Cuando hacía buen tiempo, dábamos clase al aire libre. Había junto a la escuela un campito rodeado de robles, que tenía, la misma forma que el cuenco de la mano. Llevábamos allí las pizarras pequeñas, los pizarrines, los cuadernos, los lápices, a veces la regla, y el compás, que tenía la punta atada con un hilo. Éste era el material escolar. Nosotros llevábamos aparte, el tiratacos, el juego de cartas, el trompo y las bolas de barro pintadas de azul o de verde para cambiárselas a los más pequeños por las de cristal…
Dos o tres de los mayores transportaban un pupitre para que se sentara el maestro y nosotros nos sentábamos en el suelo. El maestro se sentaba detrás del pupitre con la varita de mimbre en la mano, o andaba por allí de un lado para otro mirando las pizarras o contándonos para averiguar si alguno se había marchado al río.[...]
Una tarde, Ramiro me hizo una seña con la cabeza, desde allá atrás, junto a los robles. Yo dejé la Historia Sagrada en el suelo y me acerqué a la mesa del maestro.
Crucé los brazos y con la cara más inocente y la voz más baja y dulce que pude sacar, le dije:
¿Al retrete, un momento?
El maestro bajó la cabeza [...] Me miró insistentemente durante largo rato y luego me hizo una señal con la cabeza, como si dijera “vete”. Yo me fui hacia los árboles.
Desde allí nos escurrimos rápidamente hasta lo del maíz, alto, y lleno de espigas y bigotes.[...] El río estaba rodeado de árboles altos y viejos y de pequeños arbolitos y de zarzas y toda clase de hierbas que formaban como unas murallas compactas e impenetrables. Sin decir una palabra , Ramiro empezó a desnudarse[...]
-¡Cómo vamos a ir así, con la cabeza mojada! –estallé yo.
Ramiro se echó a reír como divertido.[...]
En la pequeña hondonada, a la sombra de los cuantiosos robles, no había ni un alma. Nadie. Llegamos allí Ramiro y yo y nos quedamos paralizados, asombrados, indecisos.
¿Qué habrá pasado aquí? –se le ocurrió decir a Ramiro en voz baja.
Yo empecé a sospechar lo peor.
Esto es por nosotros, estoy seguro –dije-. Se habrá dado cuenta y algo ha
pasado.
Dentro de la escuela tampoco había nadie. Con que cogimos y nos fuimos acercando a la plazuela y a las casas.[...]
En aquel momento, salían de la casa varios niños y compañeros de la escuela, callados como muertos o llorando.
Le preguntamos a Evaristo, el de la dulcería, que era uno de los que salían , y nos dijo que el maestro la diñaba, que estaba tan campante preguntando lo de Josué yn que, de repente, se levanta con la cara blanca , se lleva las manos a la garganta y se cae al suelo de narices.
Tomás Rodríguez Sánchez, Jóvenes protagonistas, Ed. Castalia