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I.E.S. RAMIRO DE MAEZTU

Consejería de Educación
Historia del Ramiro

Escudo del Instituto Escuela (IE)

Residencia de Estudiantes a comienzos del siglo pasado y a la izquierda “el Canalillo”

Edificio Transatlántico ubicado en el conjunto “La Colina de los Chopos”

Primer emplazamiento del IE, cedido por la Residencia de Estudiantes
 

El Instituto-Escuela

   Las ideas e ideales de la Junta de Ampliación de Estudios, se plasmaron en una realización concreta, que se llevó a cabo en Madrid. La creación del Instituto-Escuela.

   La tarea renovadora que se había propuesto la Junta para Ampliación de Estudios en toda la esfera de la Educación culminó con la fundación del Instituto-Escuela, cuyo nombre ya indica el principal objetivo que se propuso, que iba desde su concepción, hasta la minuciosa preparación del proyecto. El nuevo centro fue construido por un selecto grupo de personas con una dedicación admirable y con una prudencia próxima a la modestia: José Castillejo, María Goyri, María de Maeztu, Luis de Zulueta especialmente, y llegó a ser uno de los grandes logros de la Historia de la Educación en España.

   Se concibió como un centro ejemplar propuesto por el Ministerio de Instrucción Pública, tal como se ha señalado, a través de la Junta para Ampliación de Estudios como responsable, con el propósito de multiplicarlo en el ámbito nacional adaptándolo debidamente, siempre que sus resultados fueran satisfactorios. Además, su proyecto pedagógico el Instituto-Escuela tenía el objetivo de dar formación a los maestros para adaptarles a métodos nuevos, que era otra de las grandes necesidades de la Educación.

Historia del Instituto Escuela durante el reinado de Alfonso XIII.

   El 10 de mayo de 1918 se publicó el Decreto de creación del Instituto-Escuela firmado por Alfonso XIII, siendo Santiago Alba ministro liberal de Instrucción Pública y Bellas Artes en el primer gobierno de “concentración nacional”.

   El 10 de julio aparece el Reglamento para su funcionamiento, lo cual parece indicar que estaba ya dispuesto por la proximidad de las fechas y por lo extenso y minucioso del documento que siempre sirvió de guía al Instituto-Escuela.

   El Reglamento está dividido en cuatro partes: la primera se refiere a los alumnos, la segunda al plan de estudios, en el cual están muy presentes los idiomas, las clases de música, la biblioteca y los deportes. El estudio de la Religión era voluntario. Entre las actividades no escolares, las excursiones, visitas a fábricas y museos. Y también, como novedad, las representaciones teatrales.

   Había residencias para los alumnos que no vivían en Madrid.

   En el Decreto de fundación se alude a “[…] la ventaja de tener ya organizado un grupo de niños y otro de niñas que podrían facilitar el ensayo […] y encontrar en el nuevo sistema el complemento que sin duda alguna su propia existencia ya reclamaba”. Se trata de la primera disposición para introducir en la enseñanza pública la coeducación.

   La tercera parte del Reglamento se refiere al profesorado, que debía ser seleccionado, orientado y controlado por representantes de la Junta para que se adaptara a los nuevos métodos y al nuevo estilo de la escuela.

   Se incorpora la figura de los profesores “aspirantes al magisterio secundario”, de cuya formación era responsable la Junta para Ampliación de Estudios, y el resultado fue excelente. Son ejemplo de ello maestros como: Manuel de Terán, María Sánchez Arbós, Carmen Castilla, Miguel Catalán, etc.

   La cuarta parte está dedicada a las instalaciones escolares, una de las preocupaciones de la Junta, ya que el Instituto-Escuela comenzó sus clases en octubre de 1918 sin edificio propio, utilizando las del Instituto Internacional, generoso colaborador de la JAE desde que en 1915 cedió uno de sus edificios a la Residencia de Señoritas, así como el uso de los laboratorios, Biblioteca y Paraninfo de la casa central en Miguel Ángel 8.

   En 1922 se comenzó la construcción de un edificio en el “Olivar de Atocha”, de aspecto convencional, no del todo concordante con los nuevos métodos propuestos por el Instituto-Escuela. Los edificios que iban a ser más representativos del espíritu que quería impulsar, serían los de “Los Altos del Hipódromo” situados cerca de la Residencia de Estudiantes y del nuevo Instituto Rockefeller de Física y Química, con proyecto de jóvenes arquitectos en la “Colina de los chopos”, como llamó Juan Ramón Jiménez a esa zona.

   El Instituto-Escuela comenzó su labor con el entusiasmo que produce un proyecto en el que se confía y por el que se trabaja con dedicación y capacidad crítica. Cada año se redactaba una Memoria.
   En 1925, con la llegada a la Universidad de los primeros alumnos se llevó a cabo una primera evaluación seria de la labor realizada y el resultado mostró su éxito, aunque también se señalaron aspectos a revisar o mejorar.

   Una de las peticiones fue la creación de un Patronato permanente compuesto en su mayor parte por padres de alumnos, entre los que estaban Menéndez-Pidal, Ortega, el doctor Calandre, María Goyri, Blas Cabrera, Álvarez Ude… y el Patronato consideró necesario un Consejo Asesor, que estuvo formado por Américo Castro, Pedro Salinas, Enrique Moles, Cándido Bolívar y Xavier Zubiri, es decir los intelectuales y científicos más destacados del momento.

   La década de los años 30 del siglo XX –que se interrumpiría bruscamente con la guerra de 1936– marca la madurez y consolidación del Instituto-Escuela, que, sin embargo, continuaba evaluando y renovando su labor tanto en la enseñanza como en las actividades o en el material escolar.

   Desde 1922 había empezado a publicarse en el Centro de Estudios Históricos la “Biblioteca literaria del Estudiante” que ofrecía a los niños y jóvenes estudiantes una cuidada selección de lo mejor de la literatura española, en unos textos accesibles a los destinatarios. Dirigió la colección Menéndez-Pidal con la valiosa y activa colaboración de María Goyri, que seleccionaba los textos y los autores más idóneos y redactaba la introducción y notas aclaratorias en los diferentes tomos. La colección llegó a tener treinta volúmenes, que abarcaban desde la Literatura Medieval a los autores contemporáneos, pasando por el siglo de Oro –lírica, prosa y teatro–, los cronistas de Indias o el mundo de las fábulas.

   La “Biblioteca del Estudiante” se convirtió en una valiosa herramienta de trabajo escolar que al mismo tiempo permitía a los alumnos conocer las fuentes de nuestra literatura y el lenguaje literario. Fue necesario hacer sucesivas ediciones, ya que los libros se usaron también fuera del Instituto-Escuela a cuyos alumnos estuvieron destinados en su origen. En el prólogo de la segunda edición Menéndez-Pidal sugiere a los maestros con todo respeto que enseñen a los niños a conocer y a disfrutar los tesoros de nuestra literatura, incluso les apunta maneras de lograrlo.

   La enseñanza de las Ciencias tuvo también un lugar importante en el Instituto-Escuela y para ayudar a los profesores que lo consideraran necesario, la Junta publicó en 1931 el libro “Exposición de la Enseñanza Cíclica de la Física y de la Química”, elaborado por Miguel Catalán y Andrés León con la experiencia adquirida en sus clases. Es una excelente guía metodológica por su orientación general y por la precisión con que se detallan los programas, horas de laboratorio y experimentos llevados a cabo en los distintos niveles.




5/20

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