Pero era esencial que lo utilizaran en seguida, antes de que lo descubrieran o de que trasladaran el oro a otra parte. El sábado era el día más adecuado, puesto que les dejaría dos días para escapar. Por todas estas razones, esperaba que vinieran esta noche. ––Lo ha razonado todo maravillosamente ––exclamé sin di simular mi admiración––. Una cadena tan larga y, sin embar go, cada uno de sus eslabones suena a verdad. ––Me salvó del aburrimiento ––respondió, bostezando––. ¡Ay, ya lo siento abatirse de nuevo sobre mí! Mi vida se con sume en un prolongado esfuerzo por escapar de las vulgari dades de la existencia. Estos pequeños problemas me ayudan a conseguirlo. ––Y además, en beneficio de la raza humana ––añadí yo. Holmes se encogió de hombros. ––Bueno, es posible que, a fin de cuentas, tenga alguna pe queña utilidad ––comentó––. L'homme c'est ríen, l'oeuvre c'est tout, como le escribió Gustave Flaubert a George Sand. 3. Un caso de identidad ––Querido amigo ––dijo Sherlock Holmes mientras nos senta amos a uno y otro lado de la chimenea en sus aposentos de Baker Street––. La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que pueda inventar la mente humana. No nos atreveríamos a imaginar ciertas cosas que en realidad son de lo más corriente. Si pudiéramos salir volando por esa ventana, cogidos de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y espiar todas las cosas ra ras que pasan, las extrañas coincidencias, las intrigas, los engaños, los prodigiosos encadenamientos de circunstancias que se extienden de generación en generación y acaban con duciendo a los resultados más extravagantes, nos parecería que las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus conclusiones sabidas de antemano, son algo trasnochado e insípido. ––Pues yo no estoy convencido de eso ––repliqué––. Los ca sos que salen a la luz en los periódicos son, como regla general, bastante prosaicos y vulgares. En los informes de la policía podemos ver el realismo llevado a sus últimos límites y, sin embargo, debemos confesar que el resultado no tiene nada de fascinante ni de artístico. ––Para lograr un efecto realista es preciso ejercer una cierta selección y discreción ––contestó Holmes––. Esto se echa de menos en los informes policiales, donde se tiende a poner más énfasis en las perogrulladas del magistrado que en los detalles, que para una persona observadora encierran toda la esencia vital del caso. Puede creerme, no existe nada tan antinatural como lo absolutamente vulgar. Sonreí y negué con la cabeza. ––Entiendo perfectamente que piense usted así ––dije––. Por supuesto, dada su posición de asesor extraoficial, que presta ayuda a todo el que se encuentre absolutamente des concertado, en toda la extensión de tres continentes, entra usted en contacto con todo lo extraño y fantástico. Pero veamos ––recogí del suelo el periódico de la mañana––, vamos a hacer un experimento práctico. El primer titular con el que me encuentro es: «Crueldad de un marido con su mujer». Hay media columna de texto, pero sin necesidad de leerlo ya sé que todo me va a resultar familiar. Tenemos, naturalmente, a la otra mujer, la bebida, el insulto, la bofetada, las lesiones, la hermana o casera comprensiva. Ni el más ramplón de los escritores podría haber inventado algo tan ramplón. ––Pues resulta que ha escogido un ejemplo que no favorece nada a su argumentación ––dijo Holmes, tomando el periódico y echándole un vistazo––. Se trata del proceso de separación de los Dundas, y da la casualidad de que yo intervine en el esclarecimiento de algunos pequeños detalles relacionados con el caso. El marido era abstemio, no existía otra mujer, y el comportamiento del que se quejaba la esposa consistía en que el marido había adquirido la costumbre de rematar todas las comidas quitándose la dentadura postiza y arrojándosela a su esposa, lo cual, estará usted de acuerdo, no es la clase de acto que se le suele ocurrir a un novelista corriente. Tome una pizca de rapé, doctor, y reconozca que me he apuntado un tanto con este ejemplo suyo. Me alargó una cajita de rapé de oro viejo, con una gran amatista en el centro de la tapa. Su esplendor contrastaba de tal modo con las costumbres hogareñas y la vida sencilla de Holmes que no pude evitar un comentario. ––¡Ah! ––dijo––. Olvidaba que llevamos varias semanas sin vernos. Es un pequeño recuerdo del rey de Bohemia, como pago por mi ayuda en el caso de los documentos de Irene Adler. ––¿Y el anillo? ––pregunté, mirando un precioso brillante que refulgía sobre su dedo. ––Es de la familia real de Holanda, pero el asunto en el que presté mis servicios era tan delicado que no puedo confiárselo ni siquiera a usted, benévolo cronista de uno o dos de mis pequeños misterios. ––¿Y ahora tiene entre manos algún caso? ––pregunté inte resado. ––Diez o doce, pero ninguno presenta aspectos de interés. Ya me entiende, son importantes, pero sin ser interesantes. Precisamente he descubierto que, por lo general, en los asuntos menos importantes hay mucho más campo para la observación y para el rápido análisis de causas y efectos, que es lo que da su encanto a las investigaciones. Los delitos más importantes suelen tender a ser sencillos, porque cuanto más grande es el crimen, más evidentes son, como regla general, los motivos. En estos casos, y exceptuando un asunto bastante enrevesado que me han mandado de Marsella, no hay nada que presente interés alguno. Sin embargo, es posible que me llegue algo mejor antes de que pasen muchos minutos porque, o mucho me equivoco, o ésa es una cliente. Se había levantado de su asiento y estaba de pie entre las cortinas separadas, observando la gris y monótona calle londinense. Mirando por encima de su hombro, vi en la acera de enfrente a una mujer grandota, con una gruesa boa de piel alrededor del cuello, y una gran pluma roja ondulada en un sombrero de ala ancha que llevaba inclinado sobre la oreja, a la manera coquetona de la duquesa de Devonshire. Bajo esta especie de palio, la mujer miraba hacia nuestra ventana, con aire de nerviosismo y de duda, mientras su cuerpo oscilaba de delante a atrás y sus dedos jugueteaban con los botones de sus guantes. De pronto, con un arranque parecido al del nadador que se tira al agua, cruzó presurosa la calle y oí mos el fuerte repicar de la campanilla. ––Conozco bien esos síntomas ––dijo Holmes, tirando su ci garrillo a la chimenea––. La oscilación en la acera significa siempre un affaire du coeur. Necesita consejo, pero no está segura de que el asunto no sea demasiado delicado como para confiárselo a otro. No obstante, hasta en esto podemos hacer distinciones. Cuando una mujer ha sido gravemente perjudicada por un hombre, ya no oscila, y el síntoma habitual es un cordón de campanilla roto. En este caso, podemos dar por supuesto que se trata de un asunto de amor, pero la doncella no está verdaderamente indignada, sino más bien perpleja o dolida. Pero aquí llega en persona para sacarnos de dudas. No había acabado de hablar cuando sonó un golpe en la puerta y entró un botones anunciando a la señorita Mary Sutherland, mientras la dama mencionada se cernía sobre su pequeña figura negra como un barco mercante, con todas sus velas desplegadas, detrás de una barquichuela. Sherlock Holmes la acogió con la espontánea cortesía que le caracteri zaba y, después de cerrar la puerta e indicarle con un gesto que se sentara en una butaca, la examinó de aquella manera minuciosa y a la vez abstraída, tan peculiar en él. ––¿No le parece ––dijo–– que siendo corta de vista es un poco molesto escribir tanto a máquina? ––Al principio, sí ––respondió ella––, pero ahora ya sé dónde están las letras sin necesidad de mirar. Entonces, dándose cuenta de pronto de todo el alcance de las palabras de Holmes, se estremeció violentamente y le vantó la mirada, con el miedo y el asombro pintados en su rostro amplio y amigable. ––¡Usted ha oído hablar de mí, señor Holmes! ––exclamó––. ¿Cómo, si no, podría usted saber eso? ––No le dé importancia ––dijo Holmes, echándose a reír Saber cosas es mi oficio. Es muy posible que me haya entre nado para ver cosas que los demás pasan por alto. De no ser así, ¿por qué iba usted a venir a consultarme? ––He acudido a usted, señor, porque me habló de usted la señora Etherege, a cuyo marido localizó usted con tanta fa cilidad cuando la policía y todo el mundo le habían dado ya por muerto. ¡Oh, señor Holmes, ojalá pueda usted hacer lo mismo por mí! No soy rica, pero dispongo de una renta de cien libras al año, más lo poco que saco con la máquina, y lo daría todo por saber qué ha sido del señor Hosmer Angel. ––¿Por qué ha venido a consultarme con tantas prisas? ––preguntó Sherlock Holmes, juntando las puntas de los dedos y con los ojos fijos en el techo. De nuevo, una expresión de sobresalto cubrió el rostro algo inexpresivo de la señorita Mary Sutherland. ––Sí, salí de casa disparada ––dijo–– porque me puso furiosa ver con qué tranquilidad se lo tomaba todo el señor Windibank, es decir, mi padre. No quiso acudir a la policía, no quiso acudir a usted, y por fin, en vista de que no quería hacer nada y seguía diciendo que no había pasado nada, me enfurecí y me vine derecha a verle con lo que tenía puesto en aquel momento. ––¿Su padre? ––dijo Holmes––. Sin duda, querrá usted decir su padrastro, puesto que el apellido es diferente. ––Sí, mi padrastro. Le llamo padre, aunque la verdad es que suena raro, porque sólo tiene cinco años y dos meses más que yo. ––¿Vive su madre? ––Oh, sí, mamá está perfectamente. Verá, señor Holmes, no me hizo demasiada gracia que se volviera a casar tan pronto, después de morir papá, y con un hombre casi quince años más joven que ella. Papá era fontanero en Tottenham Court Road, y al morir dejó un negocio muy próspero, que mi madre siguió manejando con ayuda del señor Hardy, el capataz; pero cuando apareció el señor Windibank, la con venció de que vendiera el negocio, pues el suyo era mucho mejor: tratante de vinos. »Sacaron cuatro mil setecientas libras por el traspaso y los intereses, mucho menos de lo que habría conseguido sacar papá de haber estado vivo. Yo había esperado que Sherlock Holmes diera muestras de impaciencia ante aquel relato intrascendente e incoherente, pero vi que, por el contrario, escuchaba con absoluta concentración. ––Esos pequeños ingresos suyos ––preguntó––, ¿proceden del negocio en cuestión? ––Oh, no señor, es algo aparte, un legado de mi tío Ned, el de Auckland. Son valores neozelandeses que rinden un cua tro y medio por ciento. El capital es de dos mil quinientas libras, pero yo sólo puedo cobrar los intereses. ––Eso es sumamente interesante ––dijo Holmes––. Dispo niendo de una suma tan elevada como son cien libras al año, más el pico que usted gana, no me cabe duda de que viajará usted mucho y se concederá toda clase de caprichos. En mi opinión, una mujer soltera puede darse la gran vida con unos ingresos de sesenta libras. ––Yo podría vivir con muchísimo menos, señor Holmes, pero comprenderá usted que mientras siga en casa no quiero ser una carga para ellos, así que mientras vivamos juntos son ellos los que administran el dinero. Por supuesto, eso es sólo por el momento. El señor Windibank cobra mis intereses cada trimestre, le da el dinero a mi madre, y yo me las apaño bastante bien con lo que gano escribiendo a máquina. Saco dos peniques por folio, y hay muchos días en que escribo quince o veinte folios. ––Ha expuesto usted su situación con toda claridad ––dijo Holmes––. Le presento a mi amigo el doctor Watson, ante el cual puede usted hablar con tanta libertad como ante mí mismo. Ahora, le ruego que nos explique todo lo referente a su relación con el señor Hosmer Angel. El rubor se apoderó del rostro de la señorita Sutherland, que empezó a pellizcar nerviosamente el borde de su cha queta. ––Le conocí en el baile de los instaladores del gas ––dijo––. Cuando vivía papá, siempre le enviaban invitaciones, y después se siguieron acordando de nosotros y se las mandaron a mamá. El señor Windibank no quería que fuéramos. Nunca ha querido que vayamos a ninguna parte. Se ponía como loco con que yo quisiera ir a una fiesta de la escuela dominical. Pero esta vez yo estaba decidida a ir, y nada me lo iba a impedir. ¿Qué derecho tenía él a impedírmelo? Dijo que aquella gente no era adecuada para nosotras, cuando iban a estar presentes todos los amigos de mi padre. Y dijo que yo no tenía un vestido adecuado, cuando tenía uno violeta precioso, que prácticamente no había sacado del armario. Al final, viendo que todo era en vano, se marchó a Francia por asuntos de su negocio, pero mamá y yo fuimos al baile con el señor Hardy, nuestro antiguo capataz, y allí fue donde conocí al señor Hosmer Angel. ––Supongo ––dijo Holmes–– que cuando el señor Windibank regresó de Francia, se tomaría muy a mal que ustedes dos hubieran ido al baile. ––Bueno, pues se lo tomó bastante bien. Recuerdo que se echó a reír, se encogió de hombros y dijo que era inútil ne garle algo a una mujer, porque ésta siempre se sale con la suya. ––Ya veo. Y en el baile de los instaladores del gas conoció usted a un caballero llamado Hosmer Angel, según tengo entendido. ––Así es. Le conocí aquella noche y al día siguiente nos visitó para preguntar si habíamos regresado a casa sin contratiempos, y después le vimos... es decir, señor Holmes, le vi yo dos veces, que salimos de paseo, pero luego volvió mi padre y el señor Hosmer Angel ya no vino más por casa. ––¿No? ––Bueno, ya sabe, a mi padre no le gustan nada esas cosas. Si de él dependiera, no recibiría ninguna visita, y siempre dice que una mujer debe sentirse feliz en su propio círculo familiar. Pero por otra parte, como le decía yo a mi madre, para eso se necesita tener un círculo propio, y yo todavía no tenía el mío. ––¿Y qué fue del señor Hosmer Angel? ¿No hizo ningún in tento de verla? ––Bueno, mi padre tenía que volver a Francia una semana después y Hosmer escribió diciendo que sería mejor y más seguro que no nos viéramos hasta que se hubiera marchado. Mientras tanto, podíamos escribirnos, y de hecho me escribía todos los días. Yo recogía las cartas por la mañana, y así mi padre no se enteraba. ––¿Para entonces ya se había comprometido usted con ese caballero? ––Oh, sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que dimos juntos. Hosmer.. el señor Angel... era cajero en una oficina de Leadenhall Street... y... ––¿Qué oficina? ––Eso es lo peor, señor Holmes, que no lo sé. ––¿Y dónde vivía? ––Dormía en el mismo local de las oficinas. ––¿Y no conoce la dirección? ––No... sólo que estaban en Leadenhall Street. ––Entonces, ¿adónde le dirigía las cartas? ––A la oficina de correos de Leadenhall Street, donde él las recogía. Decía que si las mandaba a la oficina, todos los demás empleados le gastarían bromas por cartearse con una dama, así que me ofrecí a escribirlas a máquina, como hacía él con las suyas, pero se negó, diciendo que si yo las escribía se notaba que venían de mí, pero si estaban escritas a máquina siempre sentía que la máquina se interponía entre nosotros. Esto le demostrará lo mucho que me quería, señor Holmes, y cómo se fijaba en los pequeños detalles. ––Resulta de lo más sugerente ––dijo Holmes––. Siempre he sostenido el axioma de que los pequeños detalles son, con mucho, lo más importante. ¿Podría recordar algún otro pe queño detalle acerca del señor Hosmer Angel? ––Era un hombre muy tímido, señor Holmes. Prefería salir a pasear conmigo de noche y no a la luz del día, porque decía que no le gustaba llamar la atención. Era muy retraído y caballeroso. Hasta su voz era suave. De joven, según me dijo, había sufrido anginas e inflamación de las amígdalas, y eso le había dejado la garganta débil y una forma de hablar vacilante y como susurrante. Siempre iba bien vestido, muy pulcro y discreto, pero padecía de la vista, lo mismo que yo, y usaba gafas oscuras para protegerse de la luz fuerte. ––Bien, ¿y qué sucedió cuando su padrastro, el señor Win dibank, volvió a marcharse a Francia? ––El señor Hosmer Angel vino otra vez a casa y propuso que nos casáramos antes de que regresara mi padre. Se mostró muy ansioso y me hizo jurar, con las manos sobre los Evangelios, que, ocurriera lo que ocurriera, siempre le sería fiel. Mi madre dijo que tenía derecho a pedirme aquel juramento, y que aquello era una muestra de su pasión. Desde un principio, mi madre estuvo de su parte e incluso parecía apreciarle más que yo misma. Cuando se pusieron a hablar de casarnos aquella misma semana, yo pregunté qué opinaría mi padre, pero ellos me dijeron que no me preocupara por mi padre, que ya se lo diríamos luego, y mamá dijo que ella lo arreglaría todo. Aquello no me gustó mucho, señor Holmes. Resultaba algo raro tener que pedir su autorización, no siendo más que unos pocos años mayor que yo, pero no quería hacer nada a escondidas, así que escribí a mi padre a Burdeos, donde su empresa tenía sus oficinas en Francia, pero la carta me fue devuelta la mañana misma de la boda. ––¿Así que él no la recibió? ––Así es, porque había partido para Inglaterra justo antes de que llegara la carta. ––¡Ajá! ¡Una verdadera lástima! De manera que su boda quedó fijada para el viernes. ¿Iba a ser en la iglesia? ––Sí, señor, pero en privado. Nos casaríamos en San Salva dor, cerca de King's Cross, y luego desayunaríamos en el ho tel St. Pancras. Hosmer vino a buscarnos en un coche, pero como sólo había sitio para dos, nos metió a nosotras y él co gió otro cerrado, que parecía ser el único coche de alquiler en toda la calle. Llegamos las primeras a la iglesia, y cuando se detuvo su coche esperamos verle bajar, pero no bajó. Y cuando el cochero se bajó del pescante y miró al interior, allí no había nadie. El cochero dijo que no tenía la menor idea de lo que había sido de él, habiéndolo visto con sus propios ojos subir al coche. Esto sucedió el viernes pasado, señor Holmes, y desde entonces no he visto ni oído nada que arroje alguna luz sobre su paradero. ––Me parece que la han tratado a usted de un modo ver gonzoso ––dijo Holmes. ––¡Oh, no señor! Era demasiado bueno y considerado como para abandonarme así. Durante toda la mañana no paró de insistir en que, pasara lo que pasara, yo tenía que serle fiel, y que si algún imprevisto nos separaba, yo tenía que recordar siempre que estaba comprometida con él, y que tarde o temprano él vendría a reclamar sus derechos. Parece raro hablar de estas cosas en la mañana de tu boda, pero lo que después ocurrió hace que cobre sentido. ––Desde luego que sí. Según eso, usted opina que le ha ocu rrido alguna catástrofe imprevista. ––Sí, señor. Creo que él temía algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado así. Y creo que lo que él temía sucedió. ––Pero no tiene idea de lo que puede haber sido. ––Ni la menor idea. ––Una pregunta más: ¿Cómo se lo tomó su madre? ––Se puso furiosa y dijo que yo no debía volver a hablar jamás del asunto. ––¿Y su padre? ¿Se lo contó usted? ––Sí, y parecía pensar, lo mismo que yo, que algo había ocurrido y que volvería a tener noticias de Hosmer. Según él, ¿para qué iba nadie a llevarme hasta la puerta de la iglesia y luego abandonarme? Si me hubiera pedido dinero prestado o si se hubiera casado conmigo y hubiera puesto mi dinero a su nombre, podría existir un motivo; pero Hosmer era muy independiente en cuestiones de dinero y jamás tocaría un solo chelín mío. Pero entonces, ¿qué había ocurrido? ¿Y por qué no escribía? ¡Oh, me vuelve loca pensar en ello! No pego ojo por las noches. Sacó de su manguito un pañuelo y empezó a sollozar rui dosamente en él. ––Examinaré el caso por usted ––dijo Holmes, levantándo se––, y estoy seguro de que llegaremos a algún resultado con creto. Deje en mis manos el asunto y no se siga devanando la mente con él. Y por encima de todo, procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, como se ha desvanecido de su vida. ––Entonces, ¿cree usted que no lo volveré a ver? ––Me temo que no. ––Pero ¿qué le ha ocurrido, entonces? ––Deje el asunto en mis manos. Me gustaría disponer de una buena descripción de él, así como de cuantas cartas suyas pueda usted proporcionarme. ––Puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle del sábado pasado ––dijo ella––. Aquí está el recorte, y aquí tiene cuatro cartas suyas. ––Gracias. ¿Y la dirección de usted? ––Lyon Place 31, Camberwell. ––Por lo que he oído, la dirección del señor Angel no la supo nunca. ¿Dónde está la empresa de su padre? ––Es viajante de Westhouse & Marbank, los grandes im portadores de clarete de Fenchurch Street. ––Gracias. Ha expuesto usted el caso con mucha claridad. Deje aquí los papeles, y acuérdese del consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un libro cerrado y no deje que afecte a su vida. ––Es usted muy amable, señor Holmes, pero no puedo hacer eso. Seré fiel a Hosmer. Me encontrará esperándole cuando vuelva. A pesar de su ridículo sombrero y de su rostro inexpresi vo, había un algo de nobleza que imponía respeto en la sen cilla fe de nuestra visitante. Dejó sobre la mesa su montoncito de papeles y se marchó prometiendo acudir en cuanto la llamáramos. Sherlock Holmes permaneció sentado y en silencio durante unos cuantos minutos, con las puntas de los dedos juntas, las piernas estiradas hacia adelante y la mirada fija en el techo. Luego tomó del estante la vieja y grasienta pipa que le servía de consejera y, después de encenderla, se recostó en su butaca, emitiendo densas espirales de humo azulado, con una expresión de infinita languidez en el rostro. ––Interesante personaje, esa muchacha ––comentó––. Me ha parecido más interesante ella que su pequeño problema que, dicho sea de paso, es de lo más vulgar. Si consulta usted mi índice, encontrará casos similares en Andover, año 77, y otro bastante parecido en La Haya el año pasado. ––Parece que ha visto en ella muchas cosas que para mí eran invisibles ––le hice notar. ––Invisibles no, Watson, inadvertidas. No sabía usted dón de mirar y se le pasó por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la importancia de las mangas, de lo sugerentes que son las uñas de los pulgares, de los graves asuntos que penden de un cordón de zapato. Veamos, ¿qué dedujo usted del aspecto de esa mujer? Descríbala. ––Pues bien, llevaba un sombrero de paja de ala ancha y de color pizarra, con una pluma rojo ladrillo. Chaqueta negra, con abalorios negros y una orla de cuentas de azabache. Ves tido marrón, bastante más oscuro que el café, con terciopelo morado en el cuello y los puños. Guantes tirando a grises, con el dedo índice de la mano derecha muy desgastado. En los zapatos no me fijé. Llevaba pendientes de oro, pequeños y redondos, y en general tenía aspecto de persona bastante bien acomodada, con un estilo de vida vulgar, cómodo y sin preocupaciones. Sherlock Holmes aplaudió suavemente y emitió una risita. ––¡Por mi vida, Watson, está usted haciendo maravillosos progresos! Lo ha hecho muy bien, de verdad. Claro que se le ha escapado todo lo importante, pero ha dado usted con el método y tiene buena vista para los colores. No se fie nunca de las impresiones generales, muchacho, concéntrese en los detalles. Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas. En un hombre, probablemente, es mejor fijarse antes en las rodilleras de los pantalones. Como bien ha dicho usted, esta mujer tenía terciopelo en las mangas, un material sumamente útil para descubrir rastros. La doble línea justo por encima de las muñecas, donde la mecanógrafa se apoya en la mesa, estaba perfectamente definida. Una máquina de coser del tipo manual deja una marca semejante, pero sólo en la manga izquierda y en el lado más alejado del pulgar, en vez de cruzar la manga de parte a parte, como en este caso. Luego le miré la cara y, advirtiendo las marcas de unas gafas a ambos lados de su nariz, aventuré aquel comentario acerca de escribir a máquina siendo corta de vista, que tanto pareció sorprenderla. ––También me sorprendió a mí. ––Pues resultaba bien evidente. A continuación, miré hacia abajo y quedé muy sorprendido e interesado al observar que, aunque sus zapatos se parecían mucho, en realidad estaban desparejados: uno tenía un pequeño adorno en la punta y el otro era de punta lisa. Y de los cinco botones de cada zapato, uno tenía abrochados sólo los dos de abajo, y el otro el primero, el tercero y el quinto. Ahora bien, cuando ve usted que una joven, por lo demás impecablemente vestida, ha salido de su casa con los zapatos desparejados y a medio abotonar, no tiene nada de extraordinario deducir que salió a toda prisa. ––¿Y qué más? ––pregunté vivamente interesado, como siempre, por los incisivos razonamientos de mi amigo. ––Advertí, de pasada, que antes de salir de casa, pero des pués de haberse vestido del todo