Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que Bernardino era un niño mimado. Bernardino vivía con sus hermanas mayores, Engracia, Felicidad y Herminia, en “Los Lúpulos” en una casa grande, rodeada de tierras de labranza y de un hermoso jardín, con árboles viejos agrupados formando un diminuto bosque, en la parte lindante del río. La finca se hallaba en las afueras del pueblo, y , como nuestra casa, cerca de los grandes bosques comunales. […]

Bernardino era muy delgado, con la cabeza redonda y rubia. Iba peinado con un flequillo ralo, sobre sus ojos de color pardo, fijos , huecos, como si fueran de cristal. A pesar de vivir en el campo, estaba pálido, y también vestía de un modo un tanto insólito. Era muy callado, y casi siempre tenía un aire entre asombrado y receloso, que resultaba molesto. Acabábamos jugando por nuestra cuenta y prescindiendo de él, a pesar de comprender que eso era bastante incorrecto. Si alguna vez nos lo reprochó el abuelo, mi hermano mayor decía:

-Ese chico mimado… No se puede contar con él.

Verdaderamente no creo que entonces supiéramos bien lo que quería decir estar mimado. […]

Los chicos del pueblo y de las minas lo tenían atravesado. Un día, Mariano Alborada, el hijo del capataz, que pescaba con nosotros en el río a la hora de la siesta, nos dijo:

-  A ese Bernardino le vamos a armar una […]

Están ya en eso Lucas Amador, Gracianín y el Buque…¿Queréis vosotros?

Mi hermano se puso colorado hasta las orejas:

-  No sé –dijo-. ¿Qué va a ser?

-  Lo que se presente -contestó Mariano, mientras sacudía el agua de sus alpargatas, golpeándolas contra la roca-. Se presentará, ya veréis.

Sí. Se presentó. Claro que a nosotros nos cogió desprevenidos, y la verdad es que fuimos bastante cobardes cuando llegó la ocasión. Nosotros no odiamos a Bernardino, pero no queríamos perder la amistad con los de la aldea, entre otras cosas porque hubieran hecho llegar a los oídos del abuelo andanzas que no deseábamos que conociera. Por otra parte, las escapadas con los de la aldea eran una de las cosas más atractivas de la vida de las montañas.

Bernardino tenía un perro que se llamaba “Chu”. El pero debía de querer mucho a Bernardino, porque siempre le seguía saltando y moviendo su rabito blanco. El nombre de “Chu” venía probablemente de Chucho, pues el abuelo decía que era un perro sin raza y que maldita la gracia que tenía. Sin embargo, nosotros le encontrábamos mil, por lo inteligente y simpático que era. Seguía nuestros juegos con mucho tacto y se hacía querer en seguida. […]

Una tarde en que mi abuelo nos llevó a “Los Lúpulos” encontramos a Bernardino raramente inquieto.

-  No encuentro a “Chu” –nos dijo-. Se ha perdido, o alguien me lo ha quitado. En toda la mañana y en toda la tarde que no lo encuentro…

-  ¿Lo saben tus hermanas? –le preguntamos.

-  No –dijo Bernardino-. No quiero que se enteren. […]

-  Vamos a buscarlo –le dijo mi hermano.

Bernardino dudó un momento. Le estaba terminantemente prohibido atravesar el muro que cercaba “los Lúpulos”, y nunca lo hacía. Sin embargo, movió afirmativamente la cabeza. […]

Levantamos la cabeza y vimos a Mariano Alborada. Detrás de él estaban Buque y Gracianín. Todos llevaban juncos en la mano y sonreían de aquel modo suyo, tan especial. Ellos sólo sonreían cuando pensaban algo malo. [...]

Habían atado a “Chu” por las patas traseras y le habían arrollado una cuerda al cuello, con un nudo corredizo. Un escalofrío nos recorrió: ya sabíamos lo que hacían los de la aldea con los perros sarnosos y vagabundos. Bernardino se paró en seco, y “Chu” empezó a ladrar tristemente. Pero sus aullidos no llegaban a “Los Lúpulos”. Habían elegido un buen lugar.

-Si nos das algo que nos guste –dijo Mariano- te devolvemos a “Chu”. […] Bernardino estuvo un momento pensativo. Luego se desabrochó la blusa y se desprendió de la medalla de oro. Se la dio.

De momento , Mariano y los otros se quedaron como sorprendidos. Le quitaron la medalla y la examinaron.

-Esto no –dijo Mariano-. Luego nos la encuentran y …¡ Eres un mal bicho! ¿Sabes? ¡Un mal bicho! […]

-Si te dejas dar de veras tú, en vez del chucho…

Todos miraron a Bernardino, asustados.

-No… -dijo mi hermano.

Pero Mariano nos gritó:

-¡Vosotros a callar, o lo vais a sentir…! ¿Qué os va en esto? ¿Qué os va…?

Fuimos cobardes y nos apiñamos los tres juntos a un roble. Sentí un sudor frío en las palmas de las manos. Pero Bernardino no cambió la cara. (“Ese pez…”, que decía mi hermano.) Contestó:

-Está bien. Dadme de veras.[…]

Buque le sujetó las manos a la espalda, y Mariano dijo:

- Empieza tú, Gracianín…

Gracianín tiró el junco al suelo y echó a correr lo que enfureció más a Mariano. Rabioso, levantó el junco y dio de veras a Bernardino, hasta que se cansó.

A cada golpe mis hermanos y yo sentimos una vergüenza mayor. Oíamos los aullidos de “Chu” y veíamos sus ojos, redondos como ciruelas, llenos de un fuego dulce y dolorido que nos hacía mucho daño. Bernardino, en cambio, cosa extraña, parecía no sentir el menor dolor. Seguía quieto, zarandeado solamente por los golpes, con su media sonrisa fija y bien educada en la cara. También sus ojos seguían impávidos , indiferentes. (“Ese pez”, “Ese pavo”, sonaba en mis oídos.)

Cuando brotó la primera gota de sangre Mariano se quedó con el mimbre levantado. Luego vimos que se ponía muy pálido. Buque soltó las manos de Bernardino, que no le ofrecía ninguna resistencia, y se lanzó cuesta abajo, como un rayo. […]

Bernardino se acercó a “Chu”. A pesar de las marcas del junco, que se inflamaban en su espalda, sus brazos y su pecho, parecía inmune, tranquilo y altivo, como siempre. Lentamente desató a “Chu”, que se lanzó a lamerle la cara, con aullidos que partían el alma. Luego, Bernardino nos miró. No olvidaré nunca la transparencia hueca fija en sus ojos de color de miel. Se alejó despacio por el caminillo, seguido de los saltos y los aullidos entusiastas de “Chu”.[…]

Le seguimos procurando no hacer ruido.

Echado boca abajo, medio oculto entre los mimbres, Bernardino lloraba desesperadamente, abrazado a su perro.

Tomás Rodríguez Sánchez, Jóvenes protagonistas, Ed. Castalia

 

 

BERNARDINO