Hace años vivía en las tierras del sur junto a mis padres y viejos amigos a los que hoy todavía echo de menos y procuro volver a ver tan a menudo como me es posible. No era feliz, pero tampoco desgraciada. Tenía grandes ideales, pero sabía disfrutar de las cosas pequeñas.
»Una noche estaba sentada en la playa, disfrutando del olor y el sonido del mar, cuando miré al cielo y vi una estrella que brillaba más que el resto. Pasados unos instantes no podía apartar la vista de ella. Su belleza, el resplandor que emitía, me cautivaba como nada antes lo había hecho.
»La estrella empezó a moverse lentamente, y al cabo de un rato me invadió el temor de que desapareciese de mi vista. Comencé a caminar tras ella. La seguí sin descanso abandonada al deseo de alcanzar aquella extraña maravilla y fundirme con ella. Pasado un tiempo, las tierras llanas se convirtieron en la ladera de una montaña, pero eso no detuvo mi paso. Seguí avanzando, impulsada por la magia que llegaba a mí del cielo en forma de luz, hasta que finalmente alcancé la cumbre. La estrella se detuvo justo encima y allí permaneció, envolviéndome con su resplandor.
»Durante largo tiempo permanecí en aquella cima, sintiéndome completa en mi extraña comunión con aquella estrella que me cautivaba, en una noche sin final. Al principio me preguntaba por qué no amanecía nunca, por qué no llegaba la luz del sol a aquella cumbre. Pero cuando contemplaba aquella estrella, las preguntas desaparecían de mi mente.
»Pasado un tiempo -meses, años, perdí la noción-, mis ojos comenzaron a sentirse cansados de mirar la estrella. La luz poco a poco perdía su brillo. Y cuando me empecé a preguntar si había llegado el momento de volver a las tierras llanas, grandes nubes grises llenaron el horizonte. Los truenos retumbaban en mis oídos y los relámpagos me cegaban. La tormenta no llegó a cubrir la montaña, sino que permanecía como una oscura alfombra pocos metros debajo de donde me encontraba.
»Carecía de la resolución suficiente para atravesarla, así que me quedé esperando en la cumbre. Poco a poco comenzó a descender la temperatura, hasta que finalmente todo era hielo a mi alrededor. Y así permanecí durante largo tiempo -meses, años, otra vez- en aquel paraje muerto hasta llegar a creer que yo también era hielo.
»Un día oí lejanas voces. Yo estaba convencida de que nada podría perturbar la vida de aquella olvidada montaña. Impulsada por un instinto que ya creía olvidado, descendí por la ladera hasta vislumbrar a través de las eternas nubes una figura humana, un hombre que parecía ignorar los rayos. Ambos nos acercamos más, hasta que logré agarrar la mano que me tendía.
»No fue fácil descender, pero su determinación bastó para dejar atrás la tormenta. Al pie de la montaña me di cuenta de que mi piel ya no era dorada como cuando era niña. Con el transcurrir del tiempo, el hielo había penetrado en mi piel hasta convertirse en parte de mí. La luz del sol, maravillosa después de tanto tiempo, casi no lograba penetrar en ella. Pero comprendí que también me había ayudado a atravesar la tormenta. Pensé que no sería difícil acostumbrarse a aquella nueva piel.
»Aquel hombre, sin embargo, no mostró extrañeza ante mi apariencia. Ni siquiera pareció darle importancia. Sentí un reconfortante sentimiento, mezcla de gratitud y de esperanza. Y, sin soltar su mano, le seguí.
»Y este es el fin de esta poco ortodoxa historia"
Ricardo Ceballos, La piel de cristal , cervantesvirtual.com