El quinto planeta era muy extraño. Era el más pequeño de todos. Había apenas lugar para alojar a un farol y un farolero. El principito no lograba explicarse para qué podían servir, en algún lugar del cielo, en un planeta sin casa ni población, un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo a sí mismo:

-Tal vez este hombre es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, que el vanidoso, que el hombre de negocios y que el bebedor. Por lo menos su trabajo tiene sentido. Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella más, o una flor. Cuando apaga el farol, hace dor­mir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy linda. Es verdaderamente útil porque es linda.[...]

EL PRINCIPITO (capítulo XIV, XV...)

Y apagó el farol.

Este, se dijo el principito mientras proseguía su viaje hacia más lejos, éste sería despreciado por todos los otros, por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Sin em­bargo, es el único que no me parece ridículo. Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo.

Suspiró nostálgico y se dijo aún:

-Este es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es verdaderamente de­masiado pequeño. No hay lugar para dos...

El principito no osaba confesarse que añoraba a este bendito planeta, sobre todo, por las mil cuatrocientas puestas de sol, ¡cada veinticuatro horas!

El sexto planeta era un planeta diez veces más vasto. Estaba habitado por un Anciano que escribía enormes libros.

- ¡Toma! ¡He aquí un explorador! -exclamó cuando vio al principito.

El principito se sentó sobre la mesa y resopló un poco. ¡Había viajado tanto!

El séptimo planeta fue, pues, la Tierra.La Tierra no es un planeta cualquiera. Se cuentan allí ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores.

Para daros una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invención de la electricidad se debía mantener, en el conjunto de seis continentes, un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros.

Vistos desde lejos hacían un efecto espléndido. Los movimientos de este ejército estaban organizados como los de un ballet de ópera. Primero era el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia. Una vez alumbradas sus lamparillas, se iban adormir. Entonces entraban en el turno de la danza los faroleros de China y de Siberia. Luego, también se escabullían entre los bastido­res. Entonces era el turno de los faroleros de Rusia y de las Indias. Luego los de Africa y Europa. Luego los de América del Sur. Luego los de Amé­rica del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrada en escena. Era grandioso.

Solamente el farolero del único farol del Polo Norte y su colega del único farol del Polo Sur llevaban una vida ociosa e indiferente: trabajaban dos veces por año.

 

Cuando se quiere ser ingenioso ocurre que se miente un poco. No he sido muy honesto cuando hablé de los faroleros. Corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a quienes no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco lugar en la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que pueblan la Tierra se tuviesen de pie y un poco apretados, como en un mitin, podrían alojarse fácilmente en una plaza pública de veinte millas de largo por veinte millas de ancho. Podría amontonarse a la humanidad sobre la más mínima islita del Pacífico.

Las personas mayores, sin duda, no os creerán. Se imaginan que ocupan mucho lugar. Se sienten importantes como los baobabs. Les aconsejaréis, pues, que hagan el cálculo. Les agradará porque adoran las cifras.

Antoine de Saint- Exupéry, El principito,Alianza Emecé