Hace mucho tiempo, cuando la tierra era joven y los animales la poblaban por completo, vivía en una de las islas japonesas un matrimonio de ancianos campesinos que habían tenido la desgracia de perder a sus hijos; pero, en medio de su tristeza, les quedó la alegría de su nieto, al que criaban y educaban con todo el cariño que todos los abuelos del mundo dan a sus nietos. Cada noche, después del duro día de trabajo y de la cena que preparaba la abuela, el anciano, sentado junto al fuego, contaba historias hasta que el pequeño se dormía, y contestaba a las mil preguntas que el niño hacía con la curiosidad insaciable que es obligación de todos los niños y tormento de abuelos, padres y maestros en todos los tiempos y países. Era una escena cotidiana, agradable y hogareña, que nadie podía pensar que influyera en el futuro de un ser tan poderoso como el tigre.
Una noche de perros en la que llovía a cántaros y hacía un frío polar estaba el anciano, como siempre, respondiendo a las preguntas de su nieto como buenamente podía, con una especial alegría pues, tras muchos esfuerzos, había podido comprar un caballo que le ayudara en los trabajos del campo.
-Abuelo San, de todo lo que hay en el mundo, ¿qué es lo más espantoso?
-Hay muchas cosas muy peligrosas -contestó el abuelo dándose tiempo para pensar en la respuesta más adecuada-. pero quizás la más temible sea el Ladrón, pues te puede quitar de improviso toda tu fortuna, ya sea ésta grande o pequeña.
Lo que no sabía el buen anciano es que, sobre el tejado de su casa, estaba escondido un ladrón que, enmascarado por el ruido de la lluvia, había trepado allí para esperar la ocasión y robar el caballo. Como no era muy listo, el ladrón creyó que la respuesta del anciano se refería a él y, muy orgulloso, pensó:
-Ya sabía yo que soy el mejor, mira este pobre viejo que me considera lo más terrible del mundo. Siempre supe que terminaría siendo célebre como el mejor ladrón del reino -y se acurrucó intentando guarecerse de la lluvia como mejor podía hasta que todos se durmieran.
Pero la conversación junto al fuego seguía.
-Claro, que entre los animales hay también algunos terribles. El más peligroso, sin duda, es el lobo, pues puede comerse a los demás animales e incluso, dicen, a los hombres.
Tampoco sabía el anciano que bajo el suelo de madera de la veranda de su casa se había escondido un formidable lobo, atraído por el olor del caballo joven y tierno.
-Vaya, vaya, por fin alguien reconoce mi poder. Naturalmente que soy el más temible de los animales, aunque ellos no se den cuenta -pensó el lobo, que era muy vanidoso.
Entonces intervino la abuela, que había estado callada toda la noche.
-Pero hay algo más espantoso que el ladrón y el lobo -dijo.
-¿Qué es, abuela San?
-La gotera -le contestó señalando una que había en el techo.
En ese momento el ladrón, que se había sobresaltado al oír que había alguien, cuyo nombre era Gotera y del que nunca había oído hablar, que era más espantoso que él, cayó del tejado, y rompió el suelo bajo el que estaba escondido el lobo, que también se había asustado al saber que había alguien más temible que él. Cayó el ladrón sobre los lomos del lobo, que, creyéndose asaltado por la temible Gotera, que no sabía lo que era, echó a correr aterrado. Sin embargo, en su carrera no se pudo deshacer del ladrón, que se creía arrastrado por la terrible Gotera, y no estaba dispuesto a darle ocasión de comerle, así que se agarró como una lapa a los lomos del lobo.
Así recorrieron un largo camino, hasta que llegaron a la cueva donde todos los animales del bosque se resguardaban de la lluvia. Entró el lobo corriendo aterrado y se adentró en la cueva hasta donde había un hoyo muy profundo al que consiguió echar al ladrón.
-Me ha atacado lo más terrible del mundo: la Gotera. Ha sido espantoso -contó el lobo, temblándole la voz.
Su historia aterró a todos los animales del bosque, que tampoco sabían qué era la Gotera, excepto el mono, que sí lo sabía. Intentó explicarlo el mono, pero el lobo le dijo: -Para usted es fácil decir todo eso, porque no ha tenido sus atroces garras arrancándole la piel. Y los demás animales le dieron la razón.
-Mire, señor lobo, en ese hoyo no hay nada, y para demostrárselo vaya a meter mi cola en él. Si hubiera algo, se agarraría a ella para intentar escapar.
Y así lo hizo. Naturalmente el ladrón, que no encontraba la manera de salir del agujero, se agarró a la cola del pobre mono con tal fuerza que se la rompió.
Entonces, los animales reunidos en tomo al mono herido y asustado, comenzaron a deliberar qué podrían hacer. Sin embargo, todo lo que se les ocurrió fue:
-No podemos vivir en un país en el que vive semejante criatura. Estamos expuestos a sus ataques y no nos podemos defender de ella. Vayámonos a tierras más tranquilas donde no tengamos que convivir con peligros tan enormes como la Gotera.
Acordaron que todos se irían de Japón, sin recordar que Japón es una isla, bueno, muchas islas, y que tendrían que nadar mucho tiempo antes de encontrar tierras mejores o peores. Ninguno de ellos se atrevió a hacerlo, salvo el más fuerte y poderoso: el tigre. Se echó al mar y empezó a nadar hasta que mucho tiempo después llegó a la India. Por eso no hay tigres en Japón y por eso la cola de los monos japoneses es corta.
Luis Caeiro "Cuentos y tradiciones japonesas" Ed. Hiperión