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RAFAEL ALBERTI Y LAS ROZAS I Rafael Alberti ha llenado con sus versos las páginas más importantes de la poesía contemporánea. Su pertenencia a la mítica Generación del 27 lo liga al grupo de mayor esplendor poético del siglo XX, que él ha ido atravesando con una ética y dignidad ejemplares, reconocida con numerosos premios entre los que destacan el Nacional de Literatura, el Lenin de la Paz, el Nacional de Teatro y el Cervantes de Literatura. Es poco conocida la relación de Alberti con el Municipio de Las Rozas, y particularmente con este Centro, pero tenemos la suerte de poseer una de sus obras dedicada y autografiada: Entre el Clavel y la Espada, uno de sus poemarios más emblemático. Según el escritor Juan Manuel de Prada, Alberti fue escribiendo este libro en las jornadas primeras de su exilio, hospedado primeramente en la casa parisiense de Pablo Neruda y más tarde instalado en Buenos Aires, después de que una orden del mariscal Pétain lo privase de su modesto trabajo como locutor radiofónico. Entre el clavel y la espada nace de la zozobra y de la angustia, de ese asedio interior que asalta al exiliado, cuando el recuerdo de la patria gravita sobre su alma; sin embargo, en sus poemas, híbridos de dolor y exultación, florece el milagro de la esperanza. Diríase que Alberti, que tantas veces había enturbiado su pluma en los cenagales de la poesía beligerante, entendiese de repente que la misión del poeta no es otra que debelar la muerte, negar ese "olor de sangre pisoteada" que trata de cegar el "aroma a jardines, a amanecer diario, a vida fresca, fuerte, inexpugnable". En los versos de Entre el clavel y la espada nos tropezamos con un poeta que quiere sobrevivir a la derrota de sus ideas ("una ardiente verdad desmantelada") y a la nostalgia fúnebre que le inspira su país, ese toro alimentado con "pastos amargos, / yerbas con sustancia de muertos, / negras hieles / y clara sangre ingenua de soldado". Entre sus páginas, encontramos el revoloteo aturdido de aquella paloma que se equivocaba, y también esos doce "Sonetos corporales" que sirven de atrio al libro, en los que la carnalidad luminosa que siempre incendió la poesía albertiana triunfa sobre los "tiempos de horror en que la sangre habita / obligatoriamente separada / de la linde natural de su terreno". También existen dos documentos más dedicados a Las Rozas, donde el poeta comenta que es una ciudad que conoce desde la guerra civil y que la visita frecuentemente, sintiéndose orgulloso de tener una calle dedicada en el municipio. Asímismo manifiesta que considera a los habitantes de Las Rozas sus amigos y les dedica sus mejores deseos |
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