En aquel instante, sonó la Sirena de la Niebla. Tranquilo, McDunn dijo:
-Me he inventado esta historia para intentar explicar la razón por la que ese ser viene al faro todos los años. Creo que la Sirena de la Niebla le llama, y él obedece a la llamada.
-Pero...
-¡Chiiiist...! ¡Ahí viene! -dijo McDunn.
Y, con un movimiento de la cabeza, me indicó las Profundidades.
Tal como he dicho, era una noche fría. La alta torre estaba fría, mientras la luz giraba y giraba, y la Sirena de la Niebla llamaba y llamaba a través de la móvil niebla.
Algo avanzaba nadando hacia el faro.
La vista sólo veía las cosas cercanas, y las veía borrosas. Pero allí estaba el mar, moviéndose hacia la tierra nocturna, plana, silenciosa, el mar color gris barro, y allí estábamos nosotros dos, solos en la alta torre, y a lo lejos, en un principio, había en el agua un temblor, seguido de una ola, un alzamiento del agua, una burbuja, un poco de espuma. Y, luego, de la superficie del mar frío salió una cabeza, una gran cabeza oscura, con ojos inmensos, y luego el cuello. Y después -no un cuerpo- sino más y más cuello salió del agua. La cabeza se alzó más de quince metros sobre las aguas, y el cuello era delgado, hermoso, de color oscuro. Y sólo entonces surgió el cuerpo, como una isla pequeña, una isla de conchas, mariscos y coral negro, procedente del mundo subterráneo. Vi el destello de la cola agitándose. Calculé que, desde la cabeza a la punta de la cola, el monstruo medía unos treinta metros.
Ignoro lo que dije, pero algo dije.
-¡Calma, muchacho, calma...! -musitó McDunn. -¡Es imposible! -dije.
-No, Johnny, nosotros somos los imposibles. Este
ser sigue siendo igual que era hace diez millones de años. El no ha cambiado. La tierra y nosotros sí hemos cambiado, nos hemos convertido en realidades imposibles. Sí: ¡Nosotros!
Nadaba lentamente, con majestad gris oscura, en las aguas heladas, a lo lejos. La niebla se movía a su alrededor, haciendo imprecisas sus formas. Uno de los ojos del monstruo quedó iluminado por nuestro inmenso faro, retuvo la luz y la reflejó, en blanco, en rojo, en blanco, en rojo, como un disco elevado en el aire, enviando un mensaje en una clave antidiluviana. El monstruo era tan silencioso como la niebla por entre la que nadaba.
Agarrado a la barandilla, me agazapé, y dije: -¡Pertenece a la especie de los dinosaurios! -Sí, es de esta tribu.
-¡Pero murieron todos!
-No, no murieron, se limitaron a esconderse en las Profundidades, en las más profundas Profundidades.
¡Qué palabra, Johnny! Es una verdadera palabra, una palabra que dice muchas cosas: las Profundidades. Esta es la palabra en la que se encuentra toda la frialdad, la oscuridad y la profundidad del mundo.
-¿Qué hacemos?
-¿Hacer? Tenemos una misión que cumplir, no podemos irnos. Además, aquí estamos más seguros que a bordo de una embarcación, camino de la costa. Este ser tiene el tamaño de un buque de guerra, de un destructor, y desarrolla casi la misma velocidad.
-Pero, ¿por qué viene al faro? y en el instante siguiente supe la respuesta. Sonó la Sirena de la Niebla.
Y el monstruo le contestó.
A través de millones de años, a través del agua y de la niebla, nos llegó un grito. Un grito tan angustiado y desolador que estremeció mi cabeza y cuerpo. El monstruo gritaba a la torre del faro. Sonó la Sirena de la Niebla. El monstruo volvió a rugir. El monstruo abrió su gran boca dentada, y el sonido que de ella salió era idéntico al sonido de la Sirena de la Niebla. Un sonido vasto, lejano y desolado. El sonido del aislamiento, del mar ciego, de la noche fría, de la soledad. Así era.
McDunn musitó:
-¿Comprendes ahora por qué viene? Afirmé con la cabeza.
-Durante todo el año, Johnny -me explicó McDunn-, este pobre monstruo yace muy lejos, en el mar, a cientos de kilómetros, quizás a treinta kilómetros de profundidad... Criatura solitaria... Piensa un poco: ha esperado millones de años. ¿ Podrías tú esperar durante tanto tiempo? Quizá sea el último ejemplar de su especie. Y me parece que sí, que es el último. Pero he aquí que hace cinco años, vinieron los hombres y construyeron este faro. Y montaron en él la Sirena de la Niebla, y la Sirena comenzó a sonar y a sonar, dirigiendo el sonido hacia el lugar en el que el monstruo se sumergió en el sueño y en marinos recuerdos de un mundo en el que había miles de seres iguales a él. Pero ahora está solo, en un mundo que no es para él, en un mundo que le obliga a ocultarse. Y el sonido de la Sirena de la Niebla nace y se extingue, nace y se extingue, y él rebulle en el embarrado lecho de las Profundidades, y sus ojos se abren como los objetivos de dos cámaras fotográficas de medio metro cada una, y comienza a moverse, despacio, muy despacio, ya que sobre su espalda pesa todo el océano. Pero el clamor de la Sirena de la Niebla llega a través de miles de kilómetros de agua, vago y conocido, y al monstruo se le enciende el horno que lleva
Ray Bradbury, Cuentos del futuro, Ed. Lumen
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