El viejo Sultán

 

Érase una vez un perro viejo que durante toda su vida había vivido con un labrador vigilando su granja. Cuando se hizo viejo, no oía bien y apenas veía, y a veces ocurría que se acercaba alguien y no ladraba a tiempo. Y tenía que hacerlo, por si se trataba de ladrones. -La semana que viene lo mataré -decía el labrador a su mujer, pues tenía una escopeta. Pero la mujer le decía: -Es que ha vigilado tanto tiempo nuestra granja... Además siempre que venía alguien con pinta de ladrón, ladraba. Deberías dejarle vivir.

- A cambio le hemos dado siempre comida -decía el campesino-. No sirve para nada; sólo es una boca más.-Pero una vez sacó a nuestro hijo del agua y evitó que se ahogara. ¿Ya no te acuerdas? -Si no le hubiera salvado, no le habrían matado en la guerra, cuando se fue de soldado.

-¿Y no te acuerdas de cuando ardió la casa? Sultán se arrancó la cadena y estuvo a punto de morir estrangulado para despertamos. Y gracias a él, pudimos apagar el fuego.

-Apagar, apagar... -dijo el campesino-. Si el perro no nos hubiera despertado, se habría quemado todo bien quemado y el seguro nos habría pagado. Entonces podríamos habemos construido una casa con toda clase de comodidades.

Todo esto lo oyó el viejo Sultán.

-Pero no puedes matarlo -dijo la mujer-. Aquel día en que nuestro toro arremetió contra el niño cuando era pequeño, Sultán estuvo a punto de ser matado por él, pero salvó al niño.

-Bah, no digas tonterías -dijo el labrador-. Tuve que matar al toro porque el perro le había mordido. Nunca he vuelto a tener un toro igual. ¿Y has echado alguna vez la cuenta de todo lo que come? -dijo el labrador-. Le ha llegado el turno. ¿Y cuánto crees que tengo que pagar de multa si me pillan y se enteran de que no pago el impuesto sobre perros, eh?

Cuando el perro Sultán le oyó decir que comía demasiado, se fue y desapareció en los matorrales junto al riachuelo.

-Pero no puedes matarlo - dijo la mujer-. Es tan solo un animalito indefenso, igual que una persona.

- Si tuviera balas en casa -dijo el labrador- lo mataría hoy mismo.

El viejo Sultán se alimentaba del agua del riachuelo. Todas las noches se acercaba sigilosamente a la casa del labrador, pues sentía nostalgia. Y al cabo de una semana, la granja empezó a arder.

El viejo Sultán saltó hacia las llamas para despertar al labrador pero llegó tarde y se quemó. El campesino y la campesina también se quemaron.

Janosch, Janosch cuenta los cuentos de Grimm, (Ed. Anaya)