Por su rango, María
Isidra vivía muy cerca de Carlos III, quien le
había cobrado, desde niña, singular cariño;
quizá no le desagradase tampoco, a este monarca,
por aquello de que nunca amarga un dulce, y de que las
lisonjas raras veces molestan, encumbrar oficial y académicamente
a una muchacha, cuyo vivo ingenio le deparaba las flores
de los más rendidos ditirambos.
El hecho es que Carlos III quiso ver a María
Isidra académica, que para ello era preciso que
ésta se doctorase primero, y que por orden expresa
del Rey (cual consta en una esquela de mano de Floridablanca,
y en una reales cédulas) el Claustro de la Universidad
de Alcalá examinó a tan peregrina joven,
para ver “si la consideraba acreedora a la investidura
de los grados de doctora en Filosofía y Letras
Humanas”. |