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La pereza nacional se encuentra
muy a gusto con el tradicional sistema de colmar de ditirambos
a todo intelectual —muerto, desde luego— a quien cierto
número de entendidos señale como importante, a cambio de que esta
minoría nos releve de la enojosa ocupación de acercarnos a conocer
la obra del héroe.
El conocimiento de nuestros creadores y de nuestros pensadores
queda así cómodamente suplido por el conocimiento de la etiqueta
que sobre ellos han depositado unos pocos. ¡Cuántos clásicos españoles
entraron en los manuales de literatura solamente porque habían
sido leídos por Amador de los Ríos o por Menéndez Pelayo! Y a
veces le amontona una etiqueta sobre otra y otra, formando una
costra espesa, como sobre una maleta vieja, sin que nadie se preocupe
de averiguar qué hay dentro de la maleta. La gloria nacional
queda cada vez más aislada por el suntuoso telón de los homenajes,
con lo cual, a fuerza de creer en ella sin verla la divinizamos.
¿No hemos convertido a Cervantes en un mito por este procedimiento?
En medio de esta hipocresía colectiva, ¿podía sorprendernos que
de pronto, un día, unos concejales de pueblo se quitasen la máscara
y mostrasen con franqueza su barbaridad borrando de la toponimia
urbana a ese famoso desconocido?
En
los últimos meses, el proceso de beatificación ha recaído no
sobre un poeta ni sobre un filósofo, sino, novedosamente, sobre
una lexicógrafa. Al triste acontecimiento de su muerte —el 22
de enero de 1981— se unían en María Moliner dos circunstancias
que eran noticia: una, su dedicación a una extraña
especialidad; otra (¡todavía!), su condición femenina.
En medio de la atmósfera
general de desinterés por el idioma y de la consiguiente ignorancia
sobre las disciplinas que lo estudian (recordemos tan solo el
regocijante uso que de la voz semántica hacen políticos
y editorialistas), no ha de sorprender que la lexicografía tenga
para muchos un tufillo exótico, cuasi nigromántico, a pesar
de versar sobre un objeto tan conocido por fuera como es el
diccionario. Pues bien: María Moliner no solo se entregó al
cultivo de este recóndito campo, sino que además era mujer.
Muchas y muy hermosas han
sido las ofrendas de palabras que después de su muerte ha recibido
quien tanto luchó con ellas. La justa admiración por su laboriosidad
tenaz .Y por la firmeza de su vocación, la simpatía hacia sus
valores humanos han teñido de emotividad la pluma de muchos
finos escritores, y la consecuencia ha sido que, en sus comentarios,
la obra ha quedado en un plano de penumbra respecto de la persona
de la autora. «Diccionario excelente», «excepcional», «maravilla
de la lexicografía», «obra cumbre»... son elogios que no pongo
en tela de juicio, pero que, al no pecar de excesivamente analíticos,
contribuyen poco a una verdadera valoración de la obra y mucho
a su estéril mitificación; algo que sin duda hubiera rechazado
la sencilla honradez de María Moliner. |
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El Diccionario de uso del español es, ciertamente, uno
de los diccionarios españoles más importantes. Muchos creen que
lo es por su caudal, por el número de voces definidas, fiándose
de la mera apariencia material; en realidad registra más o menos
los mismos términos que el Diccionario de la Academia,
y así lo reconoce la autora. Lo que sí distingue, en cambio, esta
obra es su propósito renovador, que yo sintetizaría en la conjunción
de tres rasgos: el concepto del diccionario como una herramienta
total del léxico, la voluntad de superar el análisis tradicional
de las unidades léxicas y el intento de establecer una separación
entre léxico usual y el léxico no usual. La primera característica, por sí sola, a pesar de su enorme
importancia, no constituye novedad. Aparte del precedente francés
de Paul Robert, cuyo diccionario está inspirado en el mismo
principio, nuestro maestro Julio Casares ya había expuesto en
1921 la tesis de que «hay que crear, junto al actual registro
por abecé, archivo hermético y desarticulado, el diccionario
orgánico, viviente, sugeridor de imágenes y asociaciones, donde,
al conjuro de la idea se ofrezcan en tropel las voces, seguidas
del utilísimo cortejo de sinonimias, analogías, antítesis y
referencias; un diccionario comparable a esos bibliotecarios
solícitos que, poniendo a contribución el índice de materias,
abren camino al lector más desorientado, le muestran perspectivas
infinitas y le alumbran fuentes de información inagotables».
Como es sabido, el propio Casares llevó a la práctica su teoría
en el Diccionario ideológico de la lengua española (1942),
cuyo lema, en la portada, reza: «De la idea a la palabra; de
la palabra a la idea». Pues bien: la misma meta se propuso María
Moliner: construir el diccionario simultáneamente descifrador
y cifrado (esto es «que ayuda a entender» y «que ayuda
a decir»). La diferencia, en este punto, entre la obra de Casares
y la de Moliner es superficial: mientras en la primera la parte
cifradora forma un cuerpo separado de la descifradora, en la
segunda está integrada la una dentro de la otra, formando un
solo cuerpo.
Esta utilidad, tan apreciable,
se complementa en el Diccionario de Moliner con el establecimiento
—segundo rasgo— de dos grandes niveles dentro del léxico: las
palabras y acepciones usuales y las no usuales; diferenciación
realizada por medios tipográficos, destinada a ser sumamente
práctica para el hablante que quiere escoger su propia forma
de expresión. Se une a esto la información sobre construcciones
sintácticas en las distintas acepciones, que tanto se echa de
menos en los diccionarios corrientes (aunque, en cambio, se
omiten sin suficiente justificación, otras indicaciones gramaticales
no menos necesarias). |
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El aspecto más destacable del Diccionario de uso del español
es su tercer rasgo: la revisión a fondo de las definiciones tradicionales,
que hubo de ser sin duda la faceta más agobiante, por ser la más
personal en la labor de la autora. Es bien sabido que muchas de
las definiciones del Diccionario de la Academia están redactadas
en una lengua de otra época, que les da a los ojos del lector
letrado, un encanto singular; pero ciertamente ese lenguaje no
es el más adecuado para explicarle al hombre de hoy los significados
de las palabras. Por otra parte, el Diccionario académico
recurre, con insistencia que casi bordea la tomadura de pelo,
a la definición en círculo vicioso: amparar se explica
como «favorecer, proteger», favorecer, como «ayudar, amparar,
socorrer»; proteger como «amparar, favorecer, defender»;
defender como «amparar, librar, proteger»; ayudar,
como «auxiliar, socorrer»; auxiliar, como «dar auxilio»;
auxilio, como «ayuda, socorro, amparo»; y así sucesivamente.
María Moliner, en su obra, decide romper este mareante juego de
la oca, que, junto con el estilo dieciochesco, se había hecho
hábito en los lexicógrafos sumisos al modelo académico. No solo
evita la definición circular, para lo cual inventa una minuciosa
jerarquización lógica de los conceptos, sino que desmonta una
por una todas las definiciones de la Academia y las vuelve a redactar
en español del siglo XX, dándoles, en
muchos casos, una precisión que les faltaba y desdoblándolas a
menudo en nuevas acepciones y subacepciones que recogen matices
relevantes. Con ello logra un análisis de los contenidos bastante
más completo que el de los diccionarios corrientes, incluido el
de la Academia. Hay que mencionar también la abundancia de ejemplos
inventados que ilustran las definiciones: punto este con demasiada
frecuencia olvidado en nuestros diccionarios. Dos
o tres reparos principales señalaría yo en esta labor monumental
(dejando al margen otros de tipo técnico). Uno es que está construida
tomando como casi únicas bases documentales la personal competencia
hablante de la autora y —paradójicamente— el mismo Diccionario
académico que se trataba de superar con lo cual los criterios
subjetivos priman más de lo conveniente sobre la información
objetiva, tan necesaria para el estudio del uso. El otro reparo
es que, en el deseo de introducir un elemento de racionalidad
en el convencionalismo alfabético de los diccionarios, las palabras
—dentro del abecedario general— aparecen agrupadas en familias
etimológicas: ordenación que, aparte de ser poco sistemática,
prácticamente no aporta nada a los objetivos del diccionario
y que, en cambio, incomoda la consulta de su lector, quien —nos
guste o no— cuenta siempre con el alfabeto como báculo imprescindible
para andar por la vida. Una tercera reserva todavía añadiré
que no es un defecto, sino un exceso: recarga notable e innecesariamente
el volumen de la obra al haber incorporado en ella, en sus respectivas
entradas, todos los temas de la gramática española. El uso del
subjuntivo o del artículo, la posición del adjetivo, el valor
de los tiempos verbales, etcétera, son cuestiones que se salen
abiertamente de la lexicografía.
Entre los diccionarios
españoles de lengua o usuales, el de Moliner
es el intento renovador más ambicioso que se ha producido en
nuestro siglo. En él, la intuición y la tenacidad tuvieron que
llenar el vacío de una tradición previa que hubiera allanado
el camino. Es un esfuerzo digno de toda nuestra admiración pero,
por ley del quehacer intelectual, no es una meta, sino una etapa,
y debe ser tomado como una incitación, como un poderoso reto
por cuantos se dedican a la lexicografía. Bien están los elogios
emotivos, sonoros y confortables; pero la verdadera alabanza
al que trabaja es seguir su ejemplo.
Porque María Moliner no
es un nombre, sino una obra.
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(*) Reproducido en Estudios de lexicografía española,
Madrid: Paraninfo, 1985, pp. 207-211, y antes en el diario El
País (29 de mayo de 1981, p. 36), con el título «María Moliner:
una obra, no un nombre». |
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