Viaje de estudios 2006/07:
"Paris"
PARIS: CIUDAD DE LUCES Y SOMBRAS
Por
Luis María Cifuentes
Hemos aterrizado en París con la primavera recién estrenada en el
corazón. Es 24 de marzo y la capital nos recibe con lluvia y frío
invernales. A mediodía padecemos intensamente nuestro turno para escalar
la Torre Eiffel. Desde el segundo piso divisamos la niebla en el
horizonte y la tarde melancólica recostándose sobre la gran urbe.
Nuestros pasos se entrecruzan con la férrea inmensidad del monumento
emblemático por excelencia. Desde lo alto se puede admirar el Sena,
manso y risueño, diseñando con sus curvas acuáticas las entrañas de toda
la ciudad. Anochece y París comienza a mecerse en el silencio de una luz
mortecina.
Al día siguiente, el alba nos recibe con algo más de luz y
de calor. La primavera empieza a despertar sobre el cielo parisino.
Nuestros guías nos conducen hasta el corazón de la urbe: la isla de San
Luis, la Sainte Chapelle y Notre Dame. Allí, mediante una inmersión
abrupta en el Medievo, nos iluminan el cuerpo y la mente las vidrieras
legendarias de la iglesia medieval, las historias policromadas de la
Biblia narradas en viñetas para niños. La verdad y la ficción, las
guerras y las cruzadas caballerescas diseñan una época cristiana llena
de luz y de color, pero también de dramatismo y de terrores
apocalípticos.
Tras la belleza sublime de la Sainte Chapelle, nos
adentramos en la catedral de Notre Dame, en medio de una muchedumbre
turística. Enrique, nuestro guía artístico, se demora con nosotros en
exquisitas explicaciones sobre la arquitectura y la escultura de la
catedral. Es imprescindible sentirse medievales para penetrar en este
templo. Escalamos, tras una pausa dilatada, a las torres de la catedral.
Desde allí, bajo un sol primaveral, pudimos contemplar las siluetas
sublimes de las cúpulas parisinas del Panteón, de los Inválidos y los
majestuosos palacios del Louvre, las Tullerias, el Sacre Coeur allá en
Montmartre y la aguja de la Torre Eiffel apuntado siempre al cielo como
símbolo babélico del orgullo parisino.
En lo más alto de las torres, contemplamos la gran campana
que repica algunas veces al año desde el corazón de la ciudad con sus
toneladas de silencio adormecido, esperando a que la leyenda retorne a
la vida al “jorobado de Notre Dame”. En todos los ángulos de las
cornisas nos saludan grotescamente diablos y monstruos, animales
rugientes que escupen a nuestros rostros leyendas y mitos medievales.
Son las gárgolas maravillosas de la catedral que asoman su vértigo
lanzadas al vacío. Uno se imagina aquella vida medieval, angélica y
siniestra, llena de jornadas bélicas, oraciones, ritos, ceremonias y
liturgias en las que los hombres y mujeres soportaban en sus cuerpos el
peso de todo el poder feudal, aristócrata y clerical, creyendo que el
Dios justiciero pronto llegaría para implantar el orden universal de la
eternidad. Cuando miramos hacia abajo, cambiamos de escenario
nuevamente y admiramos el Sena que empuja suavemente por sus aguas a los
barcos saturados de visitantes, bajo los elegantes puentes de la ciudad.
El lunes 26, el grupo tuvo que elegir entre Eurodisney o la abadía de
Saint Denis más el Museo Cluny dedicado a la Edad Media. Un grupo
numeroso escogió la alegría temática del Parque de dibujos animados y un
pequeño grupo nos dirigimos al encuentro de Saint Denis y de la cultura
medieval. La vuelta al pasado del Medievo nos condujo al origen
cristiano de la arquitectura, la escultura y la pintura parisinas con el
obispo Dionisio a la cabeza. En aquella abadía portentosa pudimos
contemplar la necrópolis de los reyes de Francia, con yacentes tan
famosos como Enrique IV y Francisco I, que sueñan aún en sus lechos de
mármol con viejas batallas contra sus rivales europeos. ¡Sic transit
gloria mundi!
Por la noche, un paseo suave desde la Plaza de la
Concordia, recorriendo los Campos Elíseos con cámara en mano hasta el
Arco de Triunfo nos llevó hasta el corazón de las glorias napoleónicas,
hasta el secreto de la grandeza de los galos. Este paseo nocturno fue el
preludio de un día posterior, que dedicaríamos a recordar la historia de
las últimas hazañas de los franceses. Esa noche nos acostamos soñando
que al alba sonarían trompetas tricolores y tambores de guerra desde la
Porte de la Villette hasta lo alto del Arco de Triunfo. ¡Francia volvía
a recobrar su grandeza imperial!
La primavera parisina seguía obsequiándonos al pequeño
grupo español con su azulada luz y su templado calor. Durante toda la
mañana, retornamos a la historia de las postrimerías del XVIII e inicios
del XIX para adentrarnos con Bernardette, nuestra guía francesa, por los
meandros bélicos del pequeño gran hombre: Napoleón Bonaparte. Bajo el
Arco de Triunfo y desde el mirador superior recordamos los nombres de
algunas victorias francesas teñidas con sangre española (Zaragoza, La
Coruña), inscritas junto a topónimos austríacos e italianos en la roca
del monumento. El imperio napoleónico abarcaba Europa y parte de África.
Sobre el suelo, a la sombra del Arco, se observa la tumba del soldado
desconocido con su llama perenne, como símbolo patético de todos los
muertos en todas las guerras del mundo. ¡La paz de los muertos que
silencia los gritos de las guerras!
La penúltima grandeza de Francia, la llamada de De Gaulle a
la resistencia contra los nazis (18 de junio de 1943), nos fue narrada
bajo el Arco triunfal por la voz emocionada de Bernardette, que sonó
entre las piedras como un aldabonazo a la conciencia rebelde del pueblo
francés frente a los dictadores de todos los tiempos. Al hilo de esta
llama rebelde, Bernardette y Luis les contaron al grupo de estudiantes
que también en mayo del 68 ardió París por enésima vez con las protestas
de los estudiantes y los obreros de toda Francia y de media Europa.
París sigue siendo la capital de la revolución desde 1789 y el mundo
sigue viendo en esta ciudad un referente de dignidad y rebeldía; sus
adoquines y sus puentes conservan la memoria de muchas revoluciones y de
innumerables manifestaciones.
Después de tantas emociones históricas, la visita al Museo
de Marmotan-Manet nos sirvió de ungüento espiritual para soñar con
nenúfares, jardines y aguas vegetales. La luz, el color, los volúmenes
pintados por Manet en su casa de Normandía nos llevaron a otro viaje
ficticio muy alejado de las grandezas bélicas del pasado. El arte,
siempre el arte y la belleza como bálsamo para suavizar el horror de la
vida y de la muerte. La comida y el reposo tras la delicia de contemplar
la obra de Manet nos ayudaron a reponer fuerzas para continuar por la
noche con la travesía acuática por el Sena.
Al día siguiente, 28 de marzo, el gran Museo del Louvre
con su magnificencia y las muchedumbres turísticas nos esperaban
acogedores. Entre abigarrados y multiculturales grupos humanos pudimos
otear la Gioconda, la Victoria de Samotracia, las magníficas esculturas
egipcias y sobre todo, con sensación de serenidad y plenitud, la estatua
del “escriba sentado”, con su gesto y su mirada traspasando el tiempo,
lúcido, bello, impasible, deteniendo la vida y la eternidad. ¡Un
monumento a la escritura!.
Pero París no es todo lo bello que uno quisiera; en la
megápolis francesa hay mucho más que monumentos y pléyades turísticas.
La vida palpitante de París pudimos también olerla, sentirla y tocarla
en sus latidos subterráneos, en sus arterias oscuras y profundas, en sus
calles solitarias por la noche, en su vertiginoso metro. París encierra
en su seno y en sus entrañas las gentes de París, muchas ciudades
diferentes, muchos mundos opuestos. Por eso la luz de París también
tiene sus sombras, como toda gran ciudad.
Nuestro grupo pudo observar cada mañana y cada tarde, de
día y de noche, multitudes humanas con rostros endurecidos por la vida,
por la emigración y por el trabajo. Pudimos ver escenas de rabia y de
dolor, miradas y palabras de desconsuelo, de soledad y de tristeza,
porque bajo la alfombra dorada de sus sublimes bulevares, bajo el agua
amansada de su Sena, bajo el perfil elegante de sus puentes laten
millones de personas con su miseria y su trabajo, con su vivir y
malvivir, con su hambre y con su hartura. Las gentes de París sufren y
ríen en todos los idiomas, cantan y bailan a ritmos diferentes para
darle el color y la grandeza a esta ciudad inolvidable, llena de
contrastes y de luz. Existe el París de la revolución y de los santos,
de la guerra y de la paz, de la luz y de la oscuridad; de la vida y de
la muerte. Por eso, tras la semana primaveral que nos has hecho
disfrutar, podemos decir con emoción “je t’aime Paris”, amable y
luminosa, feliz y triste, porque sigues siendo la ciudad de mis sueños.
|