RINCÓN LITERARIO
Esta sección se dedica a recopilar los trabajos destacados que han realizado alumnos de este centro, sin importar el curso. Aquí ¡tod@s participamos! Así que recordad que seguimos aceptando trabajos que hayáis realizado para los próximos números. No dudes en mandárnoslos a: forumminerva@hotmail.com. Con tu ayuda avivaremos el sentimiento literario del Atenea.
ENAMORADOS:
Mi corazón siente cosas que la razón no entiende.
Cuando veo tu sombra a lo largo del pasillo
imagino tu boca, tu nariz, tus ojos…
Y siento cómo tu piel roza con mi piel, suave.
No quiero amores sin corazón, sin más razón.
Quiero que me expliques lento, muy lento
dónde me llevarás y harás de dos cuerpos uno.
Quiero que me lleves allí,
donde el tiempo no pasa para nosotros,
donde vuelan las penas y me abarcan las alegrías.
Quiero decirte que te pierdo en cada suspiro,
que en las pupilas de mis ojos sólo hay sitio para ti,
y aunque el futuro te depare hacia otro camino,
sólo recuerda lo que pasamos, lo que reímos,
lo que lloramos, pero eso sí… ENAMORADOS.
Marta Acero (2º Bachillerato Ciencias)
Y todavía siento su mano agarrando fuertemente la mía, lo prometió, prometió no volver hacerlo y ahora su dulce voz desaparecía en el oscuro silencio. No, grité, pero de nada sirvió, su perfume ya no rozaba mi nariz erizándome el vello del cuerpo, ni su sonrisa lograría volver a cerrar aquel manantial que de nuevo me invadía. Tan solo su delgado cuerpo yacía inerte entre mis brazos y su rígida y sólida expresión la concedía un aspecto demacrado.
Un simple y leve pestañeo, fue suficiente para que la enfermedad acabase con ella, para que la muerte viniera y la borrara de la memoria de todo aquel que alguna vez en vida debió de conocerla.
Y sin embargo, todavía recuerdo la primera vez que la vi, como la brisa jugaba con su rizado y dorado cabello, mientras el aire susurraba palabras sensuales. Recuerdo, aquellos pantalones azules ajustados a sus piernas y aquella camisa roja de botones negros que tan disimuladamente escondía sus preciosas curvas.
Nunca olvidaré la sonrisa que tras verme me dibujó, de hecho, puedo afirmar que vi la alegría asomarse entre las comisuras de sus finos labios.
Y de su mirada, y qué decir tiene que creí haber visto toda la felicidad que era posible, hasta que la conocí. Estúpido de mí que me quedé atrapado bajo la luminosidad de sus verdes ojos.
Quizás una simple moda, un anuncio, un chico… o tal vez una mala amiga, una báscula, un espejo… o, fuese lo que fuere terminó con su risa, con su felicidad, con los buenos momentos que pasábamos acompañados de la mano, el uno junto al otro, mirándonos, sonriéndonos, besándonos, sumergidos en el mismo mundo, en nuestro mundo, en nuestro sueño.
Y también lo que acabó con los paseos que, durante largas horas dábamos por el parque. Al principio, tomando un helado, ella de fresa, yo de vainilla, pero luego su vacía mano se negaba a cogerlo, la llevaba cerrada en un puño, maldiciendo palabras inaudibles, llenas de sufrimiento… mientras la otra forcejeaba con la mía.
Me maldigo por no haberme dado cuenta antes, por haberlo sabido cuando su delicado cabello empezó a perder brillo, a caerse... porque comenzó a vestir de negro, a encerrarse, a no salir, a llorar…
Me culpo, por no haberla ayudado todas las noches en que vomitaba a escondidas, por no haberla obligado a parar cuando llevaba tres horas andando, por no decirla que comiese cuando ella no quería… Tonto de mí que no me di cuenta de que no se quería.
Y aún así ella era capaz de mover aquel huesudo cuerpo que la estaba costando la vida, de verse en el espejo como aquella chica odiada por la moda, por los anuncios, por los chicos…
Me prometió no volver hacerlo, que no permitiría que cayese en la enfermedad…Inocente de mí que me creí su promesa…
Y pronto, empezó a rehusar mi mirada y a creerse que ya no la quería. Ni siquiera las visitas al psicólogo, ni las tardes dialogadas, ni las noches en el observatorio sirvieron para nada. Aquella obsesión podía con todo, todo, hasta con su vida, y dejó campo abierto para que la enfermedad se acomodase en ella.
Hasta que un día la ambulancia vino a buscarla, se la llevaron, se llevaron a mi princesa, a mi alegría, a mi felicidad… Fui a verla, tarde tras tarde, en aquel pequeño cuarto acompañado de un sonido rítmico y constante, de un olor a escayola, a medicinas, a tristeza…ante él se abría una gran cama y en ella, un cuerpo prácticamente inerte que apenas, lograba levantar un bulto entre las sábanas.
Recuerdo la imagen de su cuerpo enredado con una maraña de tubos, de su piel pálida y de sus frías manos.
Y a su despertar no tuve valor para decirla lo bien que se pondría, ni de que saldría adelante de esta, porque mi sangre se congeló en mis venas y mi respiración comenzó a entrecortarse. Ni siquiera pude articular un: te quiero, ya que me faltaban fuerzas.
No quería que me viese llorar, y créeme me costaba, las lágrimas asomaban con toda la rabia, odio y pena de entre mis ojos mientras que de mi garganta un nudo de tristeza se apoderaba.
Te quiero, la susurré al oído, mas mi voz sonó temblorosa, monótona, casi inaudible, llena de dolor, culpabilidad y venganza.
Y yo a ti también me murmuró bajito, pero aún así yo lo oí.
¿Por qué, porque hiciste todo esto si yo te quería tal y como eras, y mírate ahora?
Ya… pero no sé porque lo hice… Me contestó, la escuché perfectamente, es más, pude ver su mirada alegre, con aquel brillo en sus verdes ojos tal y como la primera vez que la conocí…y por mucho que la enfermera me dijese que estaba en coma, yo no la creía.
Y así día tras día, ramo tras ramo, la visitaba al hospital, esperando tener alguna que otra conversación con ella o, simplemente a que despertara de aquel coma que decía estar la enfermera. Pero no regresó a la realidad, ni volvió a dar aquellos largos paseos por el parque agarrada de mi mano, ni a lucir esa sonrisa que tan cruelmente había encerrado bajo llave, ni tan siquiera a decirme lo mucho que lo sentía… porque esa misma tarde, la tarde en que yo la compré una camisa, en que por fin dejé de sentirme culpable, en la que, según los médicos, iba a despertar del coma… falleció Y cuando murió su pequeño corazón dejó de latir, dejando que la sangre se congelase en sus venas. Sus verdes ojos dejaron de brillar, al mismo tiempo en que lo que quedaba de su preciosa sonrisa se borró para siempre.
Ni un adiós, ni un lo siento pudo ser escuchado por mis oídos, porque perdí la razón, quería irme con ella, solo deseaba que los dos fuéramos una misma persona que supiera disfrutar la eternidad que concedía la muerte… Y ahora estaba solo, solo porque aquella enfermedad se la llevó, se llevó a mi princesa apagando cualquier motita de felicidad que hubiera en ella.
Lo prometió, prometió no volver hacerlo y ahora su dulce voz desaparecía en el oscuro silencio…
Teresa Muñoz (3º C)
