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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958) |
Nacido en Moguer (Huelva), Juan Ramón Jiménez se
dedicó de manera absoluta a su obra creativa, que fue componiendo
y revisando incesantemente hasta su muerte en 1.958. La poesía
constituyó el sentido de su vida, con el deseo de crear belleza
perdurable frente a la angustia de la vida abocada a a la muerte. Él
mismo dividió en tres las etapas de su producción
poética:
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Etapa sensitiva (1898-1915)
Los primeros libros de Juan Ramón Jiménez,
fuertemente influidos por G. A. Bécquer, el Simbolismo
francés y el Modernismo hispanoamericano, pueden caracterizarse
como plenamente modernistas. Los paisajes evocados, poco
reales, simbolizan los estados de ánimo, como en algunos
poemas de Soledades de Antonio Machado. Sentimientos
nostálgicos
y melancólicos pueblan los parques y jardines otoñales
a la hora del crepúsculo, en versos llenos de musicalidad
y ensueños de amor.
Una misma atmósfera de melancolía y sensualidad
está presente en Arias tristes (1903) y Jardines
lejanos (1904). Con Estío (1916) comienza la superación
del Modernismo, mediante la utilización de un lenguaje
depurado.
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Etapa intelectual (1916-1936)
El libro Diario de poeta y mar (publicado primero en 1916
con el título de Diario de
un poeta recién
casado) marca el nuevo rumbo. El mar, incesante e inabarcable,
en cuya inmensidad el hombre está solo, se constituye
en un símbolo de la vida. Los poemas de está etapa
no tienen ya anécdota ni carga sentimental, y buscan
la eternidad y la trascendencia en la belleza que el poema
crea. Se suprime la musicalidad del verso y casi todos
los demás elementos modernistas. El objetivo es
expresar lo puro y esencial, y crearlo al expresarlo.
Eternidades (1918), Belleza (1917-1923) y La
estación
total (1923-1936) son jalones de este proceso. Este último
título, que contiene los últimos poemas escritos
en España, resume en la figura del niño-Dios-creador
lo que Juan Ramón Jiménez cree haber hallado
en este camino de superación incesante, pero también
su egocentrismo.
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Etapa última y verdadera (1937-1958)
De convicciones republicanas, aunque muy lejana su aristocracia
intelectual de los fenómenos populistas que la Guerra
Civil suscitó, Juan Ramón Jiménez se
exilió de España, a la que nunca volvería.
En Estados Unidos y, finalmente, en Puerto Rico, donde murió,
continuó ahondando en una poesía casi sin retórica
ni musicalidad, siempre a la búsqueda de la belleza
y la perfección. El largo y complejo poema en prosa
Espacio es una conspicua muestra de ello.
Dicha búsqueda creadora lo lleva a identificar la figura del poeta con
la de Dios: la trascendencia se alcanza ahondando en sí mismo (Animal
de fondo, 1949). La Tercera Antolojía* Poética (el
autor practicaba una personal reforma ortográfica) recoge los mejores
poemas de esta época.
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SOLEDAD
En ti estás todo, mar,
y sin embargo,
¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!
Abierto en mil heridas, cada instante,
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.
Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late y no lo siente...
¡Qué plenitud de soledad, mar sólo!
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