Metodología para el desarrollo de un currículum intercultural de Ciencias Sociales
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Queremos concretar nuestra propuesta metodológica en una serie de principios didácticos, entendiéndolos como los fundamentos a partir de los cuales tomamos decisiones en nuestras clases sobré para qué, qué, cómo y cuándo enseñar y evaluar. Los principios que proponemos son los siguientes: Significatividad, socialización e interactividad, participación, diversidad y funcionalidad. Veamos a continuación unas consideraciones sobre los mismos:

Principio de significatividad:

En esencia, este principio representa la capacidad del alumnado para establecer relaciones sustantivas y no arbitrarias entre lo que ya sabe (conocimientos previos) y lo que va a aprender (nuevo conocimiento).

Las clases de Ciencias Sociales pueden y deben convertirse en ámbitos en los que el alumnado pueda replantear, cuestionar, analizar y reconstruir su visión de la realidad, pasada y presente, próxima o lejana, incluyendo no sólo sus conceptos e ideas previas, sino también, y esto es muy importante en el tema que nos ocupa, sus prejuicios. Es fundamental que en la enseñanza partamos de la naturaleza de estos conocimientos previos, de su carácter correcto, incorrecto o incompleto, de su correspondencia o no en relación con valores democráticos... Es preciso que en los procesos de enseñanza y aprendizaje conectemos el conocimiento académico-escolar con el vivencial o experiencial, en definitiva, con la realidad cotidiana del alumnado.

Esta relación entre conocimientos es especialmente necesaria cuando se trata de desarrollar una currículum intercultural y cuando trabajamos con alumnado de minorías culturales; este puede encontrar en las clases un ambiente cultural excesivamente discrepante del existente en su entorno socio-familiar y ello puede tener consecuencias que vayan más allá de lo meramente cognitivo (Díaz-Aguado, 2003), así, cuando el mundo escolar y el socio-familiar resultan dispares, puede llegar a identificarse el éxito escolar con el menosprecio o la renuncia hacia la cultura de origen y, por el contrario, el fracaso escolar puede entenderse como una actitud de resistencia de la cultura propia. Para superar esta situación se considera pertinente planificar en función de las características del entorno, priorizando objetivos y contenidos a partir del análisis realizado y de la exploración de los conocimientos y experiencias previos del alumnado, posibilitando la interpretación crítica del contexto en el que se vive y se aprende, analizando las contradicciones entre la vida escolar y la extraescolar. Buxarrais y otros (1993) proponen como estrategias la comprensión crítica, la discusión de dilemas ético-culturales, los juegos de rol o el psicodrama; debemos proponer actividades que cuestionen los valores, creencias, comportamientos y esquemas conceptuales del alumnado en relación con su realidad.

En definitiva, en coherencia con este principio, se trataría de seleccionar contenidos y diseñar actividades que se aproximen a lo que el alumnado vive fuera del aula, partiendo de experiencias lo más significativas posibles, que representen situaciones próximas a la vida cotidiana; a partir de ellas podremos avanzar hacia realidades temporales, espaciales y culturales más alejadas del alumnado.

Principio de socialización e interactividad.

En esencia, este principio implica la capacidad para aprender de y con los iguales, de y con el profesorado, de y con personas ajenas al aula, de y con distintos materiales, de y con el entorno, en definitiva, de y con todo aquello que genere conocimiento y contribuya a su reconstrucción (Vygotsky, 1979).

En el contexto de un currículum intercultural de Ciencias Sociales consideramos fundamental desarrollar la enseñanza desde la interacción entre alumnado proveniente de distintos grupos culturales, tanto mayoritarios como minoritarios. El trabajo grupal y cooperativo produce efectos positivos tanto en unos como en otros (Aguado, 2003).

Se considera pertinente que alumnado proveniente de distintos grupos culturales proponga soluciones a diferentes problemas sociales, colaborando para alcanzar un objetivo común; el aprendizaje cooperativo, basado en la interdependencia entre iguales, en el reparto de papeles y tareas, representa un enfoque fundamental, pues como han puesto de manifiesto distintas investigaciones (Díaz-Aguado, 2003 y Aguado, 2003), ayuda a mejorar el rendimiento, la motivación hacia el aprendizaje, el sentido de responsabilidad, las relaciones interétnicas, el respeto hacia planteamientos distintos a los propios...

La interactividad y socialización permite contrastar visiones propias de la realidad con las de otras personas, del aula o ajenas a ella, lo que es necesario para el respeto y la valoración hacia “los otros”, para un aprendizaje de la convivencia, que no coexistencia, entre personas de diferentes grupos culturales.

Principio de participación.

En esencia, este principio representa la capacidad del alumnado para ser sujetos activos, responsables de la reconstrucción personal del conocimiento, base a partir de la cual se progresará en la integración participativa y crítica en la sociedad.

La consideración del alumnado como sujeto activo en el aula, asumiendo un importante protagonismo, implica cambios cualitativos importantes en el papel del profesorado, debe dejar de ser un mero controlador y transmisor de la información para convertirse en un facilitador y potenciador del aprendizaje, un mediador en la construcción del conocimiento por parte del alumnado, ir creando un clima en el aula para que este asuma responsabilidades que vayan más allá de la realización de las actividades propuestas por el profesorado; en definitiva, debe ejercer un “poder referente” para el alumnado.

Los procesos de enseñanza y aprendizaje interculturales deben favorecer la distribución del protagonismo en el aula entre el profesorado y el alumnado, estimulando la participación de este último, implicándolo tanto en aspectos organizativos y de gestión  del aula (distribución espacio-temporal, agrupamientos, asambleas, rincones de trabajo, biblioteca de aula...) como de diseño y desarrollo del currículum (proponiendo y seleccionando temas, sugiriendo actividades, aportando materiales, implicándose en la evaluación...).

Benejam (1997a) considera la educación en la participación como uno de los valores democráticos que debe perseguir la enseñanza de las Ciencias Sociales, participación que debe basarse en la comunicación y el diálogo, en la suma de voluntades, en el consenso en la toma de decisiones, en la cooperación en la acción.

Este principio, tal y como lo entendemos, constituye una buena forma de vivir la democracia en las aulas, y, como afirmó Dewey (1971), para que la democracia pueda ser el objetivo de la educación, debe ser, también, el medio.

En definitiva, si asumimos que una de las finalidades de la enseñanza de las Ciencias Sociales debe ser formar ciudadanos interculturales, que se integren críticamente en la sociedad, educarlo en la participación, en la toma de decisiones colectivas, en la asunción de responsabilidades, representa una condición necesaria que debemos desarrollar en nuestra labor docente.

Principio de diversidad.

Este principio implica la capacidad de identificar, analizar y comprender distintos tipos de conocimiento, diversas formas de interpretarlo, de relacionarse con él, de construirlo, de utilizar diferentes recursos para aprenderlo, de desarrollar variadas destrezas, habilidades y estrategias, y de adoptar distintas actitudes y comportamientos ante el mismo.

Por su propia definición, este principio es fundamental en el desarrollo de un currículum intercultural, que debe basarse, como venimos defendiendo, en la convivencia de visiones culturales diversas y plurales.

En coherencia con este principio, debemos facilitar el análisis e interpretación de situaciones socio-culturales diversas, utilizar distintos recursos, prestando especial atención a los medios de comunicación y a internet, que son los que más conectan con la realidad actual; plantear temas desde perspectivas diversas, incluso discrepantes, poniendo el acento en las provenientes de minorías culturales marginadas y en riesgo de marginación (por ejemplo, temas económicos desde la óptica de la pobreza, movimientos migratorios desde la visión de los inmigrantes, cuestiones de género desde el punto de vista de las mujeres...); organizar de forma flexible el agrupamiento del alumnado, el espacio y el tiempo del aula; adaptando las estrategias de enseñanza a las formas y ritmos de aprendizaje del alumnado; proporcionando oportunidades adicionales de aprendizaje al que presenta dificultades de aprendizaje; asumiendo y tomando en consideración que el aprendizaje no sólo se produce en las aulas, sino que también se genera en una amplia diversidad de situaciones y ámbitos, no controlados didácticamente, relacionados con la familia, el barrio o medios de comunicación y que tenemos que facilitar su convergencia.

Principio de funcionalidad.

Este principio representa la capacidad para que el alumnado utilice, el conocimiento adquirido en unas condiciones contextuales determinadas, a diferentes situaciones que puedan planteársele en su vida cotidiana. En el mismo es importante tomar en consideración los planteamientos de Vygotsky (1979) sobre las zonas de desarrollo de la estructura cognitiva del alumnado (zona de desarrollo efectivo, zona de desarrollo próximo y zona de desarrollo potencial), buscando un equilibrio entre ellas.

Implica desarrollar una enseñanza que ponga de manifiesto la utilidad de lo que se aprende, dando sentido a lo que se trabaja en las aulas y por qué se trabaja, clarificando las razones de ello.

En el marco de un currículum intercultural, se trataría de que el alumnado aprecie el valor de lo que va aprendiendo para analizar críticamente sus creencias, valores y comportamientos, situándolas en un plano de igualdad con otras diferentes a las suyas, para relacionarse con personas de distintos grupos culturales, para poner en práctica competencias interculturales en el entorno en el que se desarrolla su vida.

Entendemos que este principio, al igual que ocurre con el de significatividad, contribuye a superar la fractura abierta entre el conocimiento académico-escolar y el extra-escolar, a derribar los muros mentales que, en ocasiones, se levantan entre ambos conocimientos, entre los intereses y motivaciones del alumnado y lo que se trabaja en las aulas. El desarrollo didáctico de la funcionalidad debe llevarnos a proponer actividades que impliquen la contrastación y aplicación del conocimiento trabajado en contextos espaciales, temporales y culturales distintos, a introducir en las mismas variables diferentes a las estudiadas. Los juegos de simulación, los juegos de rol, constituyen estrategias didácticas muy adecuadas para desarrollar este principio.

            En definitiva, se trata de enfrentar al alumnado a situaciones en las que pueda comprobar que lo trabajado en clase sirve para la vida extraescolar.

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